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Helmanticalia.



Viaje familiar a Helmántica con asuntos de inmigración por medio…
La ida de morirse. Felipe con los pies sobre el respaldo del asiento de su madre mientras mosqueaba a Mª Ángeles con sus comentarios cabrones [tiene futuro el chaval… y genes], Mª Ángeles chillando como una descosida para ganar a su hermano por volumen, Guillermo cabreadito porque no le dejaban escuchar la peli de ‘Shrek II’ que había traído entre pañales para verla en el DVD del coche, Ángeles desesperada de oírlos y jodida por la impotencia… y yo cagándome en todo lo que se mueve, en Dios bendito, en el hostio [muy del abuelo Bruno] y en la mar salada.
Un puto infierno de mierda al que se sumó un carapito que nos llevó medio itinerario a sesenta por hora.
El plan consistía en que, al llegar a Salamanca, Mª Ángeles se iba con su madre de tiendas [no hay humano masculino que aguante tal plan torquemado] y los críos se irían conmigo a hacer las gestiones de inmigración a la Subdelegación de Gobierno y, después, a por heladitos y juegos para esa nueva minusvalía que se llama PS2… Para empezar, no encontramos aparcamiento hasta después de una hora larga de dar vueltas al caos helmántico, y fue a la fuerza, obligados por una manifestación de agricultores que le daban voces a la cosa del topillo hecho plaga. Bien. Nos bajamos del coche, la madre y la hija se fueron a lo suyo con cita previa en el Café Novelty a las 13:30 y los críos y yo marchamos a la Subdelegación de Gobierno entre manifestantes cabreados de lo lindo.
Ya en la puerta institucional, tres filas de policías entre mosqueados y acojonados nos impedían la entrada [mis niños no decían ni pío ni mu… más acojonaditos que los polis… me apretaban la mano con un amor que hacía unos meses que no sentía]. Me expliqué ante un guripa y, en el interín, los manifestantes nos echaron encima una montonera de topillos muertos [iban para los polis, pero nos tocaron a nosotros]… el caso es que entre el alboroto acabamos llegando a la oficina que buscábamos y una funcionaria encantadora nos arregló todo a las mil maravillas [un día lo contaré con más detalles, porque el arreglo tiene miga]… Nos fuimos con viento fresco y respirando [mis hijos más que yo] y cayeron helados, cervecita, juegos PS2… hasta que nos reencontramos con las mujeres de la casa [venían de morros porque habían sido incapaces de tomar sus decisiones de compra mientras que nosotros llevábamos todo nuestro ‘trabajo´ al minuto].
La decisión la tomé yo y rápida: “Nos encerramos en el Centro Comercial Tormes, comemos a lo americano –que es lo que le va a los críos– y no salimos de allí hasta que hayáis encontrado todas esas prendas que os van a suponer monísimas mujeres estivales”. Caló la idea.

Y en el Centro Comercial Tormes cayeron big-mac’s, nugets, cocacolas gigantes, menús infantiles y helados yankees… luego, de compras hasta que los niños y yo nos agotamos y decidimos esperar a nuestras mujeronas en una suerte de taberna, agarrados a tres cocacolonas y jugando a ver quién echaba el eructo más grande [Felipe filmó uno magnífico de Guille con mi móvil] y a degustar los culos impresionantes de las extranjeras [alguno de auténtico lujo que mis niños descubrieron a la par… ya van aprendiendo algo de padre].

Las mujeres llegaron sonrientes a eso de las 17:45 y nos dieron carta blanca para la vuelta a casa, que fue de otra manera, pues cantamos en quinteto la canción del ‘flecha que era un meón’ y la de ‘en un monasterio había…’ [Guillermo siempre dice ‘forasterio’ y los demás nos descojonamos de risa].
De Tontopoemas ©...

Comentarios

  1. ¡¡¡Genial!!!
    Felipe, me descojono cada vez que te pones a contar historietas cotidianas de este tipo. Ya sé que tienes muchos forofos de la cosa reflexiva pero me encantaría que te prodigases más con estas anécdotas.
    Un abrazo

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