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Peruvian Rhapsody II

Llegar del jodido Norte con el gesto torcido y la cabeza nublada por las deudas absurdas con los ladrones de todo. Llegar del jodido Norte con la sensación de ser fracaso, de no haber sabido responder a ese ansia competitiva del primer mundo, de haber sido vencido por las cosas y las tercas monedas. Llegar del jodido Norte medio hundido, pero con zapatos de suela y cuero suave, con pantalones nuevos y calcetines de hilo, con camisas de algodón fino y unos dólares en el bolsillo. Llegar del jodido Norte con tres plumas molonas y un tintero, con unas gafas Ray-Ban genuine since 1937 y un Zippo exclusivísimo… Llegar pensando en que cada uno de mis problemas son lo más y relajar de pronto porque F. me sonríe mientras me entero de que su mamá le amarra y le golpea cuando entra en cólera (el niño tiene hinchadita la nariz, quizás roto su tabique nasal, y los ojos medio cerraditos por el efecto de los golpes, y marcas duras en sus brazos delgaditos), pero F. sonríe mientras me mira a los ojos y me dice “le extrañamos, Gringo Lucho”… O enfrentarme a R., de siete añitos, dejado de la mano de Dios y mantenido milagrosamente por los vecinos. Sus ojos no fijan, se mueven con temor de un lado a otro, como intentando defenderse del próximo golpe. No sabe sonreír, pero se queda quieto frente a mí, como un muñeco sucio y deshauciado, como expuesto justo para mi vergüenza, para toda mi vergüenza. Solo se aparta cuando una señora lo retira… “No sabe hablar, pero es buen niño, gringo, con una esquinita le basta”… Y yo me avergüenzo hasta las lágrimas de pensar que mis ‘problemas’ son ‘problemas’, cuando un solo minuto mío será capaz de arreglarles sus vidas. Llegar del jodido Norte para aprender que el ‘hombre’ es otra cosa que esta miseria de números de quienes lo tenemos todo, de quienes les robamos todo, de quienes les negamos todo.
Me siento en deuda con cada uno de estos niños, culpable por lo que son y por lo que les está negado, hundido porque sé que no voy a ser capaz de mover ni un solo milímetro de sus duros destinos.
Y volver al jodido Norte para contarlo desde un Mac que por sí solo arreglaría un año entero de comida y escuela de uno de estos niños. 
Somos lo peor y debemos empezar a saberlo.

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