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Lunares.

Hay lunares para todos los cuerpos de faralaes.
Por ejemplo, amigo Pablo, el par de lunares de E. Medel [enormes sobre el cuerpo embikinado de su poesía- –proesía–]… o los lunares móviles del cuerpo bizantino y muerto de Pepe Hierro [que no era peor que José Ángel Valente, pero sí mucho más majete]… o el lunar de la Pizarnik cuando escribe “no sé si amo u odio… eres muy capaz de suicidarte, no por lo que eres sino por lo que no eres…”… o esa galaxia de lunares itinerantes que corren desde tu hermano Diego hacia mí y luego regresan [entrañables lunares que más que de melamina están hechos de silencios]… o los lunares blancos de aquel grito Pavese en forma de pregunta [“¿O no es quizá la verdadera caridad este lanzamiento violento de sí mismo?”]… o ese lunar canalla que corola algún pecho de mujer deseada… o el lunar del rijoso personaje mediocre que medra y lo tatúa… o el lunar infinito de Youssouph o Malick… o el lunar del dinero [postizo y practicable, como la peor poesía].
Conozco mis lunares y eso es un grave síntoma de edad… sé si laten o brillan, si se tornan sedosos o si encierran el cáncer que me haga ser, sin más.
Yo convivo con ellos [también con los de otros] y juego a decorarlos con palabras absurdas para que se aparezcan a los ojos extraños como mi piel normal.
Hay lunares, amigo, que nos nombran y hieren… yo los estoy contando en un nunca acabar.
De LECTORAS


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