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C'est tout.


Respondiendo a una pregunta complicada que Reyes me hizo ayer, cuando vino a recoger los materiales para vender en el mercadillo solidario de Beleña... no, mi vida no es una ingeniosa y fantástica construcción mental... lo tengo demasiado claro, pues es mi vida... y, sí, elucubro constantemente y trabajo mucho en el campo de la contradicción, pero siempre en base a mi experiencia propia y diaria. Lo que sucede es que me he adaptado a un sistema propio que me funciona [cuando digo que me funciona, estoy diciendo que me da satisfacción]... así, vivo sin renunciar a lo específicamente humano, sin estar ni sentirme segregado del mundo, pero cuidando un espacio individual diario en el que intento crecer interpretándome e interpretando el mundo... es decir, soy un hombre normal e intento comportarme como tal, aunque debo precisar que intento estar siempre alerta a lo que sucede en mi campo periférico sensible de hombre normal para llevar lo que me interese a esa historia de soledad en la que intento dar rienda suelta a lo fantástico.
Podría decirse que durante veinte horas diarias piso el suelo y que me guardo cuatro horas para hacer acrobacias en mi estudio pequeño y asfixiante, lo que arroja una diferencia grande de tiempo entre el viejo F normal y el viejo F equilibrista.
Sé que el crecimiento espiritual encuentra su material de trabajo en las figuras, los modos y los cambios del mundo externo [no me gusta llamarlo mundo real, porque no lo es]... y también sé que, trabajando en soledad con los problemas que me plantea ese mundo externo, puedo llegar a obtener mi expresión propia sobre el hombre, una expresión que a mí me enriquece y que propicia que cristalice en mí un magnífico sistema de huida del tedio y el fracaso que no sé si en algún momento puede tener una lectura del otro o hacia el otro.
Así, igual que el hombre genérico en su medio, me muevo por instinto, por sentimientos, por relación, por la asunción de representaciones [hasta aquí mi movimiento en lo que he llamado el mundo externo], pero en mis cuatro horas mágicas, lo hago sin ‘finalidad’, ese término extraordinario que construye y destruye al hombre en el mundo externo... yo no quiero conseguir nada físico en mis cuatro horas individuales, o por lo menos nada en relación con el mundo externo del hombre [es un poco difícil de explicar, pero creo que es fácil de entender]... en mi tiempo personal solo busco crecimiento interior [aunque la mayoría de las veces me topo con mis ruinas, y no es feo].
En ese tiempo, mi única pasión consiste en ‘comprender’ trabajando sin medida [física o mental] y en completa libertad... cuando llegan mis horas, cambia mi chip espiritual como si presionase un interruptor... el tipo que guarda las formas, el que baja la mirada porque no ha aprendido a mantenerla, el tímido, el incapaz de un acto fuera de las normas sociales, el atrapado por el sistema económico hasta no poder respirar... se convierte en un asaltante de caminos capaz de todo [y esa sensación es magnífica y absolutamente recomendable]... y crece la libertad extendiéndose a las palabras y a los trazos, y las ideas fluyen y van tomando asiento en los papeles, y lo hacen sin norte y sin prejuicios... se podría decir que en esas horas tomo una ‘actitud espiritual’ en la que la curiosidad y la desinhibición toman mis articulaciones, mis manos, mis ojos y me tornan capaz de una expresión sin fronteras de moral... incluso creo que sin fronteras lógicas.
De todo ello obtengo satisfacción, que a veces llega unida a cierta claridad de conceptos que resultaría impensable en mi opción de hombre del mundo externo. Lo único que sé con certeza es que me siento muy bien en mi sistema, que gracias a él se produce un fluir de la tensión que logra que no estalle en episodios de locura o de negra depresión.
¿Qué consigo de forma tangible en este plano individual? Nada, porque no quiero conseguir nada, ya que entiendo que cualquier consecución tangible [vamos a llamarla mejor ‘aprovechada’] me cerraría las puertas de ese tiempo que es en sí mismo mi tesoro... no puede mezclarse el mercantilismo, el afán de éxito, la preposición de utilidad con ese tiempo creativo y desatado, pues me llevaría a la autodestrucción.
En resumen, mi tiempo interior es una magnífica puerta de huida que me ayuda a seguir soportando el tedio de mis días como hombre gris y adocenado [una situación de la que tengo claro que no podré salir nunca, pues las sogas que me atan están tan bien anudadas, que cada intento de desatar un nudo hace que los demás nudos se aprieten y me asfixien... y así estoy bien, me siento bien, por lo menos, cuatro horas al día.
C’est tout.

* ebo anotar, para que esta entrada no se saque de contexto, que en todo momento me refiero a mi espacio creativo y no a otra cosa].

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