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Hay muertes que duelen más, aunque son lo mismo.


Entre el dolor cabrón y risero de mi lumbalgia, o mi pinzamiento, o mi ciática... que duele igual se llame como se llame... recibí llamada angustiada desde casa con la triste noticia de que había fallecido la hermana de mi amiga Elenita, la esposa de Gerardo. Debía tener unos cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años y siempre fue una belleza de las de verdad, una criatura como nacida para ser contemplada. Pillé el coche como pude –lo de montar en el auto lo tengo muy complicado por la cantidad de retorcimientos que tengo que ensayar hasta que encuentro el puntito de subir– y me fui hasta la iglesia de Montemario, donde se celebraban unas exequias rápidas y casi anónimas. Allí pude ver a mis amigos destrozados por la tragedia y no supe más que besarlos y abrazarlos con fuerza para que supieran de mi apoyo incondicional y de mi enorme sentimiento de tristeza.
Volví a casa tristísimo y bastante dolorido, y no se me ocurrió otra cosa que tumbarme un ratito en el sofá... ¡vaya idea más cabrona!, que tardé más de media hora en poder levantarme desde que acometí tal tarea... así que decidí cuidarme –solo lo decido cuando me veo jodido de verdad o, como es el caso, cuando al día siguiente tengo trabajo físico y mi entendimiento grosero me indica que no podré desarrollarlo si no hago algo al respecto– y tomé las medidas pertinentes para pillar un proceso positivo que me permita los movimientos comunes.
La verdad es que en el fondo me jode un puntito tomar medicinas [entre otras cosas porque no respeto nada a la profesión médica no especializada –ya lo sé, soy un cabezón, pero soy así–, que me pasé seis años de mi vida conviviendo con estudiantes de Medicina que hoy son médicos conocidos, y la experiencia me dicta que a veces es mejor pasar los dolorcillos a solas y apretando el culete que pasar por su repaso al vademecum –asunto que puedo hacer yo por mi cuentita–]...
Dormí fatal, con el temor de cada una de las punzadas que habrían de llegar al más leve movimiento, y me desperté hecho unos zorros [casi tres cuartos de hora tardé en alejarme de la cama]. la ducha fue un martirio delicioso y no cuento nada de cómo logré vestirme. Y me vine al curro –que nunca he faltado al curro por enfermedad–, y aquí estoy, entre ayes y tacos gordísimos.
¡Vaya Mierda!
•••
Y busco los poemas de Blanca Varela, una poetisa muy de mi gusto, sobre todo cuando pilla el mismo tono que mi Belencita [a veces las confundo cuando las leo].
Dejo aquí uno de los poemas que mejor se adapta hoy a mi cuerpo:

Curriculum vitae

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

Comentarios

  1. La última vez que hablé con Gerardo me habló de ello. Hay que vivir al día, a tope y no dejarse caer en la murria.
    No me avergüenzo nada de pedir ayuda cuando la necesito. No soy autosuficiente. Tomo medicinas. Voy a una fisioterapeuta (uno de los últimos "lujos" de los que prescindiría). Me duele la espalda a menudo, a veces lo digo pero la mayoría me callo.
    Mimoso, sí, mucho.

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  2. Sigo pensando en la terapia de las letras. No sé qué oscura (será oscura) razón escribir ahuyenta el dolor o lo convierte en algo domesticable o en algo íntimo, sobrellevable. Mueren siempre los demás y aquí andamos levantando júbilos para sobrellevar el peso de toda esa infamia que es no poder tener a los nuestros nunca más o ver cómo nuestros amigos, los de verdad, pierden a los suyos. Lo de tu convalecencia, llamémosla así, estoy seguro que se puede curar (es un decir, otro más) leyendo poesía. El dolor lo es menos o incluso puede llegar la extraordinaria circunstancia física en la que el lector, bien metido en asunto, desconecta completamente de su chasis y, a lo místico, en modo sublime, cercado por yo que sé que suerte de fascinación cósmica, contempla la realidad desde la privilegiada atalaya de la poesía, a la que vuelvo cada día más. De hecho he sacado de la Biblioteca, no era esto el asunto de este comentario, El amante discreto de Lauren Bacall (Visor) y El gato... (DVD) que tu amigo Cantizani ha tenido la amabilidad de colocar en los anaqueles de la Biblioteca de mi sacrosanto (mariano) pueblo. Escribir y ver temblar "la mano como táñida por un ángel terrible". Ese ángel es la muerte. Escribimos para ahuyentarla, insisto. Para cercar la realidad, aprisionándola. Escribir, my friend. Los dolores a ver si merman. Leyendo. Escribiendo. Perdona la extensión.

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  3. Pues si te digo que llevan tres meses detrás de mí para ponerme unas inyecciones... -y conste que no es por miedo-
    Y que siento lo de vuestra amiga, jo. Un besito y mucha fuerza, que vaya días llevas cachi en diez!

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