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El terror de las mujeres infelices.

Viaje a Helmántica con asuntos administrativos que solucionar… prisa, calor sofocante, un par de colas enormes y tiempo en el medio para pensar o detenerme en los hermosos ‘zamoranos’ que se agarraban a mis ojos como lapas visuales.
Helmántica estaba hoy como gastada, con cierta cosita de resaca de ayer, llena de garitos pequeños y postizos que daban nota de la fiesta nocturna. No me gusta así Salamanca, porque olía a vómitos por el centro y a fracaso por los barrios [me hice así como dos largos caminando por la ciudad, ya que las dos instituciones que visité eran casi extremos geográficos sobre el plano.
Mientras caminaba la Gran Vía, se me vino a la cabeza ese rol malvado que juegan algunas mujeres cuando pasan de los cuarenta y han perdido la gana del roce suave para cambiarla por el reino del voceo y la mala uva. Su mal es que se abandonan, entre otras cosas, porque no sienten ya su atractivo como causa de dominación y se tiran a la piscina de la verdulería y el mal carácter, y no entienden que esa edad es mágica [cualquiera lo es] si se sabe llevar con naturalidad y con guiños a lo bueno que nos proporciona la vida.
La carnalidad en esas edades puede hacerte un ser sonriente o el ser humano más desgraciado del mundo; es por ello que hay que cuidarse y cuidarla con auténtico empeño, sin dejar que lo que antes era magia se convierta ahora en aburrida costumbre.
Esa tipología de mujeres hastiadas de su vida es una terrible rémora para el que la padece, pues su pasión es joder por joder, fastidiar, molestar, verlo todo desde su lado más torcido y retorcido. Son especialistas en hacer infeliz a cualquiera que las roce y de completarse ellas mismas como la esencia de la exacta infelicidad… En casa son totalitarias aunque se sienten esclavas, en un trabajo son implacables y se sienten poco valoradas, en un puesto administrativo son la más alta negación del no… y en la calle son como los pipos de esas aceitunas gordas que ponen en los bares [los pisas y te hacen daño, aunque la cosa no va a más].
No es misoginia, lo juro, que podría hablar en términos parecidos de las diversas castas de hombres infelices y jodidamente puñeteros, pero hoy me ha dado por aquí gracias a una mujer que esperó junto a mí a que cambiase el color del semáforo que da entrada a la salmantina Plaza de la Constitución y que cumplía todas las premisas expuestas.
Me dio rabia sentir su infelicidad con tanta intensidad… le hubiera dicho algo y hasta habría hecho el esfuerzo de levantarla en volandas y darle un abrazo buscando su reacción… pero nuestro mundo de apariencia no permite esas salidas de tono… y así nos va.
De FUMADORAS

Comentarios

  1. DEMOLEDOR...Me recuerda mucho "a la Francesa"

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Amigo, era ya otro tiempo y otro espacio... aunque tus recuerdos son muy libres.

    Besos.

    ResponderEliminar

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