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Burns, Blue Harlem y Raimundo de 10 a 4


Vuelve el blues como una lobotomía atópica y como que me reseteo, relajando hasta  los mismísimos esfínteres [que no sé si tengo uno o varios] y notando esa ludopatía de pubis que me ataca cada año por estas fechas [una desenfermedad que me pone bailarón y pizpireto]... este año subí pronto, que mis niños curran para Miguelón como cosacos durante estos días y me tocó hacer el porte, así que comencé con unas cokes y un bocata de queso con bacon bien quemadito por la mano inexperta del cocinero Youssouph, y así aguardé hasta que apareció en escena Jimmy Burns, un viejito amable y absolutamente marchoso que respondía perfectamente a la imagen del bluesman racial con su guitarrona y su taburetito. El tipo venía acompañado por dos viejos conocidos, Quique Gómez y Luca Giordano, que suponían absoluta garantía de calidad para mí... fue magnífico el comienzo y ya arranqué a mover el esqueleto con el primer tema [se movía solo, lo juro] junto a un perico con gorrina de punto que tocaba la armónica entre el público y bailaba como los yanomamis [lo que consiguen los cigarritos felices, coño]... y me pasé de rosca foteando, que descubrí que Jimmy lanzaba saliva cuando hacía cortes duros de voz y me empeñé en pillarle en una de ésas... y tardé de cojones en conseguirlo [me animaba que me pidieron colaboración fotográfica para la revista “Enclave” –imagino que podréis ver las fotos publicadas en breve– y eso hizo que no cejase en mi jodido empeño].  Así que Jimmy de puta madre.
En el descansillo abrevadero, José Antonio Sánchez Paso me presentó a una parejilla majeta de Plasencia que va a abrir en unos días un local misceláneo, con café, actuaciones, biblioteca, ludoteca y esas cosas... y quedamos en hacer alguna cosilla juntos para darle marcha al sitio... luego... repostar, cambiar de agua al pájaro y echarle un vistazo a las tomas en el visor de mi Nikon.
Y que aparecieron los Blues Harlem, una banda inglesa muy reputada que me tenía en ascuas por la curiosidad de ver y escuchar a su vocalista, Sophie Shaw, de la que me habían hablado maravillas... y que apareció una pin-up castafiore y superferolítica marcando paquete sin complejos, con un tocado hawaiano y una estética 40 inolvidable... mis ojos hicieron chiribitas y chibiritas... hasta que comenzó a cantar... un chorro de voz y una elegancia de movimiento que disonaban francamente con su aspecto, pero que ponían una guindita hermosa que apurar con calma y disfrutando como un cosaquito de la sección de viento que hacía la compaña (¡magníficos los tres pericos albiones del sopleteo!)... y que volví a disfrutar y ya me tomé mi primer cacharro alcoholero (que invitó mi amigo Gerar) para desatarme en lo fotero y en lo bailongo... estupendo, de verdad, estupendo Blue Harlem...
Y durante el segundo descanso bebedero, unas risas con los colegas, besos y abrazos con mi hermanilla y mi cuñao (que estaba finito, pero no de Córdoba), unos cigarritos ‘diversos’ y algo de calentamiento para meterle diente a Raimundo...
Y salió el gitanito esquizofrénico (su mezcla de estilos es flipante y esquizofrénica) y mandó subir el volumen de la cosa hasta el casi daño... y era como sentirse golpeado, pero bien golpeado, digo... y me enganchó, como siempre lo hace este truhán, y me hizo llorar cuando cantó un tema de mi desaparecido amigo Carlos Lencero, y me sorprendió cuando dijo a voces “¡Viva Auxi!” (que es mi hermana), y me hizo brincar con su “Pata palo”... y me hizo cantar con el “que gustito pa mis orejas enterraítas entre tus piernas... el horizonte es un muro que me cabe entre las cejas... ay que bien”, que lo canté a voz en grito... un tío grande este Rai sin Loriga y con el ritmo metidito en vena... cuando todo terminó, a eso de las cinco y cuarto de la madrugada, subí al STB a saludarle, pero estaba en el baño y no salía (?), así que decidí irme a dormir la mona, que era más pedete lúicido que otra cosa... y dormí de puta madre.



Jimmy Burns











Blue Harlem















Raimundo Amador




















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