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El diapasón del día me pone espantapájaros.


Para esta luz de hoy [el día está explosivo] quisiera algunos árboles azules que filtraran la sombra hasta mis ojos, un pedestal de musgo fresco y mullido, un pulmón sin tabaco mientras el otro fuma, alguna falda corta –alguna falta–, la comida untuoso de un restaurante al aire y un olor a fritangas, la ictericia en ojeras de mis gafas de sol, el umbral de una piel con calor y humedades, unas medias de nylon reptando unas rodillas, un peine de carey, los labios de anticuario de una mujer de entonces, alguien que venda flores, un plumier, un haber fornicado que se arpegia en sonrisas de alguna cara virgen, un naipe de Fournier, un tocarse temblando, un gesto vigilante mientras la mano ocupa su táctil atención en un mar de satén, una brújula loca, una esquina, un traspiés, unos pezones vivos trazando en una blusa su sísmico vaivén, los bajos de una mesa, el vientre del Edén, el asfalto meloso y el grillo de los pies, el ópalo, el jengibre, dos nalgas de mujer moviendo el mundo entero, el siniestro apostarse de un celo en la pared, doncellas que se bañan, un desmayo, un ciprés como El Greco, abanicos, café, guijarros, aquelarre, laxitud, leña, senos, cotangente con uñas, abstinencias, Chartreux… y también malabares con cuatro certidumbres, y asesinatos simples, y una promiscuidad, y cometer la tarde en un conmigo largo, y averiguar tu impulso, y apagar el charol.
El diapasón del día me pone espantapájaros, me humilla entre los mirlos, me olfatea y, después, me muestra como un filme la caricia y el beso, el arco y el tanteo, el enervarse, el frío-escalofrío y el calor de después.
Va llegando ya el tiempo en el que son los cuerpos el idioma mejor, y yo escucho silente su blup-blup, su chuparse, su palparse, su olerse, su respirarse, su acoplarse, su estirarse, su inflamarse…
Pero es todo una isla, un sueño, un tobogán, un algo inexistente para esta mansedumbre de dormir empapado… ¡Qué le vamos a hacer!



•••
Como en un voy a misa, devienen muertes trágicas que a uno le hacen pensar o le previenen, y el pitín se te arruga hasta esconderse en un ‘palporsi’… y es que la jodida muerte acojona y pone de rodillas y mirando al cielo al más coquino de los mortales; pero no hay que dejarse, ni hay que aflojar, ni mucho menos hay que ponerse místico y echarse en las sudadas manos pimpollas de los pastores de Cristo. La muerte es una putada segura, y por ello hay que llevarla a la espalda más como unas alas que como un fardo. Digo esto porque acabo de ver a Ángel salir de la iglesia de El Salvador como arrugadino, como con esa cosa de andarse gritando por dentro “¿Era esto, Dios?”. Claro que era, colega, y tanto que era y seguirá siendo, solo que a unos les cunde el tiempo y no lo aprovechan, y a otros les cunde la vitalidad y se la comen en un respirar torcido.
Morir es natural y necesario, uno de los actos más sensatos de la naturaleza y, quizás, una de las mejores oportunidades que nos ofrece la vida para gozarla… pero no hay que preocuparse, coño, que ya está demostrado que la materia no se destruye, que solo se transforma, y qué bonito es eso de ser la ‘pupa’ que aparece de pronto convertida en delicada mariposa, que hay que verlo así, que hay que verse bioquímica y proceso, que hay que saberse muriendo cada día en la uña que crece o en el cabello que vuela al viento ya sin raíz. Somos un constante proceso de muerte porque somos una hermosa explosión de vida, y no hay que acojonarse, coño, no hay que acojonarse.
Bueno, por el dolor quizás sí.

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