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Kamo no Choomei


Viaje familiar a Helmántica con objetivos lúdicos y consumistas –lo odio, pero en fin...–. Salí de casa medio mosqueado porque cuando fui a echar gasolina aproveché para recoger en Correos unos libros que le había pedido al amigo Norio. Los abrí hambriento. Aparecieron ante mis ojos «Las aventuras del valeroso soldado Schwejk», de Jaroslav Hasek –un libro al que le tenía unas ganas especiales, pues lo había leído en mis días universitarios gracias a un préstamo de biblioteca y mantengo un vivísimo y grato recuerdo de aquella lectura–; «La amada invencible (80 poemas incurables)», de Fernando Beltrán –del que ya tenía hambre de leer sus nuevas maravillas poéticas– y «La atalaya del primo», de E.T.A. Hoffmann, en edición de Héctor Canal y presentación molona de de «KRK tras 3 letras»... Lo dicho, fue ver los libros y llegar a casa, donde mis chavales ya la tenían montada con el rollo «díagransuperficie». Bajé la cabeza como humillando y a viajar con esa cosilla de que era el primer día que me jugaba los puntos de mi carnet de conductor.

Accidente en una cuesta de los accesos a Guijuelo y madre acojonadita –«no corras, mi niño... fíjate, pobrecillo... ¿habrá muerto?»–, los niños de «gameboy» y «PSP» y la joven con un «¿qué me compro?» de setenta kilómetros.
La primera etapa fue un monográfico «centrocomercialtormes» con comida basura incluida y regalos de vasos Coke y un videojuego por menú infantil... Tejanos y camiseta para Felipe, videojuegos para Guille –por sacar el curso con brillo–, calzoncillos para el cabeza –que suscribe–, cosas para la madre, camisetas molonas para Youssouph y Malick y nada para la joven, que no se decidía...

Y a eso de las tres para la Salamanca histórico/artística... Helados, horchatas, granizadas, café en terraza y acuerdo de hacer dos grupos de trabajo: las mujeres a comprar y los hombres a dar de comer gusanitos a los patos de La Alamedilla –mi estrategia era buena, pues a los críos podría engañarlos para entrar a ver la exposición de la Plaza de San Boal sobre «El retrato español en el Prado».... ¡Mis cojones!–.

Llevé a los críos por la placita de camino a La Alamedilla y sin querer, los metí en la exposición con la trampa de que allí descansaríamos fresquitos unos minutos –el sol era de castigo, es la verdad–, pues nada más ubicarnos en el umbral de ese portón San Boal, Felipe, que acababa de comerse un helado y llevaba las manos pegajosas, se puso a hacerle caricias a una estatua antigua que servía de decoración fija del recinto... A tomar por el culo la exposición de la ida –la de la vuelta, también, pues tenía previsto meterlos en el Banco de España para degustar una exposición sobre el cabaret que se presenta allí en estos días... ¡Mierdaaaaa!...

Al final me harté de darle de comer gusanitos a palomas, gallos extraños, gorriones, gansos, patos y hasta a un jodido cisne negro.... y más helados, y más refrescos, y «cómprame un juguete», y «¿cuándo nos vamos?».... ¡¡¡¡Ya, coño, nos vamos ya!!!!
Hasta los mismísimos cojones, pero feliz de haber cumplido mi castigo familiar del mes.
«No nos une el amor, sino el espanto / será por eso que te quiero tanto...»

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