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Lawrence Ferlinghetti


Se acerca mi cumpleaños y ya ando enredado en ese sentimiento repetido del mal de edad. Visualizo las nuevas cifras y me acojono. Me miro al espejo y me acojono aún más. El disfraz no sirve, pues aparecen los cuarenta y nueve tacos encendiendo unas canas que quieren esconderse entre una melena que se me hace ridícula para mi edad, la barba se nieva más que la jodida Sierra de Béjar –o de Candelario, que es la misma– y el descenso se señala en las cicatrices que marcan toda la piel y que ya no desaparecerán sino con la putrefacción.
¿He sabido crecer?... No lo sé, aunque para mi bien he mantenido siempre un espacio aparte en el que desenvolverme fuera de los rigores del cuerpo.
En lo físico, este año lo he saldado con una pérdida ostensible de peso que no sé a qué se debe, pues no he puesto nada de mi parte en tal circunstancia; no he visitado ni una vez a mi médico de la Seguridad Social, he pasado una gripe severa, dos o tres catarros, varios ataques de cistitis y una lumbalgia cabrona que me producía una risa floja de dolor.
En el curro, he asumido más riesgos este año que en toda mi vida, pero no me preocupa en absoluto, pues ya he comprendido que el dinero es una mierda de uso y que el que venga detrás que pelle con lo que haya. Nueva local de imprenta, nuevas máquinas, nuevo refugio para escribir y pintar... y cierta angustia por dejar a mis hijos algo tangible que les ponga un poquito de solución de futuro.
En lo creativo, fatal. No he podido darle fin a la biografía de Luis Pastor, tengo mi eterna novela a medias y le he dado fin a mi poemario «Esa intensa luz que no se ve», el poemario en el que más tiempo he puesto de todos los que he escrito hasta la fecha. También he seguido alimentando mi mundo savonarolia, que es el que me ha salvado un poco del naufragio total.
Los sentimientos, bien... muy bien... inmejorables. El amor tranquilo ya se ha asentado y me encanta la vida en pareja que tengo –Mª Ángeles tiene mucha culpa de ello y se lo debo a muerte–. No me quejo de mi vida sentimental.
La familia, chunga. Magdalena a su bola, Ángel complicándolo todo y las hermanas de Ángeles sin entender cómo se debe armar un universo viable de familia con enfermo –habrá que aguantarse o joderse, que es lo mismo–. Mis padres francamente bien, aunque con la cosita de mi madre siempre pendiente de un hilo extraño.
Y los hijos... ¡Ay!, los hijos. Mariángeles, preciosa, poniendo en orden su vida e intentando entender el camino –a ver si este año me da más y mejores gastos–; Felipe sigue siendo la revolución, una hermosa revolución que me cabrea unas veces y otras me entusiasma, pero que siempre me muestra un cariño que necesito como el oxígeno.
Guillermo... divino, absolutamente divino, el hijo que desearía cualquiera... Ayer me contaba Mª Ángeles que el crío le dijo muy en secreto: «Hay que comprarle a papá un abrigo para su cumpleaños, que me ha dicho que hay uno que le gusta mucho.». Mª Ángeles me lo contó para que le explicase qué tipo de abrigo era, y yo quedé sorprendido, pues no me gustan los abrigos y no recordaba haberle dicho tal cosa a Guillermo... hasta que caí en la cuenta... Cuando el niño sale del cole y le recojo, siempre le pido que me cuente lo que ha hecho en clase, si se lo ha pasado bien... esas cosas de padres e hijos. El caso es que cuando Guille acaba de contarme su jornada escolar yo le beso muy fuerte y digo en alto: «Éste es el que va a comprarme a mí el abrigo de visón con su primer sueldo». Ja, ja, ja... Guillermo procesó esa frase tan repetida y se ha empeñado en que tenga el abrigo de visón antes de su primer sueldo. Así es mi Guille, un cielote para el que no tengo palabras, un amor entero.

Comentarios

  1. El balance es acojonante, así que no le pongas más peso a lo que no lo tiene. Es muchísimo más que sobrevivir.

    Me enseñas...?? y no hagas jueguecitos de palabras que nos conocemos... (me quito una, jeje)

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