
Y escribo desde la perplejidad de esos treinta años frustrados, desde la rabia que me produce la vorágine del tráfico [los hombres nos convertimos en otra cosa con un volante en nuestras manos], desde la perversidad que esconde la prisa cuando la vida pide lentitud y miradas. Y solo se me ocurre llorar y abrazar a mi amigo con la fuerza de un silencio capaz de decirlo todo, un silencio hecho de soledad ante lo inexorable y de dudas sobre todo lo que me rodea.
Y me vuelve al justo centro el miedo, ese miedo que me trajeron mis hijos desde el mismo día de su nacimiento, un miedo del que intento distraerme con cualquier cosa cuando salen de casa, un miedo que me come y ahora arde con una fuerza extraña y me eriza y me hace sentir una vitalidad que no tengo.
Solo puedo decirle a Cipriano y a su esposa que me tienen para lo que precisen, que será una sonrisa cuando proceda y un empujón de ánimo cuando se tercie, que los pienso porque me pongo en su lugar y tiemblo como un niño, porque intento indagar en la falta y me dan ganas de desaparecer o de comerme el mundo, que lo han hecho todo bien y deben sobreponerse para seguir apoyando a quienes lo necesitan como lo han hecho hasta ahora [la labor de esta familia con la comunidad saharaui es encomiable]… y que sigan en el tajo con el mismo entusiasmo que hasta el día de hoy, porque cada minuto de vida que le arreglen a alguien que lo necesita será también vida que sumar a la memoria de Amable.
TOCA NINO ROTTA
a mi amigo Cipriano González
Como no sé partir
he de prepararlo todo
para aguantar el tiempo
que me queda:
El geranio agotado
en su argolla
asomándose al mundo
desde el balcón de casa
soñando ser parterre.
La postal de Coímbra
remozando la sala.
El valor en la percha
del armario empotrado
con su funda de plástico.
La pluma Parker
seca
sin tinta ni palabras.
Los hijos
a su suerte.
La decepción doblada
sobre el galán de noche
por si me hiciera falta.
La noche y sus traiciones
pintada de farolas
para que haya penumbra.
El sexo en una mano
tatuando lo que reste.
Como no sé partir
aprenderé a esperar
dando siempre la espalda.
Lo siento muchísimo.
ResponderEliminarLe envío a Cipriano y a su familia un enorme abrazo.
Diego
Me cae bien este Alcalde aunque no le conozca como tu, sobrevivir a los hijos creo que es el trance más duro que nos puede deparar la vida.
ResponderEliminarLo siento de verdad.
ojala nuestos pensamientos de fueza animos y todo eso sirva para que tanta pena como tienen estas familias puedan aliviarse con el dia dia, por que teniendo tres hijos, solo el pensar en semejante situacion....madre mia.que lastima.un beso familias.
ResponderEliminarY la vida sigue
ResponderEliminarsiendo una gran mierda!!!
Qué injusto es todo Luis Felipe, cuanto más entiendo de qué va el juego, menos ganas tengo de mover ficha. Quizás haya que ser un divino hijo de la grandísima p.ta para que el camino sea una balsa de aceite.
Tengo congoja en el pecho.
Un fuerte abrazo para toda la familia y para vosotros, los amigos, a quienes tanto van a necesitar.
Pues eso :(
ResponderEliminarAcabo de llegar del funeral del hijo de Cipri, que me ha dejado sumido en un sentimiento de impotencia absoluta ante la injusticia que representa el zarpazo que acaba de recibir esta familia, buena donde las haya. Desde aquí, mi más sincero pésame para Marisol, Jorge, Susana, Lala, esposa y demás familia. Celestino
ResponderEliminarNo se puede decir apenas nada: las palabras son una limitación, una barrera para expresar la verdad y el aturdimiento. El sábado me saludó Cipri en la Feria de Turismo de Candelario. Sonreía, como suele hacerlo. Hoy tengo un nudo en la garganta. Que dura es la vida algunas veces, qué dura...
ResponderEliminarAbrazos, Guadalupe.