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Poesía para medir la fuerza del grito o saber la confusión del orgasmo.



Cuando Alberto Lista defendió en 1841 que la poesía debiera ser una ciencia y no “inspiración, genio y entusiasmo”, se hundió en dos crasos errores que hemos venido pagando y sufriendo en las posteriores generaciones poéticas:

1. Consideraba, bajo afirmación taxativa, a la poesía “como el arte en general de describir lo bello y lo sublime, y de halagar y elevar el alma con sus descripciones, ya sean hechas con la voz hablada y escrita, ya con los sonidos de la música, ya con el buril, ya con los pinceles, ya en fin con las simetrías geométricas.”.
2. Negaba la posibilidad del verso libre bajo el siguiente párrafo: “… todos conocen la secta nueva de poetas, que ni aún como arte quiere considerarla, pues niega la existencia de las reglas, y no reconoce más principio de escribir en verso, que lo que sus adeptos llaman inspiración, genio, entusiasmo, y algunos misión, no sabemos de quién. Dejémosles pues, la libertad de delirar a todo su sabor…

En su consideración (1), Alberto Lista negaba el solucionario del feísmo, la denuncia, el dolor vivo, el trabajo poético a partir de los contravalores, la tristeza como mal del alma, la asimetría vital, la poesía del caos, la opción conversacional, el componente gore o el incendiario… mil posibilidades de contenido no bello, no sublime, no laudatorio… que bien podrían entrar en las estructuras formales prefijadas por su presupuesta ‘ciencia’ versificadora.
En su negación (2), A. Lista limitaba la ‘substancia poética’, además, a la rigidez estructural, negando la condición de ‘poesía’ a lo que no sumase tradición versificativa [ya fuera, utilizando sus palabras, lo bello, lo sublime y de halagar y elevar el alma].
Poesía para la elevación y el elogio, para la belleza y la sublimación… poesía decorativa y ‘científica’ que negase el subsuelo, el barro, lo que de pordiosero tiene el hombre en su realidad, poesía para no caber en lo existencial.
Claro, que Alberto Lista escribió su teoría y sus afirmaciones a mediados del XIX, y quizás eso pueda servir para aminorar el error de sus palabras… lo malo, lo peor, es que en nuestro siglo XXI aún existen voces poderosas defendiendo este parecer pacato y profundamente conservador de la poesía, voces que extienden su marea negra hasta las más altas instituciones y propician que en la enseñanza oficial de la literatura [arma clara de deformación de mentes jóvenes junto al apiñado resto de zorolas asignaturas] primen los ejemplos de rima y medida, de elogio y belleza, sobre la libre expresión poética de calidad con fondo duro y perfectamente trabado… poesía para consumir y consumirse [en contraste], para diseccionarse y verse por dentro, para medir la fuerza del grito o saber la confusión del orgasmo, para no ser, para llorar simplemente… no para deleitar y deleitarse, coño.



LA RAZÓN INÚTIL*

Es tarde ya para que el amor me prenda
en su lazo halagüeño y fementido;
que aunque tal vez de la razón me olvido,
el hielo de la edad ¿quién hay que encienda?

Es tiempo ¡ay! triste que a su voz atienda
mi juvenil esfuerzo ya perdido,
después de haberla insano desoído,
cuando ser pudo de mi esfuerzo rienda.

Así va; los humanos corazones
sufren en la verdad y en el engaño;
y sin gozar de sí un solo día,

venden la juventud a las pasiones,
la edad madura al triste desengaño,
y la vejez a la razón tardía.

* Alberto Lista

De FUMADORAS

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