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Todo sobre mi madre... [recuerdos de África].


20 de mayo de 2009
Acababa de estrenar Pedro Almodóvar “Todo sobre mi madre” justo cuando yo ocupaba mi asiento en el vuelo de la KLM que me llevaría de Ámsterdam a Arusha. No había podido echar ni un jodido pitillo desde que salí de Barajas, ni en las tres horas de espera en el Ámsterdam-Schiphol [al primer intento de incineración de cilindrín en los baños, un guripa con perro hablando en tagalo me sacó a empujones y me apagó el cigarro]... no empezaba bien la cosa... más si sumamos que el ágape de inicio de vuelo me descompuso el vientre y tuve que echar las ocho jodidas horas soportando a un sudafricano albino y gordo que se quedaba roque en mi hombro.
La caída en las pistas de arena del aeropuerto Kilimanjaro fue como un regalo de los dioses... ya atardecía cuando pisamos tierra. Yo estaba destrozado del viaje.
El primer intento de pisar tierra tanzana, saltando desde la zona internacional con las mochilonas cargadas, fue en vano... dos negrones vestidos con uniformes verdes y rojos nos apartaron con cierta cosita ganadera para sacarnos el máximo de gabela [teníamos cara de guiris tontos del culo... y aprovecharon la ocasión]. Entre señas y sonrisas cómplices, les enseñamos unos billetes de dólar y se los quedaron todos a cambio de dejarnos traspasar la puerta tanzana... ya entonces me acordé de mi madre y de lo que les habría dicho. “bonitos... ¿no sería mejor que fueseis buenos?... mirad, tomad estas torrijas que traje para el camino... las he hecho yo...”. La hora larga de viaje desde el aeropuerto de Kilimanjaro hasta Arusha fue sobrecogedora... el tipo que nos llevaba conducía como un energúmeno, pues pasaba a los coches más lentos por donde mejor le parecía y se hizo el camino enterito con la luz larga... ¡su puta madreeee!... y yo acordándome todo el rato de la mía, agarrado al asa lateral del todoterreno, como si me fuera la vida en ello, y apretando los dientes con uno de los mayores acojonos de mi vida.
La primera imagen de Arusha que me quedó en la memoria fue su calidad de paraíso, ya que el chauffer loco bajó su velocidad justo al transitar junto a las primeras casitas de palma que daban entrada a aquella ciudad caos. Respiré hondo y volví a acordarme de mi madre para darle las gracias por haber llegado sano y salvo a la urbe negra... del resto de la noche apenas recuerdo que estuve más de dos horas intentando conectar con España desde el hotel en el que me alojaba y que ya me picaron los primeros mosquitos, pero caí rendido en el camastro presa de un agotamiento indescriptible.
Creo que eran las seis de la madrugada cuando desperté. No sabía dónde estaba hasta que oí el respirar fuerte de Juanito en el camastro de al lado. Fue entonces cuando comencé a entender un poco qué era la madre África. Me asomé al balconcito para respirar y quedé boquiabierto ante la vista impresionante del monte Meru, mientras recordaba que ese volcán de dos cráteres servía de morada a enormes gorilas de espalda plateada... y estaba al lado, como el monte de El Castañar estalla cada día en mis ojos si miro desde alguna de las ventanas de mi casa. Solo faltaba allí mi madre para hacerme un desayuno potente y sonreír como solo ella sabe hacerlo...
Abrir aquel balcón fue estar de pronto en África... toda una ciudad de jacarandás y bugaimbilleas transitada por olores dulzones y fuertes, por hombres y mujeres tranquilos ataviados con colores vivísimos, por niños vestidos de ese azul índigo que es el color perfecto de la infancia africana escolarizada... sonrisas blancas sobre rostros negros... y Julius por todos los rincones.
El hotel era como la caja de ahorros que recordaba de mis años de hucha con presilla antisacado de monedas, con sus muebles patinados, viejos, con sus mucamas y sus camareros de camisa blanca y corbata roja... solo no me gustaba ese jodido toque victoriano en los gestos sumisos de aquel personal... pero así está el mundo.
Y penetré el laberinto de mi diario a la vez que me hundía en ese otro laberinto de calles desaliñadas con un orden imperfecto. Mi sombra fue de un verde brillante durante aquellos días y sé que, según caminaba, deseaba que mis pasos se repitieran una y otra vez sobre el mismo suelo y frente a la misma gente. Todo allí me rozaba, hasta las obsesiones, que se me hicieron inagotables.
Era el comienzo de algo que tenía un final señalado, porque yo no pertenecía a ese mundo, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas.
Mi madre estuvo conmigo allí aunque ella no lo crea... y yo con ella.
•••
Marino González, que es un editor muy vivo, además de un colega estupendo, me llamó esta mañanita para ofrecerme edición de mi novelita nueva... y me ha hecho una ilusión tremenda, aunque debo estudiar el asunto con tranquilidad [no el de la edición, que me encantará editar con Marino, sino el del contenido final de mi texto... debo releer y convencerme]... mil gracias, amigo Marino.

Comentarios

  1. Bonitos... no sería mejor que fueseis buenos?
    jaaaaaaaaaaaaaaaaa, qué linda!

    Me alegro mucho de que tengas editor. Esa novela va a ser un éxito. Tiene que serlo!!, así que venga Sr. Comendador, relea, relea...

    Muacccc
    Dnc

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  2. Pistojo, grandullón, mariconazo, y te lo tenías tan calladito, ¿hay mayor arte que el de hacer reir?
    ¿Me vas a dejar inservible mi disertación reivindicando la prosa? Me da lo mismo, lo pienso terminar un día de éstos.
    Ay qué beso te daba. Pedazo pistojo.

    ResponderEliminar
  3. Pues venga venga, a releer y a convencerse.
    No creas que no me ha gustado la entrada anterior, es que no he tenido tiempo de leerla entera. A ver hoy, que llega viernes.
    Adu: ¿pistojo?
    Besitos

    ResponderEliminar
  4. Quién me mandará a mí preguntar antes de haber leído. Ya me ha resuelto la duda Gabriela la asturiana.

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