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Los membrillos robados.


Recuerdo los membrillos robados en una huerta alta que había junto a las escuelas de Filiberto Villalobos, eran enormes y amarillos, y dejaban la boca rabiosa y la lengua gorda. Yo me sentaba a mirar cómo se oxidaba la mordida en aquella carne entre blanca y crema, justo hasta que tomaba un color marrón oscuro. Eran días chiquillos de baterías a pedradas y luchas intestinas que no llevaban más que a la gravedad de una pitera o a las rodillas magulladas. De aquellos días me quedan recuerdos como tesoros que suelo abrir en las tardes de calor y soledad para enredarme en ellos… los días don Sabino de capón y reglazos, las interminables tardes de taba y escondite, las mañanas de fútbol con pelota de goma en El Solano, las horas minicares y las de indios de plástico, los fines de semana en El Regajo con medio colón de pan y una libra de chocolate Suchard, las primeras novietas subiendo a El Castañar cargando el comediscos y el álbum de los singles con temas de los HH, de Nino Bravo, de los Sirex, de Aznavour…, las sandías en verano, los helados al corte y los polos de hielo, las tardes Murallón, el cine del domingo, los castigos, la caja de compases, la canadiense nueva, el cisco, el almidón, el caño de la plaza, los túneles secretos, el tren… Vivíamos con descaro y el tiempo era perfecto.
También llegan ahora las blancas saponarias [tenían un toque malva] con las que nos lavábamos las manos después de los partidos de fútbol en El Castañar, la lujuria en los ojos del rosa digitalis orlando los caminos, la achicoria silvestre, los plántagos [siempre me hicieron gracia esas flores sin pétalos a las que imaginaba seres de otro planeta], los geranios de campo con sus verdes pináculos apuntando hacia el cielo, los dientes de león [nunca se me olvidó que su nombre científico es ‘Taraxacum dens leonis’], las ortigas, los tréboles, las malvas, la morera del parquecito de La Cruz de los Caídos con la que alimentaba a mis gusanos de seda, la menta, el tomillo, el serpol, los juegos de umbelíferas, las euforbias lechosas, el musgo, los castaños rendidos de candelas blanquísimas, los plátanos enormes del parque, la hierbabuena, las espigas que fueron flechas de mil batallas, los gallarutos gordos, las bellotas, la mimosa de arriba, el ficus del balcón, las castañas asadas, las amapolas rojas, la cymbalaria, el thymus, el cantueso, la salvia, el romero… de aquel lujo botánico me vino la impaciencia de querer ser biólogo y la dura Botánica de mosén Casaseca me dejó en el camino con su Bonnier, un herbario de 2.123 especies y un edelweis robado de Los Picos de Europa en el 76… y no habría sido un mal biólogo, que lo sé a ciencia cierta, porque yo era curioso y quería saber, y hacía disecciones en casa de mis padres, y trabajaba mucho preparando esqueletos con perborato sódico, y guardaba animales metidos en botes de Nestcafé con alcohol, y me hice un terrario e intenté un hormiguero, y me leí a Oparín y su origen de la vida, a Karl Von Fritch y el comportamiento de las abejas, a Timbergen y su postulado sobre la etología, a Konrad Lorenz y sus estudios sobre el comportamiento animal… pero Casaseca y su discípulo Javier [que creo que era de Valero] me jodieron un futuro de ciencia cuando casi ya lo tenía en la mano, pero no importa, pues reconozco que solo me entregaba en las materias que realmente me resultaban apasionantes [me jodían la Física y la Química Orgánica, la Citología e Histología me dejaba disperso, la Bioestadística me mataba de risa y la Microbiología me enseñó que la gente medraba de lo lindo en la universidad].
Y lo mismo le tengo que dar las gracias al señor Casaseca por traerme hasta aquí, aunque lo hice, por lo menos, con cierto vocabulario científico y una extraordinaria confianza en la observación y en la lógica. De los que allí triunfaron [se pueden contar con los dedos de una mano los que pasaron aquel filtro botánico], hoy solo conozco a grises profesores de instituto y a uno que se quedó de rata de departamento, y sigue en ello como un cabo furriel o un bedel triste… y yo no habría resistido en ninguno de esos casos.
Joder.

Comentarios

  1. Me veo en aquella tarde de calor, subida a una pared, robando ciruelas junto a mis primos, y recuerdo la cara del pobre cervatillo al que por poco aplastamos cuando caímos todos como fichas de dominó, y los jirones en el vestido, y las pupas en las rodillas (que ya no se quitaron jamás) y las broncas al volver a casa, y las risas...

    A Vd. no le pega ser ratón de laboratorio Sr. Comendador, no, no..., ya se nos habría ahogado!

    (Viéndole en esas fotos, de lo que sí tiene pinta es de ginecólogo! jijiji)

    "Guan" kiss.
    Dnc

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  2. Alguien muy cercano a mí, después de los 5 años de biología en Salamanca, tuvo que venir a Málaga con la botánica de Casaseca para terminar la carrera. Algún año después, se licenció también en bioquímica (esta vez en Salamanca)con premio fin de carrera. ¡Qué feliz tiene que sentirse el señor Casaseca -si es que aún vive- del cariño de sus ex-discípulos!

    Yo, por un atracón de manzanas y de ciruelas verdes cogidas de árboles prohibidos terminé operada de apendicitis sin tener apendicitis. Por temor a la reprimenda, tuve el valor de dejarme operar antes que confesar.
    ¡Qué fuertes éramos antes de la expulsión del paraíso de la infancia!
    Cómo me ha gustado tu entrada de hoy!
    Los de mi generación hemos vivido -à peu près- lo que tú cuentas, pero ni en sueños sabríamos contarlo de esa manera .
    Por cierto, tu serie oscura del ojo me quita el sueño, un andaluz te diría que esas fotos le dan "susto". Me recuerdan a Polifemo. Y encima no entiendo con qué están hechas las últimas.
    Besos

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  3. Estimado señor. No se desconsuele por tan poco ni se desmemorie por un azul del cielo, sino disfrútelo con risa buena y dése a la holganza del buen recuerdo, que no ha de volver pero, joder, qué buenos tiempos, hostias.

    Yo no he llorado un ápice por haber colgado la Filología en tercero. Es más, me descojono de la risa cuando me invitan a las facultades a impartir cursos, de las editoriales para sopesar clásicos y de los propios filólogos al solicitarme una opinión.

    La titulitis, amigo Pipe, es una de las enfermedades endémicas de este pobre país. Y creo que nos entendemos.

    Escriba usted sobre eso, dése, démonos un buen abrazo, que de todo lo bueno, una buena parte nos la tenemos merecida.

    El Urce

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  4. Qué triste nombre para un biólogo...Casaseca.
    Concha.

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