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Condenado a ser libre

A mis veinte años, después de leer a Sartre sin entenderle demasiado, comprendí que la idea sarteana de que el hombre está condenado a ser libre era un magnífico punto de partida para enfrentarme al mundo. Así entendí mi condena como un ir desentendiéndome de los lazos sociales, de las diversas morales (las pacatas y las libertinas) impuestas a lo largo de los años, de las gabelas arbitrarias del poder en cada tranco político, de los absurdos religiosos, de los normalismos expresivos... En ese tono fracasé mil veces por ir a la contra, pero siempre empecinado en mi condena de libertad, siempre empeñado en el decir a mi bola, en hacer lo que me salía de las entrañas y en intentar ser ese otro de mí que no tenía nada que ver con el hombre anodino que se había diseñado para mí y para todos los jóvenes de mi generación. Y puedo jurar que en ocasiones llegué a ese estado de libertad, no sin sufrir golpes, agravios, insultos, puñaladas traperas... y no sin ser envidiado a veces por amigos y conocidos, que también es una carga, una jodida carga.
A mis casi sesenta tacos, aún ando empeñado en aquella miel, y, aunque adaptado por purita necesidad alimenticia, aún hago mis pinitos de condenado a ser libre. No me doblego ante el poder cercano o lejano, me la sudan las instituciones recaudatorias y su complejidad socioeconómica, escribo como me sale de la punta del capullo y hasta enfrento ideologías en una verdadera vorágine que me hace un ser de todo y de nada a la vez. Al día de hoy me fascina la muerte como resumen, me embebe la ayuda al otro como paso, me flipa el experimento literario y el artístico, me encanta jugar a crear y a destruir (a veces quemo mis escritos y mis cuadros para deleite absolutamente personal). Y tengo la certeza de que no soy nada, pero soy una nada bastante mejor aprovechada que otras nadas.
Lo único que me jodería de verdad es pasar de esta preciosa condena sartreana a ser libre a esa otra jodida posibilidad de una condena a ser libro.

Y eso.

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