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Sin una guerra interior no existes.

La mente necesita estar constantemente en conflicto para latir, y dar brillante salida a ese conflicto suele transformarse en arte, música o literatura... también en hechos atroces. Ello no debe implicar nunca que los resultados de ese conflicto deban ser venerados, pues tal tendencia cosifica al hombre, mientras que su obra toma absurdas calidades divinas. Y no hay peor cosa que divinizar lo que es fruto de una casuística mental y/o genética. Graves han sido siempre las consecuencias de esa divinización cuando fueron tomadas por grandes grupos humanos, terminando el asunto en la terrible convicción de que las artes deben conservarse por encima de los hombres (en las grandes guerras se protegen de forma exquisita todas las obras de arte mientras que las vidas humanas se dejan al pairo).
Esta deformación que lleva a proteger los objetos por encima de las vidas siempre me ha parecido totalmente aberrante, y dice muy poco sobre la moralidad de las sociedades que lo practican. Llevado a extremos, podemos ver cómo el régimen nazi protegía de forma delicadísima las artes mientras masacraba a millones de personas en campos de concentración y campos de batalla.
Es por ello que siempre he pensado que el bagaje cultural del hombre debiera ser pasajero [que lo es] y no suponer obstáculos para la vida [hablo en el sentido más amplio de la palabra «vida»]. Así, entiendo el proteccionismo que se realiza con diversas especies de fauna y de flora, pero apenas llego a entender cómo una ruina humana puede interferir en la mejora, desarrollo y crecimiento de una población.
Desde mi punto de vista habría que gastar el arte por uso hasta que se quedase obsoleto o se destruyese, y nunca someter el futuro o arriesgar por él y para él más de lo que se arriesgase por una sola vida.
Me vienen ahora a la memoria las temerosas discusiones bizantinas locales sobre El Bosque de Béjar, una casona sin alardes arquitectónicos, semiabandonada, con un estanque, un jardincito y dos prados... recuerdo de una época en la que unos pocos hombres sometían a todo un pueblo... y parangón de la diferencia, la jodida diferencia... tal monumento ha producido estudios, discusiones enconadas, ediciones múltiples, proyectos varios, gastos tremendos [que quizás hubieran solucionado la vida de un montón de personas con problemas reales y tangibles].
Volver, por ejemplo, a la literatura oral, ésa que no se cerraba en el individuo solo y apartado [algunos estudiosos denominan a esa soledad «el mal de imprenta», que procede del «libro» como vehículo de/hacia la soledad], pues precisaba formar una cadena de emisores y receptores que conformaban algo mágico que sólo vivía en las mentes y por ellas trascendía, haciendo del hombre el centro y el portador del legado cultural... La evolución de las técnicas de presentación, pues, nos ha llevado a una absurda cosificación de la cultura, llegando a sobrevalorar el objeto y minusvalorar al hombre.
De Tontopoemas ©...

(15:57 horas) Es jodido soportar una dosis diaria de realidad con los sentidos abiertos, por eso tendemos a tapar las voces con gritos. El resultado es que sobrevivimos con menos angustia, pero perdemos sensibilidad, algo así como el silbato del tren que oculta el canto de los grillos. A tal punto ha llegado el asunto, que ya no vivimos la vida, sino que la representamos en base a un libreto que nos viene dado y en el que sólo nos atrevemos a hacer pequeños cambios que no perturban la esencia de la huida de lo real.
Como aquellas «casitas de la colina», todas iguales, ordenadas en una línea nada imaginaria, con su mínimo jardín, su banquito a la entrada, su barrera perenne de hojas verdes... sólo el humo que sale de sus chimeneas puede considerarse como diferencia... pero en ese humo manda el viento. Sus habitantes se sienten felices de poseerlas sin darse cuenta de que son las casitas las que les poseen a ellos.

(18:04 horas) Asisto al terrible drama que es el mundo y luego miro a mis hijos. En ellos está bien guardado todo lo limpio. ¿Serán víctimas también del proceso de degradación que acompaña a la edad? Por supuesto. No podrán librarse nunca de ese peso que se ha hecho de historia.
Y me pregunto cómo luchar contra ello, cómo poner en las manos de mis hijos las herramientas precisas para defenderse de esa brutal agresión que ha de llegarles. Luchar contra el sistema es muy duro, sobre todo cuando es el sistema el que pasa más horas que yo con mis hijos.
También sé que un día desapareceré [será un día cualquiera] en esa mierda que es la muerte [tan falta de estética en la mayoría de los casos] y quienes ahora me abrazan y juegan con mis manos, con mis piernas y con mi nariz, sentirán repulsión y temor hacia este cuerpo. Entonces ya no me haré preguntas, porque el fracaso se habrá consumado y mis hijos quedarán a su suerte. Otro terrible drama, ¿eh? No saber hasta dónde llegará esta mano protectora hecha de dudas por dentro y empeñada en parecer una mano fuerte y sólida.
Es duro saber que te piensan norte mientras tienes la certeza de que vives absolutamente desorientado.

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