El gozo de la claridad existe, y la habilidad del que lo propicia puede considerarse como la más alta.
No estaría mal, Albertito, poder hacer un trabajo de democratización de las propuestas creativas en campos tan engolfados en el elitismo como las artes plásticas o la literatura, conseguir que las artes se acerquen al hombre y no que el hombre deba elevarse hasta ellas. Sí, sé que se me puede responder con aquello de que el hombre debe hacer un trabajo que consista en, por lo menos, poner algo de su parte, pero no debe ser ése el problema del creador... El creador debe ceñirse a su impronta y al empuje de su necesidad, pero no encerrando sus propuestas en cajitas de dificultad [una suerte de complicadas matriuskas], pues cualquier propuesta ideada siempre tiene un camino fácil y otro que puede ser extremadamente complicado.
¿Cómo sabremos lo que debe hacerse? Desde mi punto de vista, lo más fácil es acudir a los lugares que convocan a la gente y analizar por qué lo hacen y cómo lo hacen. El cine, por ejemplo, o la televisión son medios que llegan a las masas desde la imagen [no vamos a hablar ahora si es de calidad o no, aunque está muy claro que en ambos medios se puede trabajar muy bien o fatal]. Las masas acuden y se recrean en estos medios porque «entretienen», «perturban», «inquietan»... y lo hacen desde una facilidad que no implica temor o falta de capacidad previa en la valoración del espectador.
Esa facilidad es la que tenemos que buscar en nuestras presentaciones creativas, una facilidad que tiene buena muestra en la primera literatura oral o en el arte de las cavernas: decimos lo que queremos decir y lo que necesitamos decir para que «se entienda». Redefinir las ideas de belleza, turbación, violencia, vacío, amor, mal... buscando sus valores más accesibles para que ellos sean identidad radical de nuestras presentaciones, dotándolas así de claridad y huyendo de la enrevesada sofisticación que sólo supone ornato.
Lo sofisticado generalmente es decorativo, y este calificativo es uno de los que más daño producen en lo pretendidamente artístico o literario.
(22:24 horas) Como lanzar un dado al aire y detenerste a pensar en lo que realmente quieres guardar de ese suceso... guardar su empuje hacia arriba, cuando el dado contiene aún tu ímpetu, el espíritu con el que lo impeliste... guardar el justo momento en que tu fuerza muere y el dado queda detenido un instante, como flotando... guardar su caída, el alma que es atraída por una fuerza inexplicable... guardar el número que aparece en su plano superior al detenerse sobre el suelo.
¿Cuál de estos sucesos es más real?, ¿cuál es más trágico?, ¿de cuál de ellos puedes obtener más grado de satisfacción?
El dado es real, tangible... su elevación es mensurable... su caída predecible... el número mostrado responde a cierta física... Así es la vida y las diversas interpretaciones que de ella hacemos los hombres... como un dado, como un pequeño dado lanzado al aire. ¿Y la poesía? La poesía nace cuando imaginamos ese dado de niebla, de humo o de agua e intentamos darle una existencia viva... ¿Y el arte? Es detener el dado en todas sus posiciones posibles, aunque sea de humo, niebla o agua... ¿Y la filosofía? Eliminar el dado y poner en su lugar al hombre y a su espíritu.
Sólo existe, en todo caso, una pieza cúbica de marfil con unos puntos perfectamente marcados en sus caras, una pieza de marfil que jamás podrá medir la enorme dimensión de su capacidad de indicio.
Es la vida, el hombre, el dado y sus cosas.
¿Cómo sabremos lo que debe hacerse? Desde mi punto de vista, lo más fácil es acudir a los lugares que convocan a la gente y analizar por qué lo hacen y cómo lo hacen. El cine, por ejemplo, o la televisión son medios que llegan a las masas desde la imagen [no vamos a hablar ahora si es de calidad o no, aunque está muy claro que en ambos medios se puede trabajar muy bien o fatal]. Las masas acuden y se recrean en estos medios porque «entretienen», «perturban», «inquietan»... y lo hacen desde una facilidad que no implica temor o falta de capacidad previa en la valoración del espectador.
Esa facilidad es la que tenemos que buscar en nuestras presentaciones creativas, una facilidad que tiene buena muestra en la primera literatura oral o en el arte de las cavernas: decimos lo que queremos decir y lo que necesitamos decir para que «se entienda». Redefinir las ideas de belleza, turbación, violencia, vacío, amor, mal... buscando sus valores más accesibles para que ellos sean identidad radical de nuestras presentaciones, dotándolas así de claridad y huyendo de la enrevesada sofisticación que sólo supone ornato.
Lo sofisticado generalmente es decorativo, y este calificativo es uno de los que más daño producen en lo pretendidamente artístico o literario.
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(22:24 horas) Como lanzar un dado al aire y detenerste a pensar en lo que realmente quieres guardar de ese suceso... guardar su empuje hacia arriba, cuando el dado contiene aún tu ímpetu, el espíritu con el que lo impeliste... guardar el justo momento en que tu fuerza muere y el dado queda detenido un instante, como flotando... guardar su caída, el alma que es atraída por una fuerza inexplicable... guardar el número que aparece en su plano superior al detenerse sobre el suelo.
¿Cuál de estos sucesos es más real?, ¿cuál es más trágico?, ¿de cuál de ellos puedes obtener más grado de satisfacción?
El dado es real, tangible... su elevación es mensurable... su caída predecible... el número mostrado responde a cierta física... Así es la vida y las diversas interpretaciones que de ella hacemos los hombres... como un dado, como un pequeño dado lanzado al aire. ¿Y la poesía? La poesía nace cuando imaginamos ese dado de niebla, de humo o de agua e intentamos darle una existencia viva... ¿Y el arte? Es detener el dado en todas sus posiciones posibles, aunque sea de humo, niebla o agua... ¿Y la filosofía? Eliminar el dado y poner en su lugar al hombre y a su espíritu.
Sólo existe, en todo caso, una pieza cúbica de marfil con unos puntos perfectamente marcados en sus caras, una pieza de marfil que jamás podrá medir la enorme dimensión de su capacidad de indicio.
Es la vida, el hombre, el dado y sus cosas.
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