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Peruvian Rhapsody III


Mirar el cementerio de Mampuesto desde lo alto de Florencia de Mora es como asistir al capítulo más tremendo e increíble del realismo mágico latinoamericano. Tuve el privilegio y la suerte de visitarlo acompañado y protegido por un conocido habitante de la zona (el lugar no es accesible para un gringo, ya que reina el pillaje en toda la zona y el peligro se siente nítidamente en la nuca). El lugar es inmenso y desde lo alto se aprecia con nitidez lo que fue (y será) el curso del huayco (riada). Una gran capa de arena limosa lo cubre todo y tan solo algunas cruces y algunas tumbas enseñan con dificultad sus cúspides emergiendo de la arena. Se podían divisar algunas familias paradas alrededor de lo que un día fue el lugar de descanso de algún cercano, congregadas en actitud de oración. Enseguida pude darme cuenta de la magnitud del desastre (solo hay que abrir los ojos y mirar) y le pregunté a mi guía sobre algunas cuestiones que me llamaban la atención, a las que me contestó diligente y con claridad meridiana:

– No nos quieren, gringo, y es por ello que no ponen dificultades para que permanezcamos en Mampuesto. Saben que aquí corremos peligro y y nos dejan. Solo tienen que esperar al próximo huayco. ¿Ve aquellas líneas hechas con piedritas? Si se fija bien, toda la superficie está llena de esas líneas. Se están haciendo lotes de terrenito sobre las tumbas y se adjudican a cambio de unos soles a quienes no tienen su ranchito. ¿Ve cómo en algunos lotes ya se están levantando ranchitos nuevos con plásticos? Es gente que va a vivir sobre sus muertos porque no le queda otra, que van a construir su ranchito justo donde volverá a devorarlo la ferocidad del agua en unos meses o, como mucho, en un par de años. Si tienen suerte, volverán a perderlo todo menos la vida; y si no tienen suerte… Ya le digo, gringo, que no nos quieren y esta es la mejor forma de deshacerse de nosotros.

Macondo no se me quitaba de la cabeza, aquellos hombres que se volvieron verdes después de tres años continuos de lluvias. Mampuesto era un Macondo de verdad, un Macondo terrible y asombroso.

– Nadie vino a preguntar nunca a los vecinitos si habían perdido familiares y enseres, ni siquiera para prometer algo que no cumplirían durante las distintas campañas electorales, como se hace en Trujillo ciudad. Y vino su Santidad Francisco y lo llevaron a Huanchaco, donde surfean pitucos y extranjeros. Allí gastaron sus buenos soles en asfalto y espacios para los visitantes, lucieron fachadas para el paso del coche papal, pero solo las fachadas que daban a la pista, y su Santidad vino y se fue dejando un mensaje de esperanza, pero yo me digo, gringuito, ¿esperanza para quién?, porque para nosotros no hay esperanza, ni siquiera caridad.

Volví abrumado de mi visita a Mampuesto no sin antes darle un abrazo sentido a mi guía y protector. No podía darle mucho más.


















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