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Hacer poesía como si hubiera muerto un niño.


Me encanta la forma que tiene Carlos Sahagún de definir la poesía comprometida: “Como si hubiera muerto un niño”.
Hace años andaba yo en rebelión constate [ya no] contra esa poesía poco vitaminada de contenido que tan solo hacía despliegue de expresiones verbales de uso raro y más de una cabriola culturalista con datos jodidos de encontrar hasta en los libros... lo veía todo extremadamente literario y asquerosamente decadente.
Esa búsqueda atontadita de lo bello, y solo de lo bello, me ponía canalla y cabroncito... oye, que veía yo más a esos tipos que se autodenominaban poetas con más ganas de entrar en la historia del Arte que en la historia de la Literatura. Me jodía que no hubiera compromiso en aquella poesía, que no se jugase a decir las verdades del barquero, tan necesarias después de que el postfranquismo empezase a dejarnos abrir un poco la boca. Yo, tontito y jovencín, abogaba en cualquier foro por una decidida apuesta social en la poesía, hasta llegar a escribir un manifiesto saladísimo al que titulé “Poesía inútil” [editado en 1996 por ‘Diarios de Helena’ en Elche, y también por alguna revista literaria de la época... eran años de manifiestos, ya se sabe]. Proponía yo entonces que antes del poema está la vida, que un polvo, antes de escribirlo, hay que echarlo; que había que escribir en el tono del tiempo en que vivíamos, es decir, mal... y me quedé tan pancho.
El tiempo, que a la vista está, por lo menos pone canas, me enseñó que a veces las deserciones son también una gran valentía, que uno debe cambiar y reconocerse en el cambio, que hay diversas poéticas posibles en un mismo poeta y no pasa nada... y me llegó el ardor de la dimensión estética del poema, se me encendió la luz [o la brasa, que quizás sea una mejor definición] de esa línea que tanto denosté durante muchos años, y la vi filón, y la practiqué [la practico] hasta acercarme a veces a posturas minimalistas e incluso hasta la poesía visual.
Con todo, y después de haber indagado durante muchos años en variados caminos [lo que ha dejado en mi producción un cierto tiquitiqui de pastiche... lo mismo por ello no he conseguido las mieles que algunos cercanos saborearon ya], sigo en el convencimiento de que la mejor poesía es la del compromiso, porque es la necesaria, la que se hace como si hubiera muerto un niño.
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Siempre me encantó, por encima de otras muchas historias, el carácter combativo de los poetas que escribieron a partir del decenio del cincuenta del pasado siglo y hasta los años setenta... 
Dan cuenta los estudiosos, siempre llamados a los roles y a las clasificaciones [de eso viven y cobran], de una poesía del desarraigo, de una poesía existencial, de una poesía civil, de una poesía crítica, de una poesía comprometida, de una poesía del realismo crítico, de una poesía práctica... poetas de ese hacer fueron Gabriel Celaya, Gloria Fuertes, Ángel Crespo, Caballero Bonald, Ángel González, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Valente, Carlos Barral, Gil de Biedma [que se encargaría de romper el ritmo de combate con su libro “En favor de Venus”].
Sabiendo, con el paso del tiempo, que muchas de aquellas poéticas combativas llegaban como mucho desde un compromiso de salón [no es el caso de Blas de Otero ni de Gabriel Celaya... ni quizás tampoco el de Ángel González], no dejan de impresionarme desde la óptica de la desvinculación de sus autores con las obras que crearon.
Aquí debo decir que uno de los factores que más me ha interesado de la poesía de combate española ha sido la vinculación ideológica que inexcusablemente contienen esos textos poéticos, pues siempre pensé que un hombre de categoría intelectual tiene que apostar indefectiblemente por una postura ideológica y defenderla.
Muy acertados fueron los objetivos marcados por Leopoldo de Luis en el prólogo de su “Antología de poesía social”:

• Hacer sentir la injusticia de unos hechos a través de los poemas.
• Acompañar al pueblo en la ascensión a nuevas formas de vida.
• Dejar constancia de que la sensibilidad humana del poeta queda más impresionada por el dolor de sus semejantes que por cualquier otro tema.

Así, este grupo de poetas impresionantes indaga en su pasado reciente [un pasado trágico], reflexiona sobre el presente [siempre vinculado con el ideario marxista y haciendo exaltación de la clase obrera] e intenta alumbrar una salida asegurando que la misión del poeta es contribuir a la transformación social.
Encomiable su actitud por donde se mire... el creador comprometido con el hombre.
Pero si su actitud me fascina, y muchos de sus poemas me encienden y me llegan con verdadera fuerza, sí que puedo decir que existe en ellos un abuso enconado de ciertas formas de hacer que, por otra parte, fueron características formales que determinaron nuevas maneras de presentación poética: el renunciar a la rima con auténtico rechazo, el abuso de la reiteración [se entiende su afán por intentar asegurar que el pueblo memorizase sus poemas, que era una forma magnífica de conseguir sus fines]... un auténtico peligro que a veces les hizo rozar el prosaísmo y, otras veces, el fracaso poético fruto de dejarse llevar por los tópicos que reclamaba el lenguaje y el entendimiento del pueblo llano.
Su ventaja mayor, para nuestro beneficio, fue el aportar algunos cambios de mucho interés en el tratamiento del lenguaje poético... lo conversacional, el carácter narrativo, la coloquialidad del vocabulario de la calle, con sus tacos y muletillas... y una consideración urbana de lo poético que ya se había practicado antes en la mejor poesía fuera de nuestras fronteras.
De ellos ha llegado hasta nuestros días un planteamiento poético que ofrece muchas posibilidades, también muchas oportunidades de fracaso [muchísmas] y desde ellos, desde sus poéticas, nos hemos hecho mejor.
Personalmente, me considero deudor de toda aquella poesía de combate, pues crecí con ella, me formé con ella y fui capaz de entender los planteamientos más importantes del humanismo necesario.
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