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Aquella obsesión.


Durante un tiempo tuve gran obsesión por un rifle de juguete con las cachas rojas y una bolita de cargador manual que se exponía en el escaparate de la ferretería de Fraile, y mis padres me lo compararon cuando fui operado de anginas y vegetaciones, todo a pesar de que mis padres nunca quisieron comprarme juguetes violentos, pero me puse pesadito con el jodido rifle, y como me habían hecho mucho daño en la operación, pues accedieron. El rifle lanzaba tapones por un rudimentario sistema de muelles, y lo hacía con fuerza. Mi problema llegó cuando me di cuenta de que sentía un miedo brutal a utilizar aquel arma de juguete, así que nunca lo saqué de casa y solo lo disparé tres o cuatro veces en el cuarto de estar de nuestra antigua casa de La Puerta de Ávila. Creo que estuve una semana con el rifle en mis manos, sin apenas usarlo, y luego lo escondí en el desván para no volver a saber jamás de él.
Desde entonces me han dado mucho miedo las armas, las blancas como las de otros colores… tanto, que llegado al servicio militar, en el campamento de Obejo, en Córdoba, me sometieron a una sesión de tiro con Cetme y cerré los ojos mientras disparaba, pero con la picardía de que al ir a comprobar a la diana, clavé mi bolígrafo en ella apresuradamente antes de que el Teniente de turno pasase a revisar los aciertos. Cuando llegó a mi diana, me preguntó el nombre y le dijo a su ayudante de campo: “apunta a este recluta para el curso de tiradores de élite, que tiene un ‘agrupamiento’ perfecto” [yo había clavado mi boli en la misma zona de la diana, hacia abajo del 10, pero todos los agujeritos juntos]. Así me libré de las horas de ensayo del “Ardor guerrero vibra en nuestras voces” durante unos días. Me enseñaron a montar y desmontar una pistola que se llamaba “Star” y a hacer lo mismo con un subfusil al que todos llamaban “Z”. Cuando aprendí a armar y desarmar casi con los ojos cerrados los dos aparatos bélicos, llegó la hora de ir al campo de tiro para probar… mi primera puesta en escena fue realmente tragicómica, pues me ordenaron disparar con el subfusil colgado en bandolera sobre el hombro, y hacerlo en ráfagas de cinco tiros cada una sobre una diana con forma de cuerpo humano que estaba debajo de un enorme barranco que hacía de paredón. Yo, como era de rigor, me colgué el arma sobre el hombro, como me habían enseñado, cerré los ojos y apreté el disparador con el resultado de que disparé el cargador entero de la primera ráfaga, y el arma fue haciendo un arco hacia arriba, de tal forma que las últimas balas las disparé al cielo… me mandaron repetir la operación e hice lo mismo, pero con la incosciente peculiaridad de que me giré para hablar con mi Teniente mientras le apuntaba con el arma, así que me dieron una hostia bien dada en la cabeza, me arrestaron y me prohibieron llevar armas hasta el justo día de la jura de bandera.
Bien, pues algo sucedió, porque en mi historial no quedó escrito que yo tuviera aquella extraña y peligrosa pericia con el armamento, pero sí que estaba propuesto para el curso de tiradores de élite, y me destinaron al Gobierno Militar de Badajoz como Policía Militar [debió pesar mi estatura para ponerme en esa sección de tropa, y también aquella anotación de buen tirador]. Ya en Badajoz, revisaron mi cartilla militar y me destinaron a hacer de escolta con altos mandos militares. Mi primer destino fue acompañar en un Jeep a un General que iba a visitar todas las instalaciones militares de Badajoz. Éramos el conductor, el General [que iban en los asientos delanteros] y dos escoltas, entre los que me encontraba yo, que íbamos en los asientos traseros con un subfusil cargado en nuestras manos. La norma decía que las armas debían llevar puesto el seguro y que debía apuntarse hacia el techo del auto mientras se mantenían bien sujetas con las dos manos. Arrancó el coche, salimos del Gobierno Militar de Badajoz y, en el primer cruce, el General se giró, me miró y pidió a voces al conductor que se detuviera… mi arma cargada iba apuntándole justo a la nuca y no llevaba puesto el seguro. Me quitó el arma, me hizo bajar del Jeep y me ordenó que volviese caminando a mi cuartel y le dijese a mi jefe directo de su parte que me arrestase un mes y que escribiera en mi historial que no podría volver a tener un arma en mis manos.
Aquello fue estupendo, porque me mandaron a oficinas y me habilitaron como Cabo Primero para que pudiera hacer operaciones bancarias [se necesitaba ser clase de tropa para ir a ingresar o sacar dinero de las cuentas del Gobierno Militar] o para ir a hacer compras de material de oficina y a efectuar los pagos de esas compras, así que me encontré sin armas, con un puesto privilegiado, sin hacer guardias, siendo Cabo Primero a los pocos días y sin pasar por el necesario escalafón con sus cursos y sus exámenes [que era a lo máximo que podía llegar un soldado de remplazo] y, para más regodeo, mi jefe directo, un Teniente, me dejaba firmados los permisos de fin de semana en blanco para que yo pusiera los nombres que me apetecieran en ellos [era un tipo con el que me llevaba de maravilla, pues se escaqueaba para ir a ver a su novia embarazada a Cáceres y yo le cubría sus faltas ante quien preguntase por él cuando no estaba].
Historias bélicas...

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