
Soy de cuando se procreaba sin movimientos lascivos y la muerte era esperada como un segador, de cuando se hacían cinturones de monedas y rosarios de pipos de aceitunas, de cuando se daba limosna y se ayudaba al gentío a tener una buena muerte, de cuando las alcobas con cortinones, de cuando los escapularios con cintitas y los penitentes arrodillados, de cuando los exegetas hablaban del hombre andrógino, de cuando la periferia de los círculos, de cuando se vivía lo inquietante con fervor, de cuando los arcanos y los vicios castigados, de cuando el aguamanil de los prostíbulos y el espejo de pie, de cuando el solaz de las cortesanas con túnicas vaporosas, de cuando el viscoso semen de Dios, de cuando la rehabilitación de la sexualidad tácita, de cuando los siete cielos planetarios, de cuando las virtudes armaban al hombre congruente, de cuando la ambigüedad se hacía grosera en forma de erección, de cuando la mujer fecundada sonreía por estar encinta, de cuando la tierra yerma, de cuando los sacrilegios y los perros excitados, de cuando la niña atónita, de cuando el catecismo del padre Ripalda, de cuando Dios era perverso por mirarte, de cuando las refutaciones, de cuando la ilusión por todo, de cuando aquel espanto, de cuando los gemidos de la loca, de cuando la inquietud adolescente, de cuando el primer semen encharcando las manos, de cuando la soltera provocativa que me enseñó su pecho izquierdo, de cuando la seducción a oscuras, de cuando los vahídos de la abuela, de cuando se engendraba fantasía a la salida del cine del domingo, de cuando el sombrero viejo de fieltro que llevaba el mago, de cuando los abrigos cheviot, de cuando se recordaban los sueños al despertarse, de cuando el mullido mundo de las tentaciones libidinosas, de cuando la contemplación sin recogimiento, de cuando los zapatos dos tonos, de cuando las supercherías, de cuando los latinajos, de cuando el mundo de los hombres dominados, de cuando el mundo maniqueo…
Soy de ese entonces y ya no puedo casi permanecer en este ahora.
De cuando hacíamos Badajoz-Gijón en un Simca 1000, con un padre novato, 45º a la sombra, sin aire acondicionado; mareados por la mezcla de puerto Bejarano, olor a chorizo y morcilla patatera; de cuando mi hermana y yo íbamos sentadas 8 ó 10 horas sobre las faldas de mi madre.... y éramos las más felices...
ResponderEliminarDonce
Y yo también.
ResponderEliminarPara bien y para mal somos lo que somos, lo que fuimos pertenece al pasado. Lo más cercano a la felicidad que conozco consiste en vivir cada momento intensamente, sin preocuparse por lo que dejamos de ser o de hacer. Esto lo podemos aprender de los niños y de algunos animales (no precisamente de la especie humana). Te lo dice quien comprende bien lo que escribes y que no siempre lo sabe aplicar a sí misma...
ResponderEliminarPor cierto, nunca pensé que la piña diera tanto jugo, ehhhh???
Se nos acabo la época de la lentitud del tiempo,de las ganas de comer etapas,de la incertidumbre del futuro,de las ganas de amar y ser amada,se nos van los años como agua entre las manos,vamos enloquecidos en pos de la muerte,consumiendo días esperando que,(algo)somos mendigos de miradas y de afecto.
ResponderEliminarY lo único que hacemos es acumular años y disfrutar momentos.
Luis Felipe, me encantaría que hicieras otro igual pero de lo que seremos (¡y escarba un poco en tu lado optimista, ostia!)
ResponderEliminarEstoy aprendiendo a dar abrazos de los tuyos (ya me va saliendo mejor).
Un abrazo.
¡Joder que mal andas de dopamina, tío!
ResponderEliminarPero me gusta lo que escribes (somos unos sádicos)