
Con 19 años todo era atractivo a la mirada, el mundo estaba poblado de caminos abiertos por hollar y la vida se presentaba franca y dispuesta para tomarla y vivirla…
Ya con 49 años, todo ha tomado la pátina de la decepción y sólo el estado de búsqueda puede hacerme permanecer fresco y atado a una vida que aún puede guardarme un puntito de luz y sorpresa si me empeño en ello.

Mientras que con 19 años no importaban las palabras como ‘valor’ tangible de lo vivido y de lo por vivir, con 49 años se han hecho herramienta imprescindible para intentar engañarme en el asunto de que mi vida es pura supervivencia. Ahora no importa tanto lo que quiero decir [antes era siempre lo fundamental: gritar aunque no supiera cómo hacerlo] como de qué forma decirlo [ahí tienes preclaro el personal asunto deconstructivo traído de Derrida al que me refería hace unos días, amigo anónimo que no entendías]. Necesito que mis palabras acoten, se cierren lo más ajustadamente posible al concepto que quiero expresar… o que se pluralicen en su significado… pero siempre bajo mi control minucioso.
Antes caía sin problemas y sin sonrojo en la generalización [demasiadas veces me llamó la atención sobre ello mi amigo Antonio G. Turrión, cosa que le agradecí y le agradezco], no medía las consecuencias porque no me importaban demasiado. Ahora procuro escribir cada una de mis palabras con una medida exacta, sopesando su ‘valor’ de proyectil o de caricia.
También entiendo que eso me deshumaniza, pues sacrifico la frescura [calidad que fue mi norte durante demasiados años], pero me proporciona un poder que no conocía entonces: el de saber que la fuerza añadida al peso de cada palabra la pongo yo y solamente yo, de tal forma que, conociendo su calibre, averiguo cómo llegará, hasta dónde alcanzará y en qué forma hará herida o conseguirá restañarla.

Este proceso en el que me encuentro también me permite asistir a la relectura de mis poetas preferidos y encontrarlos distintos, ya que no solo leo sus poemas como conjunto plástico y creativo, sino que asisto a ellos con ojos de histólogo, deteniéndome en cada una de sus palabras, en el tejido de cada verso, y encontrando gozo o decepción en ese universo escondido que se hace descubrimiento paralelo al de la oportunidad del poema… es luz sobre la luz, conocer las cartas que tiene el contrario antes de que se desarrolle la jugada, pero sin intervenir en el resultado, ya sea errado o absolutamente brillante.
Entenderé perfectamente que un joven de 19 años vea que mi proceso actual se queda en lo anecdótico para huir de la raíz pura del poema [que en la juventud es el ‘mensaje’], que suponga una pérdida de tiempo el trabajo reflexivo alrededor de unos versos tan preclaros (¿) y conocidos como, por ejemplo, ‘Vendrá la muerte y tendrá tus ojos’.
El joven de 19 años los estampará en una camiseta junto a, yo qué sé, la imagen de El Che; los dibujará en su carpeta universitaria junto a una foto de los Extremoduros y lo mostrará ufano y sonriente a los ojos cerrados de la plebe… El mensaje sobre cualquier otra valoración, y el ‘mensaje’ unido a la ‘estética’ en una nebulosa que termina siendo confusión eterna muy bien aprovechada por la mercadotecnia, ese pozo sin fondo al que todos lanzamos monedas a diario para intentar convertirnos en lo que nunca podremos ser.

Derrotado y escéptico, casi puedo afirmar que prefiero mis 49 años, con sus miedos y sus fobias, con sus dolores y sus jodidas manías, con su doloroso descenso físico y con este enredado proceso de las palabras y a las palabras.
Me lo dijo Joan Margarit en Lucena y ya lo he relatado aquí algunas veces y con distintos fines: a cada edad del hombre le corresponde una edad de la mujer y una edad de las palabras.
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De FUMADORAS |
Amigo mío la madurez es sabiduría, y lo que nos queda....
ResponderEliminarPor fin te leo que prefieres tus 49 que tus 19. Yo le veo muchas ventajas a esta edad otoñal; mejor dicho sólo le veo el inconveniente de los "achaques" de salud, el resto es todo mejor.
ResponderEliminarSomos la caricatura de lo que fuimos, no hemos limado nuestros rasgos sino que los hemos acentuado pero a la vez somos más tolerantes y le damos menos importancia a todo lo que no es importante, nos conocemos mucho mejor y sabemos lo que queremos... y la frescura no la pierdes si no te niegas a ti mismo.
¿Que mas dan las canas o las arrugas, los kilos o la calvicie? El atractivo de una persona es su conjunto y el conjunto mejora, sin duda, con la edad, en especial si sabes reirte hasta de ti mismo.
Pues yo creo que estás a punto de "saltar", a otro nivel, otra etapa, otra vida. No te has empantanado, ese es el valor, que acompaña al sentido de tu existencia, que por cierto, lo tienes muy definido... Estás a punto, maduró la uva, y que precisamente es ésta quien hace la gran diferencia entre un vino y otro. Tus palabras, ni simples ni complicadas, siempre en EVOLUCIÓN
ResponderEliminarun abrazo.
Te sigo próximo.
ResponderEliminarLa ventaja de estas edades es que uno ha solucionado ciertas angustias.
Y aun quedan los sueños, la mirada y la capacidad de acción.
Es curiosa la imagen de la pátina cubriendo la esencia del ser, de la piedra o del metal. Se puede ver como uno quiera: la pátina empaña la materia prima, la envuelve, la protege de las miradas ajenas como un vestido sobre el cuerpo desnudo.
ResponderEliminarNo me gusta la idea, sobre todo porque creo que lo correcto es morir lo mas auténtico, real y desnudo posible e irse despojando con los años de esos pegotes de tiempo y prejuicios.
Haré un ejercicio de deconstrucción, que seguramente me servirá para reafirmarme en la idea de que es mas valiosa la espontaneidad que la palabra estudiada, aunque aquella sea estéticamente incorrecta. De todos modos, muchas gracias por la explicación.
Por cierto: cada vez que he visto este cuadro pienso en la pobre criada intentando quitar la mancha de tinta que la pluma del pobre Marat dejó en el suelo.
Un saludo, hermano.
Amigo anónimo, pica en el cuadro y verás que no es la sangre de Marat la que deberán limpiar las criadas.
ResponderEliminarDeconstruye, anda.
Un saludete
.... perdón.... la tinta de Marat
ResponderEliminarTinta, hermano, tinta.
ResponderEliminarY una vez más el epitafio de Marat sobre un cajón sin barniz...simple, la madera desnuda.
Un abrazo.
Rectifiqué a tiempo, pero no me refería a eso.
ResponderEliminarPica en el retrato de Marat y observa... a ver qué sucede.
Abraxo de nuevo.
Vuelvo a estar espesita.
ResponderEliminar¿Es referente al montaje?.
¿Abraxo o Abraxas?.
Muchas dudas en un soleado domingo. A ver si llueve.
Saludín.
¿En Galicia hay problemas de comprensión espacial?
ResponderEliminarAbraxote.
Ahora que se acaba de nublar veo mucho mejor.
ResponderEliminarCon mucho el mejor montaje.
Por cierto, de bufón nada, eso déjaselo al Francesillo. Serás siempre el mejor bardo (no sé como te quedarán las mallas).
Y otra cosa: he probado a deconstruir y no me ha gustado nada el resultado. ¿Lo habré hecho mal?.
Un abrazo grande que os envuelva a tí y a tu prosa cotidiana.