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Truman Capote


Escribió el mejor Roger Wolfe que «Tienes derecho a decir todo lo que te esté permitido decir», luego se hizo más oscuro, más deudor de su tiempo de calle, más derrotado en todo. Pero me seguía gustando.
Más tarde se vino a hacer bastante parecido a mí, y ya no era un maldito, sino que se había convertido en un maldito poeta... y se hizo el triste que es hasta el día de hoy, un triste tan como yo que parece que ya no le queda oxígeno posible.
Y me alegro de haberle publicado sus «Poemas desde un quinto sin ascensor», y que no merezcan reseña alguna en su bibliografía, porque fue un capricho mío con respuesta descatalogada.
Quiero especialmente a este tipo, a lo que fue y a lo que es, a lo que era y a lo que ha venido a ser. Otros –casi todos– son bastante peores. Sí, tengo derecho a decir todo lo que me está permitido decir, pero además siento el irrefrenable deber de decir todo lo que no me está permitido decir.
(21:44 horas) ¿Para qué tener problemas que te compliquen la vida cuando empiezas a rozar el medio siglo?, ¿para qué callarse todo... o decirlo? Ya nada importa, pues he entendido que todo está sujeto un decurso en el que apenas soy capaz de intervenir.
Dejarse llevar y esperar la sorpresa que te depare el día sin hacer gestos altisonantes, comprender mejor que el idioma interviene de forma definitiva en tu forma de ser imbécil –lo anoté hace tiempo en uno de mis aforismos– y no consolarse con nada, porque el consuelo es asunto de mediocres hombres tranquilos... Y ser un tipo dinámico tampoco sirve para mucho, aunque es preferible sumar cierto gesto de dinamismo a lo más simple que te plantees para engañar a las vísceras.

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