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Chiripitifláuticos.


Hoy estoy cansado, pero no sé de qué, cansado y abúlico, sin ganas de hacer y sin ganas de mover el cuerpo por los lugares comunes… en fin.
Puso Ibsen en boca del director de la casa de locos de Peer Gynt: “La razón absoluta ha muerto. ¡Viva el hombre!”… y yo soy existencialista sobre todas las cosas porque me siento concreto e individual, y siempre en tensión con los asuntos universales; porque existo como individuo y puedo dar fe de ello, porque no me siento acabado y peleo cada pregunta nueva, porque cada día me asomo a su posibilidad y nado en ella, porque tengo la potestad de elegir y elijo, porque me siento responsable de mi existencia y sé que se acabará un día, porque me ando edificando una ética a la que ser fiel, porque soy consciente de que acabaré sin estar terminado, porque siento pasión cada día por algo o por alguien y porque he aprendido a fracasar tranquilamente, porque necesito hacer sin trascender –ya que comprendí hace años que soy, como bien dijo Sartre, un ser para la nada–, porque creo en mí mismo sobre todas las cosas y sé que Dios es un jodido invento del hombre para sojuzgar al hombre, porque sé que hay una libertad pendiente y hay que buscarla, porque soy hombre y basta, porque me siento profundamente subjetivo, porque busco verdades que sean verdaderas para mí –S.K.–, porque odio los modelos universales aceptados y me enfrento a ellos por la razón, porque no entiendo la moral impuesta por los grupos humanos y suelo contestarla, porque me comprometo con situaciones humanas y me implico en ellas buscando la verdad –nunca la encuentro–, porque no creo en la ‘alta razón’ de los que solo piensan sentados en sus sillas, porque huyo de todo lo sistematizado y busco constantemente en el campo heterodoxo, porque sé que mi vida no tiene más sentido que el que yo me trabaje, porque –aunque no puedo hacer nada– me siento responsable de todo lo que sucede en el mundo de los hombres, porque he aprendido que los valores no permanecen y porque recelo de los demás hombres y de sus intenciones tanto como de mí mismo y de mis intenciones.
Y en mi existencialismo me siento individuo y crezco o me quedo mermado, conozco y sé también que no conozco –y me importa–, respeto al otro hasta cierto punto y también me rebelo con frecuencia para mi mejor estado físico y mental.
Y mientras ando escribiendo esto, llega a visitarme un tipo que es como un tiburón grande con sus rémoras y sus pececillos limpiadores, un tiburón que anda como en medio trámite de quedarse varado o de seguir nadando –cosas de la ecología marítima social–… y que me entra la risilla sin más, porque al verle con toda su troupe, me acuerdo de aquellos Chiripitifláuticos de cuando era niño a la hora de la merienda, justo al salir del cole… el tiburón es una suerte de Capitán Tan mezclado con los hermanos Malasombra [aquellos que cantaban lo de “somos malos, malasombra, somos malos de verdad; somos como una espina que solo sabe pinchar, y más malos que la quina… pumba, pumba, pumba”]… y junto a él, la pandillita de locomotoros y tioaquiles, de payasos poquitos y de filettos capocómicos, todos malos y buenos a la vez, todos atentos al gran Leocadius Augustus Tremebundus dispuesto a decir desde su calidad de muñeco todas las verdades del barquero [pero el leoncito de trapo se quedó mudo hace ya demasiados años]… ver a esta troupe me desestabiliza y demasiadas veces me cabrea, con su instinto de supervivencia hecho del “sí bwana” y del “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”… pero hoy me han parecido divertidos en su actuación… y me he reído para adentro y casi para afuera. Lo peor es que todo lo ven en clave de una verdad absurda que es parte de la gran mentira del mundo y del hombre.

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