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'Yo no me puedo quejar', me dijo...


Yo no me puedo quejar’, me dijo, ‘no me debo quejar’, y no sé si rectificaba o sumaba el ‘puedo’ al ‘debo’... ‘y me da pudor ponerme al lado de los indignados cuando en un par de días salgo hacia la playa para largo y acabo de cobrar una extraordinaria golosota’... y yo le dije que no es cuestión de cobrar más o menos, que eso es circunstancial, y le expliqué que la cosa va por la cuarta o quinta cuenta del collar y que él está ubicado en la cuenta número diecinueve... y que ahí también va a llegar el ahogo, porque roto el nudo que lo hace circunferencia -que lo hace collar-, da absolutamente igual el lugar que ocupe cada cuenta, todas se deslizan y caen sin remedio... y le quise explicar que ahora tiene la oportunidad de ponerse del lado de la ilusión... ‘¿no ves que no puedo, amigo?, tengo un estatu que no me lo permite... ¿pero cómo me voy a quejar yo, con mi suerte?’... y le expliqué que eso no tiene nada que ver, que su postura debe ser la de la solidaridad, la de estar en el camino junto a quienes caminan... ‘he visto a demasiados necios arrimarse a esa gente, poniendo la mirada falsa de quien está a tu lado sin estar... he visto a muchos dando lecciones durante estos días para luego volver corriendo a su casa grande, a su sueldo enorme y fijo y, sobre todo, a su egocentrismo enmascarado de palabras... yo no sé hacer eso, amigo, ¿me entiendes?’... pues claro que te entiendo, pero quiero que comprendas que el hombre, cada uno de los hombres, necesita también tu apoyo, sentirte a su lado, aunque tú aún no padezcas ese mal de casi todos...
Luego me preguntó por mis cosas, por mi vida, por mi trabajo... y le conté que lo único que me salva es el proyecto solidario pequeñito en el que estoy empeñado... conseguir carritos polleros para familias necesitadas del Perú, hacer entender a un par de familias de allí que tienen hijos con problemas físicos que admiten mejora por cirugía, que acepten el apoyo e inicien el camino de un tiempo mejor; organizar la ayuda a Senegal –que ya tiene algunos mimbres magníficos para que todo empiece a fluir–, dejarme la piel en los mercadillos, con las ediciones solidarias y con la gestión de todo, que cada vez se me va haciendo más compleja... y me contestó... ‘no son tiempos para la solidaridad, amigo’... y le dije que, muy al contrario de lo que él pensaba, estos son los tiempos más hermosos para ser solidarios y cooperativos.
Luego hablamos de los hijos, del fin de curso, de los próximos destinos en el tiempo y hasta de la hermosa posibilidad de vernos en agosto.
Y me despedí de José Luis, no sin antes prometerle que le llenaría su correo de mítines políticos, sociales y humanitarios.
Me dio uno de sus grandes abrazos telefónicos... y me quedé algo triste por no sentir en mi amigo esa pujanza urgente de lo que es verdaderamente necesario entre los hombres (o, por lo menos, de lo que yo considero verdaderamente necesario).
Sin lucha, se cierran todos los caminos pronto o tarde... todos.

Te quiero de verdad, amigo.

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