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Cada poema que escribo me deja más desnudo.


Como escribió Tadeusz Ròzewicz, “yo me quito la poesía para ver más claro” [la cita encabeza, más completa, un poema muy hermoso de mi amiga Belén Artuñedo]... y yo también. Me quito cada poema como una laja que va dejándome purificado y liso. De cada desprendimiento poético voy aprendiendo algo, pero ese algo queda en mí, mientras que el poema es el pétalo caído, lo que muere y se hace objeto para el desgaste, lo decorativo que se hace sobra...
Así, yo soy mejor en la medida en que me desprendo de mis poemas [mejor para mí, entiéndase], quedándome con el conocimiento que los propició y soltando el lastre de las palabras imperfectas para que rueden solas al soplo de cualquier viento, y se interpreten sin que yo ya tenga nada que ver en su juego de ensalada.
Yo siempre sé lo que me lleva al poema, lo tengo muy claro cada vez que la llama se enciende... luego puedo frustrarlo por incapacidad expresiva o simplemente por mi falta de técnica o de estro... pero la idea cobra fuerza en mí y me sujeta, me hace y me alimenta a pesar del resultado poemático que arroje. Cuando el poema sale y lo doy por acabado, lo dejo caer como una baya madura, y puede pudrirse haciendo suelo –es lo más corriente– o germinar... pero yo sigo siendo el cuerpo del árbol con todas sus potencias, y también con la sabiduría genética del fruto hecho y lanzado.
En fin, que cada poema que escribo me deja más desnudo.
•••
Hay señales que alumbran un disparo, gestos de pita para domar un cuello, canallas de redoma dispuestos al ajuste, cien cuchillos mellados que su óxido contienen la gangrena, un sicario de números jugando a ser Damocles, alguna sumisión y unas panteras dispuestas a atacar al oír el silbido... hay señales que despiertan el miedo cada mañana, cuando abro los ojos... las miro anonadado y decido no verlas por si el minuto próximo fuera el de la salvación... pero noto aquí adentro su empuje de monedas, veo en la claraboya de los ojos su cernirse de deudas, me espanto sin gritar, sin hacer gestos, sin moverme siquiera de este lugar absurdo donde caerán las bombas...
Hay señales como pájaros negros que me dicen, sibilas, que el tiempo va en mi contra... hago que no las veo, intento obviarlas siempre, pero sé que me indican la espiral a lo negro... también hay hombres trágicos que llevan las señales en sus nucas... y otra clase de hombres, que apenas pertenecen a este mundo, que saben que el dinero no es la suerte de los hombres lanzados a la nada.
Si un día de estos no estoy, o no puedo, o no contesto, o no saludo acaso... es que todos los signos se fraguaron en hechos ponderados y en heridas...
No penséis que me afecta en lo sensible esta forma arbitraria de ser nada entre todas las cosas de los hombres que alientan el consumo... me hundiré como ser social, estaré destruido como elemento productivo de esa gleba a la que rindo cada euro, seré un cero a la izquierda de la izquierda al ver de los cajeros automáticos, quizás no tenga ya para tabaco ni para la tortilla de los lunes... pero mi mente, alegre, siempre alegre... vigilante, dispuesta, combativa... alzará aún más su vuelo... y será entonces cuando pueda decir con voz serena cada nombre vulgar y su adjetivo, cada pérfido gesto de los zafios, cada humillada cesión de los vencidos...
No habré muerto, lo sé... pues seré vida en palabras que maten... lo presiento.
Hay señales que alumbran nuevas voces... y han de teñir de rojo las camisas de hilo de quien medra.
Nadie podrá evitarlo.
Tiempo al tiempo.

Comentarios

  1. Rainer M. Rilke también lo supo: Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Y ahora usted, querido amigo, volviendo a esa reflexión. Yo la comparto en ambos, expresada en diferentes maneras.

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