
Recuerdo hoy el fabuloso discurso sobre la desigualdad de Rousseau, y lo recuerdo porque cada día se me hace más presente, consciente y ominosa esa sinrazón si la pongo en valor junto a mi propia vida y experiencia. Hablaba el hijo del relojero –era suizo el periquito– de dos tipos de desigualdades, la natural y la moral.
A la primera, la natural, la dotaba de cierto carácter de inexorabilidad, pues viene dada por ese azar inexcrutable de la genética, conformándose así desigualdades de edad, de sexo, de capacidad reflexiva, de fuerza corporal... y a la segunda, la desigualdad moral, la llenaba de otro azar más humano, el de la convención entre los hombres... así se pueden valorar desigualdades entre ricos y pobres, poderosos y vasallos, amos y esclavos, jefes y obreros... Y esa/esta desigualdad moral pronunciada por Pousseau es la que me interesa vivamente, en sí misma, en su conformación y en sus consecuencias. Quizás el hijo del relojero alumbraba con esto un bravo sentimiento socialista que le adelantaba peligrosamente a su tiempo, sobre todo cuando ponía en valor si las capacidades de cada uno de los lados de la balanza estaban en sintonía con el poder asestado y con el poder recibido (sufrido).
Al día de hoy, aún, nada se ha aclarado, aunque sí se puede afirmar que el tema de la desigualdad sale más a debate, lo que propicia que se alumbren luchas puntuales y destinadas al fracaso –probablemente estas luchas sean propiciadas por el poder capitalista en base a esa teoría de que un pequeño fuego controlado evita siempre uno mayor–, pues cada día somos más desiguales gracias a la alimentación y retroalimentación de un sistema capitalista que se ha enquistado con una fuerza brutal y que cada día persevera en asegurarse más y más años como soporte medular del mundo humano.
El proceso es absolutamente sencillo, pues consiste en que las masas con potencialidad de rebelión tengan justamente cubiertas sus necesidades más accesorias como para no levantar la voz y dejarse alienar hasta adormecerse en un mar de pequeñas y absurdas posesiones que crean una espiral de vacío llamada consumo y tan bien diseñada que obliga a entrar en ella hasta al más rebelde, llevándole a utilizar dichos bienes en su lucha y, por lo tanto, entrando en una constante y destructora contradicción.
(21:18 horas) La contradicción es un espacio de belleza si se es consciente de la carga de humanidad que contiene. Lo peor es que la mayoría de las veces no aceptamos ante los demás nuestras contras contradicciones y acaban devorándonos y ahogándonos en un mar de absurdas mentiras.
Sí, yo soy contradictorio, profundamente contradictorio –lo he repetido una y mil veces–, pero me regodeo en mis contradicciones y las grito al aire: Siempre he apostado por una sociedad de iguales y me alimento de la diferencia, consumo marcas, bebo mejunjes americanos y procuro tener lo último de lo último en nuevas tecnologías... Juré por mi abuelo Felipe que haría la revolución y me he quedado en pequeño empresario comido por las deudas... Grito «nada» y busco más y más y más... Reniego de las religiones y llevo a mis críos a un colegio católico... En fin, un mierda perfecto para conformar un mediocre personaje de Graham Green, un tipo acomodado con pinta de rupturista, un don nadie con ínfulas de poeta que sonríe mientras piensa «que os den por el culo». Y va a ser cuestión de no pensar directa y definitivamente o de decir todo lo que pienso... empezar por gritar que la monarquía es un insulto para la salud y las buenas costumbres de los ciudadanos, seguir por el infierno espiritual que ha hecho carne en las distintas opciones religiosas y acabar por el hijo de la gran puta que pega a una mujer que vive muy cerquita de mi curro y que cuando pasa a mi lado me saluda educadamente. Todo está mal en lo grande y en lo pequeño, todo es miseria en cada mundo personal y esto es como el último Spoon River, a pesar de que los vivos aún no saben dónde les está esperando la tumba. Corre la nieve por las narices más insospechadas, católicas y pudientes –también por otras medio recién nacidas y sin pelas– y lo hace por los garitos del centro como si nada y como si todo... se roba a paladas en la construcción, en la educación, en la función pública y en la puta calle –sí, aquí cerca también, al lado de casa–; se viola, se maltrata y se agrede –de lo femenino a lo masculino y viceversa, que da igual la dirección– a dos metros de mí y de ti –chitón...–; se prostituye a la mujer de casa y a la que vino de fuera sin pelas, y tipos con los que a veces cruzo una caña o una mirada son clientes fijos; se humilla al de enfrente dos veces por segundo, y sucede en mi mismo portal... Se odia a muerte al que aparca junto a tu coche nuevo mientras en un baño alicatado en beige un tipo «íntegro» se mata a pajas mirando el coño abierto que se le ofrece en una vieja y roñosa revista porno... Así vamos de puta madre, o mejor, como escribió mi amigo Juanjo Barral: «Todo ba vien»
Milán Kundera escribió: "en la euforia de su vida uniforme la gente ya no ve el uniforme que lleva". Tu problema, colega, es que lo ves y encima notas que te está pequeño. A mí me pasa igual, también a mí me lo han hecho pequeño y encima el mío pica y me roza en el cuello.
ResponderEliminarUn abrazo