
Hay una estética de la corrección que siempre ha pertenecido a las clases medias con ínfulas [los ricos de verdad siempre han hecho lo que les ha salido de los cojones] y a los tipos mediocres de la cultura oficial… americana entallada, pantalones con raya marcada y recta, corbata impoluta de paramecios, camisa blanca replanchada, ‘siéntese-usted-por-Dios-faltaría-más’, todo por favor, siempre gracias, sonrisa forzada y seca, corte de pelo clásico, agua de colonia peleona, maletín… y esa otra corrección pseudocultural de poner cara de pito mientras se nombra a La Galatea, a Lord Byron o al perplejo mondongo del lucero del alba…Y de esa ficción meona se pasa al rato a la carita de tripero comiendo garbanzos con la mujer echada a perder en lavadoras y comidas urgentes y camas por hacer… Tedio antes y tedio después [antes y después de la corrección, claro].
Es otra parte del asqueo que llevo encima y que me pide reacción: los miserables mediocres investidos de corrección mientras caminan como si sus culos fueran farfullando ‘qué grande soy… lo que valgo… lo que tengo… qué planta…’ y enseñan sus caras serias buscando algún gesto que les aporte credibilidad.
Ser correcto es estar absolutamente muerto, igual que todos aquellos a los que llaman clásicos o a los que contienen el polvo de los héroes más míticos.
Es usted muy correcto, caballero… está usted tan muerto que ya ni huele, coño.
Y a los otros correctos, a los jodidos muertos de la cara de pito y La Galatea, pues que hay que explicarles que deben dejar de leer y de darnos la plasta con sus frases pomposas y sus tendencias con vocación de eternidad… ¡A la mierda con su conservadora mirada a la cultura, con su afán de buscarle a todo el el poso de ‘lo anterior’ para afirmarse como la jodida reserva cultural de Occidente! ¡A la puta mierda!
Sí, coño, hay que dejar de leer en un punto, y también de escribir… para ir más allá, mucho más allá de ese ‘ser por otros y para otros’. Alguna vez debemos empezar a pensar por nuestra jodida cuenta y, yo qué sé, darnos a la bebida o al chocolate con leche… y salir a la calle mareados, sueltos, locos de atar; y mear en las esquinas y no abrocharnos la bragueta mientras le decimos al ‘correctito’ que pasa a nuestro lado que está muerto, y salpicarle con saliva los zapatos limpísimos gracias al betún rápido autobrillante con aplicador. ‘¡Muerto de mierda!’. Y descuadrar los horarios y tener tiempo para hurgar en los contenedores o para echar un polvo gratis con la solterita que te mira con curiosa vergüenza… ‘¡Toma, nena!’.
Lo que nos estamos perdiendo…

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De FUMADORAS |
A veces, muchas veces, me da por coger papel y boli e ir apuntando todas las chorradas que me vienen a la cabeza. Ésta es de hace un par de noches:
ResponderEliminarEstoy observando a los que, según los entendidos, son grandiosos. Pues bien, resulta que a mí me están aburriendo mortalmente, así es que ¿sabes qué? a esos grandes y sabios: que les den!! ya está bien de que otros opinen por mí y que yo deba creerlos y admirarlos, ¡que no me gustaaan!
Por qué no me escucháis?
Es que yo valgo menos?
Es que mi voz no cuenta?
Elitistas asquerosos.
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Sé que es una tontería, pero te lo cuento por la casualidad de la cosa.
Vamos Felipe, así me gusta verte.
ResponderEliminarBesos,
Diego
En Tele-Espe hay un programa sobre libros que reconozco me gusta ver (mejor no te digo quién lo presenta). A veces me interesa, otras sólo me entretiene. Pues bien, como apunto maneras de chafardera vengo deprisita a chivarte que han estado diciendo cosas preciosas sobre Ángel González, de su obra y sobre todo de su persona. Han hablado poquito pero bonito. Me alegré. Es que tú me lo hiciste más cercano (no sé si lo último está bién o es una gran falta de respeto. A mí me gusta)
ResponderEliminarUn besín,
(dnc, sssshh)