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Día de las letras salmantinas [“Vísperas poéticas”].



Llegué a Helmántica con mi mariangelona guapa –que siempre sabe dar conversación por el camino– y estaba la ciudad un poco maripili con sus lacitos rosas y sus manequins del mismo tono por todos los balcones [nada parecidos al de mi cielo raso]... íbamos a participar en las “Vísperas poéticas” del “Día de las letras salmantinas”, al que estaba invitado por el ayuntamiento salmantino y la Fundación “Salamanca ciudad de cultura”. Mi encargo consistía en leer un poema inédito sobre la noche a los pies de la estatua de Fray Luis de León y otro de un autor que yo escogiese [decidí que leería “Canción para Billie Holiday”, de Pere Gimferrer, un poeta muy de mi gusto en los últimos tiempos].
Quedamos bajo el reloj de la Plaza Mayor con Adri, que se presentó con un excesivo pantalón culobajo [y apretao, que ya es difícil] y nos fuimos a tapear los tres juntitos, y a reírnos, que la pareja Adri/Gelona son de traca.
Como había sido citado en “Las Caballerizas” [la cafetería de Anaya] una hora y media antes del evento, dejé a mis chicos ese tiempito de libertad y me uní al grupo de poetas, que estaba dirigido por Juan Francisco Blanco, que me entregó unos libritos realizados para conmemorar la ocasión [en el que me destrozaron mi poema cambiándole toda su estructura versal... estas cosas pasan] y una insignia de plata con una “L” de estilo inglés que Paco me explicó que era la inicial de la palabra “letras”, pero que a mí me pareció por un momento la inicial del alcalde salmantino... y por otros momentos, cuando la vi en alguna solapa, ese símbolo del “learning” [aprendiendo] que se les pone a los primerizos en su espalda cochera... en fin, un detallito.
Eché unas palabritas con Antoñito Sánchez Zamarreño [siempre entrañable] y otras con José Luis Puerto [un gran tipo]... me presentaron a Aída Acosta y a Emilio Rodríguez [que me regaló un cuadernito suyo –”De noches y naufragios”– y un ejemplar del nº 41 de “Los papeles del martes”]... comimos jamón, queso, tortillita de patatas y bebimos lo que nos apeteció mientras hacíamos tiempo para que la noche nos dejase espacio a la voz.
Salimos de “Las Caballerizas” a eso de las once y cuarto y comenzó a llover... iba a ser mi primer recitado bajo la lluvia.
El en Patio de Escuelas había solo cuatro gatines [la noche y sus furias no daban para mucho más], pero hay que reconocer que el marco era incomparable... allí saludé a Antonio Colinas, que se incorporó al grupo, y comenzó el festejo... un lo de siempre en estos casos, ya se sabe, tipos aburridos leyendo sus cositas [entre los que me incluyo, claro].
Leí bajo un paraguas en el que nos cobijábamos Paco Blanco, Zamarreño y yo mismo, con una mantita de agua cayendo que me gustó un montón y mirando a la fachada batracia de la universidad.
Como ya era tarde, salí huyendo con mis chicos justo después de mi lectura [teníamos que viajar a Béjar, y no era plan de meterse en las dos de la madrugada de la noche salmantina... [pido perdón a mis compañeros de lectura por no haberme quedado a escucharlos, pero había que viajar, dormir y levantarse temprano para ir al curro].
De camino a casa, me reí con las cosas de mi Mari, que es coñona a rabiar y me vino haciendo durante el viaje de vuelta un correlato irónico y divertidísimo del acto.
No lo pasamos mal... y solo el hecho de poder leer en ese marco incomparable mereció la pena del coñazo viajero.






En "Las Caballerizas" me encontré esta foto de la princesita Letizia entrevistando a mi colega Raúl Vacas... un puntazo.




Así me dejan las salidas nocturnas a leer poemas en marcos incomparables...


Con José Luis Puerto y Fernando Días Sanmiguel.


El mamonazo de Adri haciendo coñas sobre la literatura contemporánea.






Tres en un paraguas... y yo leyendo.







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Noté tenso a mi maniquí esta mañana justo al entrar en el estudio. Sabía el condenao que había pasado parte de la noche en Helmántica, y que en estos días con sus noches es una ciudad de maniquíes asomados por todos los rincones. Le calmé enseguida hablándole despacio y con cariño, me senté en mi sillón y me dejé caer hacia atrás para verlo como más me gusta... y parece que empezó a olvidar que aquellos maniquíes tienen piernas y brazos y cabeza mientras yo le explicaba que su valor es esa cosita helenística tan Milo, su afroditismo molón de corcho blanco, su aroma praxitélico... y que no llegó a mí de la mano de Yórgos Kendrotás, sino del querube Urceloco.
También le expliqué que puedo intentarle una mano con la manzana del Juicio de Paris o un brazo sosteniendo una túnica, a la forma figurada de la Venus tan manida y tan carísima.
Se calmó, ya digo, y luego le imaginé con un sostén negro de blonda de Almagro hecho con delicados bolillos de madera... y con unas braguitas mínimas a juego, unas de ésas que tienen una tirillita que penetra con ganas las hermosas rayitas de la carne... qué rico mi maniquí de esta guisa, vestido y casi sin vestir [he prometido pillarle un conjuntito el primer día que cuente con unos ahorrillos, un conjunto molón y trempadero]. No me miró, porque no tiene ojos aún, pero presentí que lo andaba intentando... y la mirada era como de quererme comer... y recordé unos versos de mi chiquitilla Belencita Artuñedo...

Me paro,
algo que consigo hacer muy pocas veces,
para acercarme a ti teniéndote presente,
queriendo que lo sepas, que estoy,
que me has tenido,
que puedes pedirme (ojalá lo hicieras),
que puedes expulsarme del tiempo que te queda,
de tu cuerpo cambiando que no quiero extrañar.

Y eso es lo que sabemos:
el peso de nuestros ojos sobre el tiempo
que a unos desahucia y a otros preserva...

...quererte así de verdad, por una vez, hasta el final:
dejarte en paz
en tu cuerpo al que no me abracé
y desaparecer.

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