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Mixtura de nublado y cielo raso.


Huele a ajo rehogado en la calle y hay como una mixtura de nublado y cielo raso que me gusta [aunque no las luces navideñas horteras que hacen de barrera entre la calle y el cielo] La vecina rijosa vacía cubos de agua desde su portal a la calle mientras farfulla esas frases de odio celular y montonero que vienen de la edad aburrida [hay que follar, señora, aunque sea con el dedo índice de una]. Un camarero esconde su cansancio en los bajos de cochera y se fuma un pitillo con los ojos revueltos. Suena un móvil a Mozart. Los madrileños hacen las maletas con ojeras y yo sonrío mientras se apuran en llenar sus coches de trastos y viandas serranas. El ciego que ve quiere venderme un par de cupones [yo no juego] y la lunática le sigue como si estuviera en celo [hoy me ha sonreído al verme… ¡milagro!]. Una pareja se besa en la sombra de mi puerta… se creen solos, pero yo los miro relamiéndome desde adentro… él aprieta sus manos sobre las nalgas jóvenes de la virgen inversa y coloca su lengua en lo caliente mientras ella se deja relajada [la vieja, entonces, abre la ventana y los espanta con esos ‘¡Sinvergüenzas, descarados, marranos…!’ que están siempre en su boca de estropajo]. Quiere llover y no puede. La lunática orina mansamente levantando su falda y la vieja vuelve a su guerra versal… ¡Marrana, voy a llamar a la policía…! Es invivible el barrio con esta berberisca de ventana puesta a todo volumen.


Mi coche tiene cinco huellas entre el capó y el techo –y un abollón– porque ahora los jóvenes noctívagos acostumbran a subirse por ellos en sus noches de alcohol. Me jode verlo así, nuevo y pisado, pero en el fondo me apetecería subirme a él y patearlo con saña.
Si la vieja reseca tuviera un automóvil, sería insoportable .



De FUMADORAS

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