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Federico Garcia Lorca


Otro año más. Ya. Pasó.
Nos invitaron a comer mis padres en su casa y fuimos los cinco con hambre y ganas de estar juntos. Paella de mamá –que es una pasada–, Chuletillas de cordero, salmón, flanes caseros y tarta de chocolate blanco. Me encantó la reunión y que me llamara mi hermana durante la comida.
Mientras se retiraban los platos de la mesa me preguntó mi padre delante de mi madre: «¿Hijo, cómo la ves?». Yo le contesté que guapa de morirse. Y mi padre: «Es que yo se lo digo y se ríe de mí, no me deja decirle esas cosas y se anda quejando todo el día de que está mayor... que se compare con esas amigas que tiene, que se compare...». Y mi madre: «Calla ya, que estás tonto. Si no hay más que verme...». Me encanta verlos así, discutiendo entre sonrisas por amor.
Y es que papá las ha pasado putas con la enfermedad de mamá. Emocionalmente lo ha llevado mucho peor él que ella, pues se ha visto solo en situaciones realmente jodidas, y su carácter y su sensibilidad sufren enormemente con estas cosas. Y ahora que la ve rebosante de alegría, con la salud recuperada, se vuelve todo mohínes y tiene constantes detalles con ella –mi padre, que nunca fue un hombre de detalles–, y yo creo que mamá está entre perpleja y feliz, y juega con él entre el gusto y el disgusto... En fin, encantadores, unos cielos, hermosos de verdad.

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