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Bashoo


Otra vez asuntos económicos para sacarme de quicio, asuntos económicos y telediarios hirientes con declaraciones abiertas del monigote Acebes cargando contra la emigración y apellidándola de delincuente, asuntos económicos y un huracán Zaplana devorando los restos de todos los naufragios, asuntos económicos y no saber qué hacer con Youssouph y Malick (mis «delincuentes» más queridos), asuntos económicos y el retorno de un Jedi que me habla de la esencia de Dios y de su santísima madre (Madre), asuntos económicos y todo un tratado de la utilidad para sentirme por unos minutos la calavera de don René Descartes... Asuntos económicos, asuntos políticos, asuntos morales, asuntos religiosos... mezclándose con los conocidos asuntos fisiológicos que tan amplia zona ocupan en la ciencia escatológica.

Mañana haré un viaje comercial y espero sacar de mí al mejor escritor para vender, la mejor máscara.
(15:28 horas) Lo que objetivamente está en el mundo, ¿a quién pertenece?... y lo que lleva calidad de abstracto, ¿cómo puede arbitrarse? Mi niñez fue muy feliz, y sé que ese estado se lo debo a mis padres y a mi abuela Antonia, pero mis padres y mi abuela crecieron unidos a la dificultad y, me consta, su vida junto a mí también estuvo llena de problemas. No sé si ellos fueron felices en su tiempo infantil –me temo que no demasiado, pues sus carencias eran todas–, pero supieron conseguir que yo lo fuera.
Ahora me planteo mi felicidad y percibo netamente que hace aguas. Y lo tengo todo, o por lo menos todo que creo que puede tener un hombre –hasta ambición–. ¿No debiera ser feliz aunque sólo fuera en pago a la felicidad que ellos –mis padres y mi abuela– me procuraron?
Siento la felicidad como una herencia trabajada que no debiera malgastar, y sin embargo se va difuminando sin que acierte a saber dónde está la vía de escape que produce su pérdida. Y siento que debiera dejarlo todo para trabajar sólo por mi felicidad y por saber dejársela de herencia a mis hijos. Un bien sin medida para una vida bien trabada.
Y leo retazos de este diario, entradas de hace unos meses, y me veo farragoso y siento que voy a peor, cuando no al socaire de todo lo malo que me sucede. Ya he concretado que no estoy hecho para convivir con el tipo de gente que está dentro de los percentiles sociales actuales, ya me he definido en una estupidez centrada, ya me he convencido de la inutilidad de mis pensamientos y ya dudo de mi valor en el mundo del trabajo. Hago lo que nunca quise hacer, vivo como jamás quise vivir, he repetido tramos de vida que anteriormente me hicieron sentir desgraciado sin haber aprendido nada... Ahora, ¿cómo me resum0?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué debo hacer o deshacer?, ¿me queda tiempo?

(20:06 horas) Enredando entre mis papeles para recolectar material con el que llenar mi nuevo estudio, he recuperado hoy mi ejemplar de «Cuanto sé de mí», de Pepe Hierro, con una deliciosa dedicatoria del maestro en la entrada del libro –un rostro femenino muy griego con una ventana y un florero–. Recuerdo que Pepe lo hizo con su pluma de batalla y luego lo retocó mojando su dedo índice en la copita de chinchón que se estaba bebiendo. La dedicatoria data de 1998, año en el que pasó unos días en Béjar y pude disfrutar de su ingeniosa compañía y del entusiasmado y sentido declamar de sus versos.
Y, ya puestos en el azar del encuentro, me he leído el libro de un tirón, pues hacía un par de años que di por desaparecido este volumen y ya había olvidado casi todo su contenido –he de decir que no tengo perdón del Diablo por mi enfermiza memoria y el constante descuido que tengo con mis cosas–. Y me he reencontrado con aquel mágnífico cráneo en el recuerdo, con aquella mirada dura y entrañable hablando de las cosas y el oficio de nombrarlas («no tengo miedo nombraros / ya con vuestros nombres / cosas vivas, transitorias...»), de aquel hablar como se hablan los hombres, «conteniendo las ganas de llorar...», de sus preguntas que hoy son mías («¿qué hago yo aquí?»), de acatar la vida, de aquel dolor que fue en principio... o aquel magnífico tramo de ‘La aventura’ en el que la verdad es también la realidad: «Buscas los días. Te aferras a escenas / que son el reflejo de un sueño en la sombra de un sueño.». Maestro de la nada, Pepe, y del soneto, y del mejor jamón de Guijuelo, y del tabaco, y de la bebida blanca más peleona... Maestro de la nada que dijo para mi mal «malaventurados los que abrimos nuestros corazones». Tengo tu trazo otra vez en un lugar exacto para que seas «nada» de nuevo en los estantes de mi biblioteca. Pepe muerto y vivísimo ahora en mis manos, Pepe el de los jirones de belleza, el de los fatales jirones de belleza... Te echo de menos, tío –¿o debiera llamarte abuelo?–, enredándome para engañar a tu Lines con el penúltimo (?) cigarrillo del día y el primero de la noche.

Pepe, mientras escribo de ti, o te hablo, o no sé... un mecánico de esa capital del reino donde tú tenías letras, mesita y compañía, está dándome la vara con un ruido infernal para poner al día las máquinas de mi imprenta. Y me gustaría que compartieses ahora ese ruido generador de palabras hermosas e infumables bodrios, que rieses conmigo delante de una copa y que viéramos juntos las estampas antiguas de desnudos que guardo en una caja vieja. Y que me dieras una palabra tuya para que mi mejor offset supiera de una vez lo que es la gloria.

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