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El dolor no se mide, solo es dolor.


Acuso recibo del nº 20 de la revista “a mínima::” con su colección de propuestas visuales y conceptuales contemporáneas; también del artículo en forma de libro “España. La condición de la mujer en la sociedad contemporánea”, de Clara Campoamor, editado por la Consejería de Presidencia del Principado de Asturias.
Gracias por la amabilidad del envío.
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Hoy ha muerto el gato de Ana, mi camarera favorita, y el café se tornó amargo cuando conocí esa noticia tan pequeña y a la vez tan importante.
Dice Pavese que un hombre maduro es el que distingue entre sí mismo y los otros. Desde esa madurez se puede hacer una cromatografía del dolor muy interesante, y en ella entra la valoración de los seres vivos cercanos –no importa la especie ni el reino– con relación al yo, y la de esos seres muertos.
Cuando eres un joven inmaduro, cualquier golpe de falta –muerte– se tiende a magnificar en lo corto y a diluir con el extricto olvido en lo largo. Sin embargo, uno siente la madurez cuando ve esas muertes como algo que afecta con un tirón constante, sin altibajos, sin momentos más o menos intensos, pero constante y, por tanto, inolvidable –irremplazable.
Mientras que en la inmadurez cualquier falta es susceptible de una sustitución, en la madurez se va aprendiendo a convivir con las ausencias por medio de la memoria, descartando el olvido –ese juego de la sustitución icónica–. Y no sé si es mejor o peor.
Hoy ha muerto el gato de Ana, y me entero casi al mismo tiempo que hace unas semanas murió yaki, el perro de Juli. A ambos les quiero expresar mi sentimiento más profundo y esa tristeza extraña de los que notamos el dolor y percibimos su precioso valor, pero no sabemos cómo compartirlo.
(22:29 horas) Es curioso cómo en la medida en que utilizamos formas de represión en la familia, en la escuela, en el trabajo… nos hacemos más y más vulnerables ante los que son objeto de esas represiones, por mínimas que sean. Estamos acostumbrados –quizá por genética– a probar, a buscar los límites; y no hay como una situación represiva para motivar que nuestro contrario nos busque la medida y desee con una fuerza irrefrenable someternos a pruebas que le proporcionen datos sobre dónde estará la frontera, el punto de fusión, el estallido. De esta forma se produce la ‘contestación’, que no es otra cosa que la reacción a una acción represora.
Bastaría con la tranquila presencia para llevar una situación por su mejor cauce, dejar que todo fluya y busque su camino, no forzar situaciones, no magnificar ni minimizar lo que está en su talla… y dejar que lo que deba suceder… suceda.
De Tontopoemas ©...

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