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La libertina muestra sus nalgas blancas...

Últimamente trabajo mis poemas con indiferencia y con desgana, fiando solo el curro a la maña conseguida con los años, a la pericia tomada del ingente montón de horas que ya le llevo echadas al trasunto poético. Sé lo que quiero decir y la forma se presenta sola, sin apenas trabajar en la elaboración por mi parte. Estoy tan trabado en mi ritmo natural y en mi medida, que hasta la prosa me sale pautada en múltiples ocasiones.
Lo que no sé es si tal indiferencia es indicativo de que debo dejar de escribir, de que algo se ha agotado y debo detenerme para procesar el estado de mi absurdo creativo. A todo ello se suma también cierto asco por lo que me rodea y hasta por mí mismo, que se une a unas tremendas ganas de desaparecer de este lugar que ocupo [en el que soy señalado y señalo, jugando al tonto juego de los estigmas] y buscarme desconocido en otro espacio.
Tengo claro que al día de hoy estoy perfectamente retratado en mi obra y que no quedan ya resquicios de los que hablar, resquicios míos que le sirvan a otro; y es por ello que quizás deba plantearme algunas vueltas de tuerca, algún retorcimiento o el intento de abrir nuevas trochas. No sé.

•••
La libertina muestra sus nalgas sin pudor alguno y ya se la ve vieja mientras llueve con rabia sobre el asfalto, y desear se ha convertido en un vicio bastante mejor que el tabaco. El travestido tira el dado y le sale un seis. Las turbinas comulgan los espasmos de los hombres. Un vestido de gasa se moja sobre un cuerpo. Asesinar al huésped ha de quitarte el pánico. La rusa tiene sueño y hace el amor dormida. Un roce me rubrica y no cambio de postura. Los capiteles sueñan con voces y con tumbas. El azar se despide al final de la tarde. Mis manos se esqueletan mientras las uñas mueren en filos de tijeras… Aprende a erizarte y a convocar los jugos salados, arquéate y penetra, haz presa y muerde y deglute, sostén entre tus senos la paz de la penumbra, rízate el pelo, sonríe, ríe, aprieta… relaja entonces todo, que seas laxitud hasta el justo abandono… y déjate caer, y siente un elevarse, y toma entre tus manos toda la cera caliente.
La libertina muestra sus blancas nalgas sin pudor, y ya se la ve vieja.
Bajan las avefrías hasta los charcos, y sus colas se mueven al compás de la lluvia, y truena después de la luz cegadora. Retiro los visillos y solo veo mi rostro en la ventana.
La libertina murió ayer en mi cabeza.

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