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El calor hace flacas las miradas.


El calor hace flacas las miradas y engorda el pensamiento. Casi todo sobra, pero no todo.
La hierba supo hoy del desinhibido y también los bedeles del centro de salud, y la Hilaria con su bolso viejo de plástico acharolado, y los cuatro bares de la Plaza Mayor, y el cura párroco motero, y la guripería municipala [saludos a Alfonso, que sé que pasa por aquí de cuando en vez], y El Manzanita de boina y bastón, y la madre y la hija sentadas frente a la carnicería en sus sillinas chicas, y la ciempieses cocoricó con pamela, y el manirroto atún con su ventresca, y la Aurorina pequeñina, y el librero cabreao, y la droguera galáctica de abajo… todos supieron del jodido desinhibido con su zurrón moderno al hombro y con su barba empezada, con su patizambeo tejano y su risota beoda, con su mirada entre ida y venida.
A los pirulos les trastoca el sol… pues no te digo que ahora se sacan sus sillas de terraza a los soportales y se ponen a comer pipas de calabaza y a birrear como mamoncetes entre risotadas… y las gitanonas con negrita adherida toman los escalones corridos de la plaza y se ponen ciegas a Doritos y fantas y helaos de chocolé, que hasta el punto de dejar la marca grasienta de sus culones en esos pasos de granito bien pagado… y la lunática habla por teléfono en la cabina con los pantalones bajados hasta los tobillos… y el taxista lleva ya 433 vueltas a su circuito de pacá-pallá… Ay, si levantara la cabeza el Manolo o pudiese estar ahí el Chuchi [pero ninguno colgao, ¿eh?], si tuvieran otra oportunidad de beber cervecita riendo entre los suyos con sus “anda, chacho…”.
Ellos son [eran/serán] los dueños del arcoíris más grande, con su cosa de hormigas y su honor de lazarillos sin más ciego que el que llevan puesto. Ellos son el bambú y la cigarra entre las piedras [hasta de las finiseculares], los bandarras sin caballo ni colinas, la sardinita asada sobre la papelera negra de hierro fundido, los convencidos de la muerte y basta… Ellos tienen la luz en sus uñas resucias, en los negrales que hace unos días fueron hematomas lujosos, en la exacta altura de sus sombras nítidas.
Su carnaval es la vida seria, la cola del mercado, la cajera que no les da más crédito en su Cajasalamanca… “te rajo… o, mejor… que te den por el culo”.
Vivir a ralentí y sin shoffer, a tragos y sin hipo, a mordiscones y con alguna que otra cagalera [“los gases, señá Justa, me tiene medio tiesa”]… vivir a lo que caiga y en una carcajada si se puede.
Y cuando cae la tarde, se me ponen los ojillos luciérnagos y hay como un relámpago por aquí adentro; sí, un relámpago que es como una semilla de nenúfar o una sombra de árbol pequeño que me dice: “lame el mundo que te queda o hazte contorsinista y lámete el entremuslo”. Y es que acabo harto de tragarme las serpientes del día y casi envidio a esos lobos de calle con su abril en las mangas de sus camisas rotas.
“¡Muerde antes de que te muerdan, niño!”.
Y entonces me doy cuenta de que mi oficio es éste, de que ando enturbiado en lo que no me gusta y es como un escarnio la vida que me regalo cada mañana. Si no quiero triunfar, ni ser brillante, ni siquiera tener… pero ser humillado… ¡jamás, coño, jamás! Pero soy demasiadas veces lo mismo y aún no sé llorar cuando debiera… ni llegar pronto a algo que se ponga en mi mano.
¡Bah!
Nunca caminarás recto, viejo F., ni puta falta que hace.

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