
Querido Luis:
Te he llamado a la imprenta, pero hoy no he podido hablar contigo; me hubiera gustado charlar un rato de la muerte de Ángel González, de ese poeta grande que se fue suicidando poco a poco de escepticismo, noche, alcohol y soledad. Nos quedan sus poemas y los días comunes que ya forman parte de lo mejor que tenemos. Un abrazo fuerte, Luis, y mi mejor aprecio porque estamos más solos.
José Luis Morante
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Querido José Luis:
¿Estamos más solos o siempre estuvimos solos?
Cuando me paro a analizar nuestra situación, nuestro camino juntos por las trochas oscuras de la poesía española, solo comprendo que nuestro camino ha sido un camino ético, igual que lo fue el de Ángel. En ese camino nos cruzamos con mil narcisos, con tipos indecentes que se llamaban a sí mismos poetas y no eran más que la escoria de nuestro tiempo, con buscadores de un asqueroso petróleo hecho de prebendas y dinero regalado.
Tú y yo, amigo, dimos siempre todo lo que tuvimos y solo hemos recibido sombras, unas sombras que han terminado siendo deliciosas porque han propiciado que nuestras voces sean limpias y decentes.
Lo mismo, José Luis, necesitábamos sufrir el ninguneo oficial para acabar haciendo de la dignidad una poética nuestra.
Yo no me arrepiento de nada. He buscado y he encontrado amigos verdaderos como tú que han hecho que mi norte tomase el camino correcto, el de hacer y no esperar.
Para ello nos hemos servido de figuras tan importantes como la de Ángel González... y creo que hemos sabido aprender/aprehender lo que es la esencia sin dejar que nuestros cuerpos tristes se hundieran en la marasma de lo superficial. Por eso le debemos recuerdo y homenaje.
Ante todo, amigo, debemos seguir escribiendo con rabia, pues se lo debemos a Ángel y a nosotros mismos, en soledad, sin esperar otra cosa que no sea el ‘decir’ para colmar nuetras vidas con palabras justas.
Mi mejor éxito, el más grande, es haber conocido a tipos como tú y como Ángel, hombres grandes hasta en lo pequeño, hombres sobresalientes por humanidad y no por laureles.
Seguiré aprendiendo de ti y seguiré bebiendo con auténtica sed en los versos hermosísimos de Ángel González… hasta que muera de un atracón de afecto y de palabras.
Gracias por todo lo que me has dado, amigo… y sobre todo mil gracias por haberme traído tan cerca al maestro, por haberlo traído de tu mano hasta mi casa.
Un abrazo interminable.

Una mujer dormida es una invitación a entrar o a mirar con sigilo, una intención tácita a meterse en ella y hurgar como un furtivo buscando la humedad, un camino de perfección en el que el derrotado es quien recuerda y toma, un poema perfecto que no tiene palabras suficientes, una muertecita provisional y libidinosa, carne siempre en espera que no sabe de ojos, el mar en que nadar y en el que ahogarse, una fe sin medida, un ardor en el centro, una verdad tendida, una tentación/ostentación para las manos y los ojos… Una mujer dormida es la espera precisa de lo que ha de venirnos, las ganas desde los oscuro del dormitorio, la impaciencia, el don de la ebriedad, el tacto sincopado, una luz, el mar mismo sin olas… Una mujer dormida es desamparo y latidos, vulnerabilidad y saliva cayendo, disturbio en las hormonas, verbo quieto que respira despacio, una voz sin sonidos audibles… una invitación a entrar y no salir jamás de entre sus sueños.

* Collage realizado a partir de pinturas de Tamara de Lempicka.
Un abrazo a ti y a José Luis. Yo también siento lo mismo.
ResponderEliminarÁngel Pasos
Tú eres uno de esos amigos, Ángel Pasos.
ResponderEliminarGracias por ello.
Viceversa
ResponderEliminarTengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte.
Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte.
Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.
o sea,
resumiendo
estoy jodido/a
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
Ese anónimo debría haber citado al autor, ¿no? (Mario Benedetti)
ResponderEliminarMenudas charlas habréis tenido, privilegiados del mundo! (y las que os quedan, a los que aún estáis).
ResponderEliminarUff, quién fuera zapato de vuestros paseos, vaso en vuestras madrugadas, ceniza de vuestros rescoldos... simplemente para poder observar, y escuchar...
y aprender,
Donce
Jo, qué huérfano de algo más que palabras. Continuo abrigándome con todas las hojas en blanco que ahora se dan cuenta que también son huérfanas de Ángel González.
ResponderEliminarUn abrazo Luis.