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La liberación irracional del bufón Yo.



23 de mayo de 2009
A veces me busco en la longitud de un texto... otras veces en el caos distraído de compilar frases sueltas que no tendrían aquél si yo no se lo pongo... todo liberación irracional del personaje Yo, efectos artificiales de un deslector al que le da lo mismo el resultado, siempre que sea resultado.
Abro un volumen, cualquiera, y tomo las riendas irracionales de un juego al que he jugado siempre...
Vigila las bolas negras que contienen los párpados y sé intransigente en la herida, odia sin silencio y mira al muerto lógico que eres... estás ahí, pero no eres ya ni el dilema de ser... bosteza para mi calma, pues el bostezo traduce tranquilidad y huele a presa propicia.
Cuando era niño me metía debajo de las camas o me escondía entre los cortinones de las alcobas... desde allí vigilaba el cristal de lo que no era, lo espiaba todo como quien mira abrir el vientre de la ballena entre los barcos.
Aún sigo siendo el hombre niño con el corazón grande, el que siente la música en la sangre como un grifo, el de los ojos abiertos para buscar sirenas o tardes delicadas y lentísimas... aún el crío aquél que se ponía el dedal de plata en el dedo corazón en las tardes recalentadas de verano, el de los carruseles en septiembre y el de las cerillitas de cabeza blanca.
El verano entero es como una tarde de calor, solo una tarde para la boca seca y luego una merienda con Citrania en la sillita de la cocina, una tarde para enamorarse deprisa de todo... o de aquella chica... también una tarde interminable de lujuria y de siesta... ¡el verano!...
Hay que enamorarse urgentemente y dejar bajo los dedos la sensación de piel tocada y el perfume a chocolate en la boca y cierto ardid de pecado en el arco de las ingles... hay que enamorarse ya mismo, ahora, porque al planeta le da lo mismo, y a todo el sistema solar, y a la galaxia... hay que enamorarse, porque da igual y es mejor deshacerse en el azote de la carne...
Al fin, la vida podría resumirse en tres maletas cerradas con algunas camisas y unas mudas, tres maletas en las que aún queda espacio para los jugos calientes y la saliva, para el rozarse y temblar...
Soy el bufón y digo las verdades netas robadas de los textos de otros cambiando su contexto y su sentido, trocando irracional lo que era un edificio bien pensado y buscando en mi norte un equilibro propio que me incendie. Soy el bufón y me llamo Yo, que es un nombre perfecto para el que solo dice, y todo es mío porque lo tomo sin más y lo desequilibro y lo someto y lo escupo después a cada rostro que se atreva a mirarme.
Cuando estallo, se ensancha el laberinto y voy como desnudo por las calles, que se hacen caracolas imposibles en las que ser y hacerse... el mundo se aparece mutilado a mi alrededor... el mundo y los hombres... todo mutilado como en un hermoso holocausto de seres inservibles.
•••

UNA SODA EN EL HOTELI DEL CHAGGA [recuerdos de África]

Aquella mañana amanecí con una fuerte hemorragia nasal y dejé mi diario lleno de goterones de sangre que hoy le dan una pátina especial y dejan firma.
Salimos temprano hacia Ngoro-ngoro con la idea de entrar en la zona no permitida a los blancos, no en vano Yuma, nuestro guía, era amigo de los guardas del parque nacional y nos dejaron franca la entrada. El camino fue realmente azaroso, pues trazábamos la sabana con el coche sin camino alguno y sin dirección determinada. Llegó un momento en el que avanzar con el coche resultaba imposible, por lo que decidimos seguir nuestro camino a pie hasta un río pequeñito [nuestro primer río de África] y siempre observados entre los matorrales por una nube de masaai que no se dejaron ver en ningún momento, aunque los presentíamos con cierto temor.
Hicimos parada en el río para comer viandas españolas [jamón ibérico y queso manchego curado] y durante el descanso escribí un pequeño poema:

El mar de un día puede
llegar mañana mismo
para alumbrar los campos
del verde necesario.
Una “Mama” descansa
con una choza al fondo.
Su espera es como un sueño
de precipitaciones.
Eyasi no es un mito...
quizás la lluvia a veces.

Después de andar perdido un par de horas –no puedo explicar la angustia que habitaba en mi pecho por sentirme perdido–, encontramos el coche y volvimos a Mangola con la atardecida.
Nos detuvimos en un hoteli regentado por un chagga [es una tribu de comerciantes] y tomamos unas sodas mientras pudimos asistir al espectáculo más curioso que recuerdo de todo mi viaje. El chagga nos quiso cobrar 3.000 chelines por las sodas y discutimos fuertemente con él al sentirnos engañados. El tipo, de pronto, atipló su voz hasta un punto que resultaba absolutamente ridículo, haciéndola parecer la de una mujer o un niño. Aquello significaba que le habíamos amedrentado y que mostraba sumisión. Durante el resto de la estancia en su hoteli, el chagga nos hablaba a nosotros con la voz atiplada y a sus empleados los machacaba con un vozarrón imperativo extraordinario.
Terminamos pagando exactamente lo justo mientras el chagga se deshacía en genuflexiones y sonrisas forzadas.

Comentarios

  1. ¡Heptasílabos! Acojonante. No pretendo pasarme al verso, ¿eh? (porsi).
    Me gusta lo de "deslector".
    Besotes.

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