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Javier Bauluz





Leyendo ayer la web de periodismohumano.com, que dirige mi admirado amigo Javier Bauluz [‘El Bala’], me apeteció de pronto buscar en mi cajón de los tesoritos algunos restos físicos de mi relación con el colega y su gente asturiana [Juanjo y Toño Barral, Pepe Colubi, Braulio García Noriega –TS Norio–, Miguel Munárriz...]... enseguida encontré lo que andaba buscando... un cuadro con paspartout negro enmarcando una telefoto enviada a EFE por Bauluz durante enero de 1988, que muestra a un palestino intentando derribar un helicóptero judío a pedradas con una honda de cuero... una de las grandes imágenes tomadas por el que fuera Premio Pulitzer en 1995 por su trabajo en Ruanda para Associated Press... el hecho de que las telefotos vayan sobre papel térmico me obligó a retirar de la pared el cuadro, pues la sola incidencia de la luz iba haciendo desaparecer la imagen y el texto que contiene [incluso la dedicatoria que me hizo Javier sobre la imagen].
Yo había viajado a Oviedo para asistir al cumpleaños de Juanjo Barral [que siempre los celebra a lo grande] y aproveché para recorrer lugares que recordaba de mis días de jovenzuelo y, cómo no, para visitar a Javier en su casa ovetense... saliendo de aquella visita con el generoso regalo de esa telefoto y con la promesa [que se cumplió con creces] de que Javier visitara Béjar para dar una charla y mostrar su trabajo gráfico a los paisanos de aquí [como casi siempre sucede en Béjar, apenas asistió público al acto de mi amigo... se lo perdieron, claro]. Por la noche celebramos todos juntos el cumple de Juanjo en un local cerrado apartado de Oviedo, y de allí saqué otro tesoro hermoso que quizás Javier no haya guardado en su memoria y que, por supuesto, no tiene en sus archivos: una foto tirada por él en la que los asistentes a la fiesta posamos –ya entraditos en alcohol y noche– emulando el cuadro de las Meninas de Velázquez [yo soy Velázquez en la foto].
Mantuvimos contacto más o menos cercano durante unos años, y siempre bajo la mediación intensa de Juanjo Barral, y llegué a publicar en el último número de “El Sornabique” [la revista literaria que dirigí durante varios años] su espectacular foto del inmigrante subsahariano muerto en la playa de Zahara de los Atunes mientras una pareja toma tranquilamente el sol. Desde entonces sé de Javier por la prensa y por mis buceos en internet para seguir su trayectoria, que es grande y grave... y también admirable.
Envío desde estas líneas un abrazo fuerte al amigo con el mensaje de que no le olvido y de que le tengo como norte a seguir desde que nos conocimos, que conservo sus fotos como verdaderos tesoros y que espero que un día no muy lejano podamos reencontrarnos en esa Asturias suya grande y verde o en esta pequeña Asturias mía que tanto le gustó cuando la pisamos juntos.
Un abrazo fuerte, Javier.


Detalle de la telefoto con la fecha de envío y la dedicatoria de Javier casi borrada.


Mi cuadrito tesoro machacado por la luz y el paso del tiempo.


Fotografía que Bauluz tiró con mi cámara en Oviedo, durante el cumpleaños de Juanjo Barral.

Fotografía que apareció publicada en el último número de "El Sornabique".
Esta imagen trajo una enorme polémica a los medios por parte de Arcadi Espada, que fue contestado con contundencia por un montón de intelectuales... dejo un texto de muestra publicado por José Saramago en 'La Vanguardia'.

LLAMADO POR LA MUERTE
por Jose Saramago, Premio Nobel de Literatura.

Cuando Javier Bauluz bajó a la playa de Zahara ya sabía que se iba a encontrar un cadáver. Javier Bauluz es fotógrafo, en sus cámaras tanto caben besos como cuerpos destrozados. Si los besos se tornaron indiferentes por la vulgaridad y monótonos los muertos por la multiplicidad, la culpa no es suya. De él se espera que retrate lo que ve, no lo que le gustaría ver. En septiembre las playas están llenas de bañistas. A veces las olas traen un aguamala, un pecio, una concha partida, una bola de alquitrán. La concha y los pecios pueden interesar a artistas y coleccionistas del ready-made, el alquitrán y la aguamala hay que retirarlos con prontitud para evitar las justas reclamaciones de los turistas de fuera y de dentro. A veces es un ahogado quien recala a la costa, alguien a quien nadando le faltaron fuerzas o ya no las tenía cuando la patera se hundió. Entonces tres cosas pueden suceder ante el muerto tendido en la arena. Que los bañistas acudan y lo rodeen compasivos, pero eso no durará mucho porque la compasión, como sabemos, se cansa fácilmente. Que los bañistas, tocados en su sensibilidad, enrollen la toalla y regresen a casa, pero eso significaría perder las últimas horas de playa porque, como igualmente sabemos, el mundo va a acabar mañana. Que los bañistas sigan en lo suyo, ya que el muerto, muerto está, y, si es verdad que durante unas horas será un deslustre para la playa donde arribó, no la deslustrará más que la impertinencia del alquitrán, de la concha partida, del pecio y la aguamala. Y es en ese momento cuando aparece Javier Bauluz. Viene a realizar su trabajo. En otra ocasión tal vez lo atraería la translucidez de la medusa, la tabla mojada por los océanos, la cáscara vacía, el chapapote viscoso, hoy ha venido llamado por la muerte. No tiene la culpa de que los bañistas no se hayan retirado o de que no lloren alrededor del cadáver. Hace su trabajo, fotografía lo que allí está, el muerto y los vivos, fotografía tantas veces cuantas considera necesarias, desde tantos ángulos cuanto el arte de la fotografía prevé, admite y enseña. Dirá con sus imágenes lo que todos ya sabíamos: que los vivos, por la simple razón de que todavía están vivos, repelen automáticamente la evidencia de la muerte, incluso, o sobre todo, cuando la tienen ante los ojos o al alcance de la mano. Un día escribí que el muerto es el mejor amigo del vivo. Aquél cadáver en la playa era un amigo que venía a recordarnos que estamos siempre a la vera de morir, que no vale la pena que volvamos la cabeza hacia otro lado, porque la muerte puede estar a punto de tocarnos el hombro diciéndonos: “Estoy aquí”. Javier Bauluz bajó con su cámara a la playa y dijo: ”Está ahí”. Pero nosotros preferimos hacer como que eso no nos atañe, aprovechamos la última caricia del sol para sumergirnos otra vez en las olas, intercambiamos unos besos más y unas caricias con quien nos acompaña, nos tomamos unas cervezas, o un helado de vainilla, exclamamos: “Una tarde espléndida”. Y somos inocentes, no hemos hecho mal a nadie. Lo vivos se justifican siempre, realmente no sería sensato exigirles que a todas horas vuelvan la cabeza hacia este lado, el del dolor, el de la miseria, el de lo que podía haber sido y no será.

Javier Bauluz sólo es reo de un delito: el de creer que podíamos ser de otra manera. Honra le sea dada, por eso.

Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 2 de Marzo 2003

•••
Y el texto que Javier escribió describiendo la historia de esta foto:

UN CADÁVER FRENTE A UNA SOMBRILLA
Historia de una foto

Por Javier Bauluz
2 de Septiembre 2000

El polideportivo estaba lleno. Las gradas cubiertas de colores. Decenas de personas se agolpaban buscando un hueco para dormir. Vigilados por la guardia civil decenas de inmigrantes subsaharianos eran atendidos por la gente buena de Tarifa, varios jóvenes y mayores, pescadores, estudiantes y jubilados les ofrecían un poco solidaridad.
En cambio el gobierno español no les daba ni una manta, incluso ya detenidos, los dejaba durante horas tirados en la carretera, como si fueran perros, empapados y heridos después de sobrevivir el cruce del Estrecho de Gibraltar amontonados en una patera.
El espectáculo era digno de un campo de refugiados en Africa, decenas de piezas de ropa se secaban al sol en improvisados tendederos, una mujer lavaba su ropa mojada en las duchas de la piscina, mientras otros inmigrantes dormitaban agotados tumbados en el suelo. Un subsahariano secaba sus zapatos al sol, y todavía con la cara contraída, me contaba, en inglés, el miedo que había pasado en la patera.:"Pensé que no íbamos a llegar vivos, quiero dar gracias a Dios".
Un rato después, recortada sobre una blanca pared de cal, veo una sombra oscura y agachada que comienza a gesticular. Me acerco y veo al asustado inmigrante postrado de rodillas, alzando sus manos al cielo y recogiéndose en oración con las palmas de las manos juntas. Me sobrecoge la escena. A pocos metros otro inmigrante yace en el suelo agotado.
Venciendo mi emoción y procurando no interrumpir sus rezos, levanto la cámara y hago un par de fotos.
Un guardia civil se acerca curioso a la escena, se detiene y observa la situación. Encuadro al guardia, al que yace en el suelo y al fondo al que da gracias a su dios por estar todavía vivo.
Hago varias fotos y en la última se ve al guardia con la gorra cogida con las manos detrás de la espalda, cabizbajo y respetuoso. Parece que le está acompañando en sus oraciones. Hago un par de fotos más de la ropa al sol y me suena el móvil: un cadáver en la playa de Zahara.
Salgo corriendo sin despedirme. 20 kilómetros de camino, dos imágenes se mezclan en mi cabeza: el hombre arrodillado dando gracias por seguir vivo y la imagen de un muerto sobre la arena. Llego a la playa sobre las cinco de la tarde. Está cuajada de sombrillas, hace un día espléndido y la gente se baña en el agua caliente mientras otros toman el sol. No veo el cadáver, ni guardias, ni ambulancia, ni ningún movimiento extraño. ¿Ya lo habrán retirado?
Finalmente, al fondo de la playa, veo algo raro.
Me acerco corriendo y veo una cámara de televisión , a otro colega haciendo fotos y un par de periodistas libreta en mano. A pocos metros hay un cuerpo en una posición extraña. Tomo aire y recuerdo que el rollo casi esta terminado. Levanto la vista y veo a una pareja sentada bajo su sombrilla con el cadáver a pocos metros. No se mueven de su sitio a pesar de los periodistas, sus cámaras y el muerto. Todavía jadeando disparo tres veces. La 32, 33 y 34 del mismo rollo del superviviente que rezaba. Una de estas fotos es la de la pareja, la sombrilla y el cuerpo del inmigrante al fondo.
Me acerco más mientras saludo a los colegas periodistas. Camino hacia el cadáver con una idea en la cabeza: desde el otro lado se podrá ver el muerto y la playa llena de gente disfrutando.
Nosotros y ellos en el mismo espacio pero en dos mundos distintos. La gente continúa su vida playera, se bañan, siguen tumbados, los niños chapotean en la orilla.
Solo algunos bañistas, cinco o seis, comentan en un corrillo la tragedia. Me parece una falta de respeto y me indigna. Sea negro o blanco el muerto. Por desgracia no me sorprende en absoluto. Es la misma indiferencia que he visto tantos días con la suerte de los inmigrantes.
No es asunto nuestro. Son erizos o bestias de trabajo, no son "personas humanas". En todo caso son delincuentes peligrosos a los cuales debemos temer y, en consecuencia, odiar. Vamos mejorando.
Con los ojos voy buscando el mejor ángulo mientras dejo atrás a los colegas. Solo un par de metros más y oigo una voz autoritaria: ¡No se puede pasar! Me giro y me encuentro con un joven a pecho descubierto en traje de baño. Le miro con sorpresa y me dice que es guardia civil. Le digo que soy periodista, pero se niega a dejarme acercar al cadáver.
Doy un rodeo y llego a las rocas que se dibujan al final de la playa. El guardia me da la espalda. Ante mí el cadáver del inmigrante y una playa llena de gente y sombrillas. La primera, la de la pareja de la primera foto.
Después de un buen rato esperando algo nuevo, decido bajar de las rocas cuando veo un grupo de gente que se acerca.
Distingo uniformes y reconozco al sargento que esa misma mañana daba instrucciones a sus agentes de cómo preparar un biberón, mientras se rascaba el bolsillo para pagar la leche materna con la que alimentar a los dos bebes de uno y dos meses que había sobre su mesa del cuartelillo mientras les cambiaban los pañales. Nunca pense que iba a ver una cosa así.
El sargento de uniforme se acerca al cadáver con dos guardias en camiseta y pantalón corto. Lo reconoce y ordena cubrirlo, alguien aparece con una festiva toalla y lo tapan. Los colegas periodistas graban y filman la escena.
La marea ha subido desde que los guardias en bañador sacaron el cuerpo que flotaba en el agua. El sargento ordena llevarlo un poco más arriba.
El muerto queda boca arriba en una extraña posición y un poco más cerca de la pareja de la sombrilla que, ahora tumbados, observan toda la escena. Algunos curiosos se acercan a mirar.
Me acerco y saludo al sargento y a otros dos guardias que reconozco. Intercambiamos unas palabras de horror. El sargento llama por el móvil y habla con quien parece ser el juez de guardia. Le informa sobre el macabro hallazgo y contesta: "sí, es un hombre negro". "A sus ordenes" y cuelga con violencia la tapa del móvil. Ni a los jueces les interesa esta pobre gente. El juez acaba de delegarle el levantamiento del cadáver. No se va a tomar la molestia de venir.
Hace calor, mucho calor. En la escena de la tragedia solo quedamos un par de guardias y yo. Los periodistas se han ido.
El cadáver cubierto ahora por una sabana se calienta al sol que baña a la pareja, que sigue en el mismo lugar, detrás de ellos la vida de la playa sigue su curso.
Risas de niños, chapoteos mientras el sol empieza a bajar.
El tiempo sigue pasando, ya solo quedamos un guardia y yo vigilando el cadáver. Hago algunas fotos de parejas en biquini y bañador paseando cogidos de la mano a pocos metros del cadáver cubierto y del guardia. La vida sigue.
Casi dos horas después de mi llegada veo venir a dos hombres llevando un ataúd que pasan al lado de la pareja tumbada a la sombra de su sombrilla. Hago la foto.
Depositan el féretro junto al cadáver. Uno de los funerarios se saca la arena del zapato mientras conversa con el guardia.
Más tarde llegan unos señores de paisano y empiezan a fotografiar el cadáver desde todos lados. Al principio pienso que son mas periodistas, pero uno de ellos me dice que no haga fotos y entonces descubro que son del servicio de identificación de la guardia civil. Tengo algún roce con él mientras le toman las huellas al muerto, hasta que se convence de que no me interesa su cara. Hago mas fotografías mientras lo introducen en la caja.
Cuando acaban su trabajo, dos guardias ayudan a los de la funeraria a llevar el ataúd a través de la playa. Sigo haciendo fotos. En una se ve el traslado y al fondo una feliz pareja juega a las palas. La pareja de la sombrilla ha desaparecido. Un niño muy curioso corre alrededor del ataúd durante parte del camino.
Cuando llegan a las escaleras, unos gritos llaman la atención de los guardias y los funerarios. Los cuatro dejan el ataúd solo y van a hablar con las señoras que los llaman.
Han encontrado la chaqueta del inmigrante muerto. La señoras se van y los guardias revisan la prenda. En el suelo depositan un pañuelo, un cepillo de dientes, uno del pelo, un billete de mil duros, una foto del Papa, un CD de Bob Marley y algo que hace “sospechar” de la segura delincuencia peligrosa del inmigrante, encuentran un metro, un metro de medir.
Hago varias fotos que convierten al bulto negro de la playa en una "persona humana" con amores y sueños: hijo, cristiano, amante de Marley, limpio, pobre y trabajador. A quién le importa.
Los guardias también encuentran varias fotografías envueltas en plástico: una de ellas debe ser de su bautizo a la africana, bañándose vestido de blanco en una playa, otras de él mismo y tal vez sus hermanos. Otra foto me impresiona: una antigua, en blanco y negro, de quienes debieran ser su padre y su madre, quienes nunca sabrán que le pasó a su hijo, nunca sabrán por qué no les escribe o les llama.
Nadie reconocerá el cadáver, no portaba ninguna documentación. Un guardia con blancos guantes quirúrgicos sujeta la foto de los padres sobre el ataúd. Disparo por ultima vez. He pasado unas cuatro horas en la playa de la tragedia y cuarenta días más para poder documentar lo que pasaba en Tarifa . Son aproximademente las 8 de la tarde del día 2 de Septiembre de 2000.






Fotografía que fue acreedora del Premio Pulitzer en 1995.




Esta fotografía de un niño soldado es la que más me gusta de la colección de Bauluz... esa mirada es tremenda.

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