
Las flores lascivas que crecen en las manos son un buen argumento para la soledad y tendrá que ser otro el que diga cómo amé, porque estoy demasiado ocupado en conspirar contra los comisarios del mundo occidental y el frío se apodera de mí cuando descanso… pero hay nombres que arden, y me acerco a ellos para tomar calor.
En la cama ya solo sé quedarme dormido y hablo de religión con los pordioseros mientras la gitana viste de negro absoluto porque se murió su hermano, y si pongo a prueba el amor, anoto un ‘date prisa’; y si paso despierto la noche, suspiro una impostura; y si me bendicen las beatas, golpeo mi cabeza contra el muro; y si enciendo un cigarrillo, descubro una telaraña de ayer… Ya he comprendido que vivir es una hermosa oportunidad para decir un poco más, pero en el bar Ana no es feliz, y me da miedo verla romperse y luego aparecer despeinada en el fragor de copas y clientes. Su imagen, por distante y cercana, por no pertenercer a mi vida más que por uno de esos paralelos cercanos en los que se ven los pasajeros de dos trenes que se cruzan, se miran a los ojos y se quedan congelados, se hace muy importante para mí, es el paso de tiempo y las batallas, el caer y el erguirse para nada en lo que todo se resume.
¿Me habré cansado de amar? Hay cierto desequilibrio en mí y eso me descompone. Quizás sea que necesito un abrazo que no me deje respirar o que alguien atienda a mis palabras durante unos minutos. No sé… o alguien que sepa de antemano lo que quiero decir y no hagan falta palabras.
El hombre no se merece al hombre, pero tampoco al perro…
La vieja de al lado tira la basura a las once, cuando la gente empieza a pasear. Sale a la calle con los rulos puestos en la cabeza y su marido la mira desde la ventana bostezando [¿bosteza el marido o bosteza la ventana? No sé, pues ambos son objetos fijos en el paisaje de cada día]. Quizás en un tiempo fueron felices, hasta que empezaron a tener que soportarse y no tuvieron la fuerza de tomar una decisión que rompiera el lazo para la vida. La vieja no sabe hablar, solo grita, y mantiene constantes conversaciones de balcón a balcón, de ventana a ventana con otras viejas solas [por viudas]. Me encantaría entender al milímetro la naturaleza femenina, pero me está negado, a los hombres nos fue negado conocerla desde el principio de los tiempos y las razas. Es un fracaso circunstancial que nos lleva a mil fracasos reales cada día… pero la vieja lo ve todo sencillo [solo la vi realmente feliz un día que regaba sus geranios]: los coches me molestan, que los quiten; los negros me molestan, que los maten; los ruidos me molestan, que los silencien; los bares me molestan, que los cierren… es una personalidad primaria y, por tanto, claro resumen de la humanidad… aunque hay matices… Yo diría: la vieja me vuelve loco, que la internen en un asilo.
No es eso, pero hoy me estoy dejando llevar por la escritura automática, y no me siento mal permitiendo que mi mano escupa lo que le dicta la cabeza alocada y aparcada en otros lugares.
Todo lo que sé del mundo es un borrador superficial e incompleto que solo llega a ver la piel borrosa de las cosas, y todo porque tengo auténtico terror al enfoque, a enfocar un día y ver algo con nitidez que me decida a irme de aquí por el camino correcto [yo sé cuál es, pero no quiero saberlo]. ¿Cómo atreverse a buscar certeza si el mundo es incierto?… Y entonces intento persuadirme, pero no de algo concreto o con algo concreto, persuadirme solamente, ‘persuadirme’ como palabra pronunciada o como gesto de malestar.
Hoy estuve encerrado en mi habitación con Vivaldi y me enfadé mucho con él, estaba alegre el cabrón y me hacía llegar sus notas como agua corriendo a los oídos. Le dije: ‘yo no quiero escuchar’, pero él insistía y acabamos a hostias en el suelo, retorciéndonos y golpeándonos con rabia. Al poco descubrí que era yo el que peleaba conmigo y me sentí magullado e imbécil.
Y el monte ya verdea asomando la mentira de la primavera, y está nublado el día tanto como yo, y siguen los turistas enredándolo todo, y Youssouph sin papeles, y Malick sin dinero, y Felipe sin ganas, y Magdalena en purita gracia de Dios, y Ángel a su bola… Solo un teatro romano podría hacer compendio entre sus arcos y sobre su escenario de esta tragedia cómica de hombres que no se merecen al hombre, ni tampoco al perro, ni al gato, ni al mirlo, ni al caballo, ni a la insufrible gallina que picotea y pone. Un teatro romano derruido en el que la propia ruina es el personaje principal.
Ni lavs, ni Deo, ni nada.
Estoy deseando -sobre todo por ti-
ResponderEliminarque llegue el lunes, que se acabe la semanasanta de dios, que entre de lleno la primavera y que te alcance, que lleguen papeles y dinero para tus otros hijos. Y que alguien te saque la sonrisa. Por cierto, qué habrá sido de Donce, que lleva días sin dar señales?
Besos.
No te llamas LFC y no tienes la edad que tienes, ahora mismo te llamas Lucía y tienes 23.
ResponderEliminarTe comprende perfectamente. O más bien me comprendes tú a mí, no lo sé.
Desde que te leí en afinidades te sigo.
Justamente hoy colgué un post automático. Todavía no sé si hice bien.
Un beso muy grande.
Te sigo siguiendo.
pd: y cuando me miro al espejo y veo arrigas, empiezo a tenerlas, me acuerdo de ti, de tu padre y del mío.
Acojonante tío. Me haces leer tan rápido como pasan tus dedos por encima del teclado escribiendo este post. Te imagino con los ojos inyectados tras el flexo, echando humo con esos cigarrillos sin parar, como la locomotora aquella que un día pasó por aquí. Un día de éstos la luna llena te cogerá y danzará contigo, estoy seguro.
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