
La verdad es que me sentí alejado del bullicio y la fiesta –no comparto desde hace demasiados años estos fastos de la desmesurada apariencia que se venden en un escaparate de tradición y extraña costumbre–, pero jugué a observar y terminé divirtiéndome en términos de experiencia casi poética.
La novia estaba absolutamente bella, deliciosa, totalmente apetecible [Dámaris es un lujo total en la sonrisa y la mirada, y empuja sin quererlo a la poesía libidinosa más intensa], conformaba en mi cabeza la imagen nítida del Epitalamio de Catulo:
“¿Qué dios es más digno de ser invocado por los amantes amados? ¿A quién, entre los habitantes del cielo, honrarán más los mortales? ¡Oh Himeneo Himen, oh Himen Himeneo!
A ti invoca el padre tembloroso para los suyos, por ti las doncellas desatan los pliegues de su cintura, a ti, con medroso y ávido oído, acecha el nuevo esposo.
Eres tú el que en manos del fogoso joven entregas a la muchacha en flor, arrebatada del regazo de su madre, oh Himeneo Himen, oh Himen Himeneo.
Sin ti no puede lograr, Venus, intimidad alguna que apruebe el honor; puede, si tú lo quieres. ¿Qué dios osaría compararse con el nuestro?...
Y tú, novia, cuando te pida tus favores tu esposo, guárdate de negárselos, no sea que los busque en otro sitio. ¡Io, Himen Himeneo, ¡o! ¡Io, Himen Himeneo! Ahí tienes la casa, cuán poderosa y feliz, de tu marido; permite que esté a tu servicio ¡Io, Himen Himeneo, ¡o! ¡Io, Himen Himeneo!
Hasta el día en que la canosa vejez, moviendo su temblorosa frente, diga siempre sí a todos. ¡Io, Himen Himeneo, ¡o! ¡Io, Himen Himeneo!”.
¿Cuántas veces te tenderá el mundo su alfombra de pétalos, como hoy, Dámaris? Si lo hace, deberás aprovecharlo y tomar en tus manos delicadas la manzana que aroma los lugares donde tu cuerpo ocupe el lugar del aire. Ama y déjate amar con abandono entonces.
Ayer, la caracola agotó sus sonidos en la sonrisa plena de tu padre y el orgullo era el más delicado contrapunto en sus ojos; la concha sobre la que Venus apoyara sus pies hace una eternidad, fue ayer el apoyo mejor para tu madre, que lucía bellísima en su atavío y en su cuerpo; la magia se detuvo sin más en los ojos de tu abuela, que solo tú habitabas como una flor de octubre… todos éramos para ti en esas horas, para mirarte, para saberte feliz y colmada mientras perdías tu mirada en los ojos seguros de Gonzalo…
Entonces presentí que hay algo que nos ha unido siempre, aunque apenas nos veamos por la calle y casi no crucemos palabras, y el tío Mario, sin más, refrendó la presencia de tu abuelo con sus mismas formas y sus mismísimos guiños pícaros… fue entonces cuando desde las mesas se levantaban las voces de los jóvenes con alegres arengas, cuando te levantabas con tus brazos abiertos como para volar entre los mirtos y entre los robles [yo me sentía aislado, a pesar de la hermosa presencia de mis padres y de mi hermana, de toda mi familia agrupada alrededor de la sombra de tu vestido de virgen talámica]. Sí, fue entonces cuando supe que los vínculos prestan seguridad y posibilidad de apoyo, que los ritos más patéticos terminan convocando a una fuerza que empuja hacia donde haga falta…
Te vi hermosa, Dámaris, y me sentí muy bien mirándote.
Me encantó acompañarte, te lo juro.












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No salió el día malo del todo.





Dámaris, qué preciosa y qué nombre más lindo!
ResponderEliminarEl puntito molón de las bodas es la ilusión que llevan en los ojos.
(No les estoy llamando ilusos, eh?!)
Iba a decir aquello de los cuentos de adas: "felices por siempre jamás", pero como me suena raro, me quedo con un sincero "les deseo lo mejor".
(pq gritará la gente: que se besen los ¿"NOVIOS"?)
Tú con tu cámara de fotos: un ave rapaz "made in Béjar".
Dnc
Sin desmerecer absolutamente a nadie de los allí presentes, ni a los ausentes que no me atreví a invitar, fue un lujo haberte tenido, como ocupar por un rato tu consciencia en la crónica que nos acabas de regalar.
ResponderEliminar¡Gracias Pipe!