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Tres hermosos vencidos [una exposición fundamental en el Casino Obrero de Béjar]



Ayer pasé el día medio dormitando metido en mi estudio, como vaciado de un no sé qué que me obligaba a estar en tono bajo y que presagiaba que algo importante iba a suceder y que debía estar preparado con toda mi energía acumulada para el momento preciso. A las seis de la tarde decidí hacer una de esas performances que se me ocurren a final de año para soltar algo de tensión y luego subí hasta NOTESALVES para hacer acto de presencia en mi exposición de obra... allí había una pareja de conocidos mirando los cuadros y nos saludamos... el tipo me dijo... “hay que ver las vueltas que da la vida, quién iba a imaginar esto”... y yo le contesté que la vida no da vueltas, que todo fluye y cada uno termina siendo el fruto de sus cobardías y sus miedos... “pero yo no imaginaba este mundo que nos presentas ahora, así, en crudo... te conocía y nunca hubiera pensado que estabas en esto”... entonces es que no me conocías, amigo –le contesté–, solo me veías pasar... y ahí quedó la cosa mientras su compañera andaba en “este cuadro me gusta más que ése” y él sonreía mientras miraba mis garabatos. Me despedí y me acerqué a ver la exposición que mantienen abierta en estos días Antonio Garrido, Alberto Hernández y Manuel García Blázquez en el Casino Obrero bejarano... y eso era lo que me iba a suceder, lo que estaba previsto en mi imaginario sin que yo fuese consciente de ello...
Llegué a la entrada del Casino Obrero aterido de frío, que el día estaba cabrón de grados, y me jodió un punto ver la tristeza del lugar... el bar y los salones cerrados y con sus luces apagadas... y una luz macilenta alumbrando la escalera que lleva a la sala de exposiciones, una escalera antigua con las paredes llenas de desconchones, deslucidas a más por una serie de cuadros dispares mal colocados... el estado del lugar no hacía presagiar lo que iban a ver mis ojos.
Al asomarme a la sala, me encontré a Antonio y Alberto charlando con Eloy y con Manolo Paíno, amigos incombustibles que siempre están cuando se precisa. Saludé y me fui directo a los cuadros... los miré con detenimiento, uno a uno, tomando distancia y acercándome para pillar detalles... y enseguida comprendí que estaba ante una muestra moderna, arriesgada, elegante, fresca, brillante... obras dispares que me hacían saltar de sensibilidad y una sorpresa tras otra al ir descubriendo a un Alberto absolutamente pictórico y en un nuevo proceso de investigación interesantísimo [presenta lienzos grandes y brillantísimos el cabronazo], con cuatro líneas distintas de trabajo muy determinadas traídas de su trasunto cerámico... unos lienzos muy orientales de muñeca libre y trazos gruesos, otros con sus juegos de peces llevados a un juego sin fuego, otros con geometrías sobre superficies diáfanas de color y otros de manchas contrastadas sobre fondos críticos muy interesantes... solo con esto ya andaba yo flipando en colorines, sintiéndome un ser especial por poder asistir a un flujo creativo inagotable y de una altura muy destacada... y pasé de pronto a los cuadros de Antonio Garrido... otro mundo, otra estética, otro sistema y otras formas de hacer y entender el arte... dos cuadros de arranque con alto contenido intelectual sobre una misma nada en difumino [un paisaje plano con horizonte sobre el que dos mujeres juegan al juego del reconocimiento y el recuerdo en ese gesto tan frecuente de quien posa y de quien toma una fotografía... y el mismo paisaje plano con una estructura de espera perfectamente encajada en ese juego antiguo de la geometría proyectiva que se ocultaba en los cuadros del Renacimiento]... y luego la ebriedad, la pura ebriedad unida al sarcasmo, a la ironía, a la pura guasa y al pensamiento más elaborado de un verdadero intelectual sin ínfulas, que es lo que es el magnífico Antonio Garrido [lástima que no se prodigue en darse a conocer, porque tendríamos de seguro a uno de los pintores más seguidos, por valores reales, de este siglo, y no exagero, que basta ponerse delante de sus obras para tomar consciencia de ello]... seguían unas obras magníficas y jocosas con el tema recurrente de la clásica imagen de Freud fumando, de las que me pareció absolutamente genial una presentación en la que la imagen del filósofo del psiconálisis se repite de forma especular y el humo de su cigarro invade y molesta a la figura de enfrente y viceversa... todo un tratado sobre la condición humana y todo un resumen, lleno de ironía y escepticismo, sobre el valor del hombre enfrentado a sus máscaras... y el salto siguiente llevaba a dos hermosas láminas seriadas que son pura representación del sarcasmo, verdaderas bofetadas intelectuales llenas de crítica y razón... una sobre la religión, en la que Antonio muestra crasos rostros de diversos ‘generales’ de la Iglesia Católica riendo a carcajadas [¿de qué?... ¿de quién?... ¿por qué?]... y otra lámina en la que el mismo rostro de un militar rollizo [con aspecto de ser de la Europa del Este o quizás ruso] se repite moviendo un palillo en sus labios en varias secuencias... absolutamente impactante y divinamente estético y divertido. Otra crítica feroz de Antonio al una parte del sistema [genial]. Y termina su obra con un perfecto homenaje a Marcel Duchamp, en el que el fallecido, y siempre vivo, artista visionario y lúdico mira un tablero de ajedrez [que está en primer plano] en el que las fichas son tampones antiguos de matasellos.
No podía más mi cabeza con tanta sugerencia, tanta llamada al pensamiento, tanta proposición estética, plástica e intelectual... y pasé de pronto a la obra de Manuel García Blázquez... otra sorpresa del copón... había desaparecido el paisajista y el pintor de rincones solitarios de corte romántico, el tipo del iterativo impresionismo bejarano, y aparecía potente un pintor matérico y elegante de grandes superficies albas con huellas suaves de hojas de roble y trazos libidinosos de blanco sobre blanco... sorprendente [imagino que han tenido mucho que ver en este cambio sus conversaciones con Antonio Garrido y la última mirada artísitica que ha realizado a la obra de Alberto Hernández, pues en esos cuadros se ve un poco al ceramista]... me detuve, busqué asiento y sonreí hasta convertir mi risa en carcajada, que compartí con Paíno, por un suceso divertido traído por uno de los pocos visitante de la sala, un anciano, que tocó uno de los cuadros de Alberto con energía y de arriba abajo... lo vi y se lo dije a Alberto, y él contestó... “se habrá manchado la mano, porque ese cuadro aún no ha secado”... y Paíno apuntó rápido y en voz alta... “no se lave usted la mano, que eso vale una fortuna”... y salimos de la sala todos juntos [eran las ocho de la tarde] dejándola vacía y sin nadie que la cuidase... mis amigos estaban algo desinflados por la falta de ojos para mirar sus obras, por lo triste del lugar y de la situación... pero yo me fui feliz para mi casa, porque había sido testigo de una de las más interesantes exposiciones que he visto en mucho años, y en Béjar, y sin gente molesta alrededor, y de mis amigos, parte de una generación perdida [que es la mía] que está dejando huellas indelebles y valiosísimas a pesar de que los hombres de ahora, de hoy y de aquí no sepan tener ojos para verlas y aprovecharlas.
Mira que tengo suerte.

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