¡Una pasada!...
Ma soeur Hura me había regalado la edición Taschen “The new erotic photography”, de Dian Hanson y Eric Kroll [en el formato grande], un delicioso delantal de hilo y un juego de puñetas o cofias [aún no sé lo que son], también de hilo finísimo, para vestir a mi maniquí de cielo raso. Todo con un gusto divino que emociona. Le debo una, soeur.
Soy un tipo con suerte, coño.
Luego, lidiar con la rata diaria, que hoy estaba más insoportable que nunca y me dieron ganas de endilgarle una patada para los lomos, pero aguanté, como aguanto siempre, aunque un día se me van a cruzar los cables y se va a acabar esta estupidez que lo arruina todo, empezando por la sonrisa.
Luego llegó la tarde, con esas llamadas tristes que te avisan de que los lugares de tu juventud se están quemando y sales como transido a ver el desastre, entre el sonido de los helicópteros, y a intentar dejar alguna imagen de lo que no debe volver a suceder jamás.
En el hermoso paraje de Los Pinos viví mis mejores días con los coleguillas, justo ahí, donde el humo indica que algo se acaba… allí mis mañanas gimnásticas para ponerme a tono en mis días de basket… allí los bailes de mediatarde con el comediscos de color naranja, allí los primeros besos y los primeros tactos, las partiditas de chichón con Gerardo y con Juanra y con Garute y con Paulino, allí los juegos furtivos y quizás el primer cigarro… allí la luna de las primeras noches fuera de casa, allí la cantimplora y el traguito en la fuente de la hoja… me da una rabia.


Jo, qué rabia da. Que se apague sin demasiada pérdida.
ResponderEliminarEspero que no sea de importancia y que las perdidas sean mínimas. El pinar de Bejar me trae recuerdos de mi judentud, cuando iba a veranear al Castañar con mis padres. Un abrazo Luis Felipe.
ResponderEliminarTambién la primera vez que vi un bastardo (culebra bastarda lo llaman). Lo supe mucho después, pero el susto, a medio vestir, que nos dimos fue antológico. Y la primera vez que nos dimos la mano, las mañana que quedabamos para correr y no corríamos, las despedidas tristes, con el nudo en el estómago, mariposas lo llaman los ingleses, tristes. A veces con nieve. Nuestro primer muñeco de nieve al lado del caño. Y ese frio, ese frio que cortaba pero que yo no notaba hasta que llegaba al puente y me despedía. Los apuntes de mates de Luisón que yo le explicaba como si quisiera seducirla. La primera vez que llevé a mi hija y la monté en las barcas, aun con las barras de los asientos quebradas: papá y mamá venían aqui de excursión... Joder, fuego cabrón.
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