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Una carta sin dirección conocida.


Mi querida Magdalena:

Salí ayer con mi gente –que siempre fue la tuya– para ver cómo era el mundo sin ti, y todo sigue igual… los arroyos trepando por las piedras, los caminos preñados de flores pequeñas y nuevas, las abejas zumbando, los árboles lascivos rebañando sus yemas, las casas dando sombra, los perros olisqueando y presintiendo a las hembras, los hombres sonriendo, los coches como flechas lanzadas a una nada imposible, Guillermo trajinando con su patinete viejo, una anciana sentada al sol en una huerta, calor, sudor, brisa… Todo sigue igual sin ti, Madita, como la haría sin mí o sin los otros, aunque quizás la vida parece hoy más ociosa y tus hijas están acumulando algo de tiempo para ellas –que ya lo venían necesitando–. En tu casa no ha cambiado casi nada… bueno, tu retrato sí, que ha tomado el lugar que ocupaba el Cristo de Cabrera por orden expresa de Ángel… y tus cosas, que se han puesto a orear en el balcón para volver a ocupar luego su sitio de siempre.
Ángel está relativamente bien y todos vamos a apoyarle para que vea la vida como debe verla, con pasión y con ganas. No te preocupes por él, que queda en buenas manos.
Me gustaría que supieras que de tu marcha ha nacido el roce nuevo con gente que había puesto distancia, que todos hemos hecho un esfuerzo –el que tú siempre quisiste– para juntar sonrisas y caminar unidos. También que me hiciste pensar en muchas cosas importantes mientras te miraba tumbada y quieta, y tan bonita… pensé en que nada es demasiado importante, ni yo mismo, si no existe una mirada dulce que convoque sentimientos dulces –como fue la tuya–, que hay un principio y un fin, y ninguno de ellos debe verse jamás como tragedia; que hay que esforzarse en ser para los demás tanto como para uno mismo, que los problemas los gestamos los hombres y, por ello, solo nosotros somos capaces de eliminarlos de un soplo leve; que hay que gozar saboreando una manzana y abrazando a un hijo, mirando a la gente sin conmiseración y poniendo siempre una mano donde haga falta, sonriendo y llorando cuando sea preciso y volver a empezar cada mañana, creciendo todos juntos sabiendo dar y recibir con actitud tranquila.
También debes saber que ayer volví a golpearme en la cabeza con la lámpara que está sobre tu mesa camilla –hacía ya ocho años que no me sucedía–, y recordé que un día le dijiste a Ángel que cortara ese pitorro asesino con una sierra para que no me hiciera daño, pero no te hizo caso, y yo me alegro, porque te sentí fuerte, haciendo la comida en la cocina mientras el puntual dolor agudo hizo que se me saltaran unas lagrimillas [esa mesa apenas se movía de su lugar desde que caíste enferma, y saberla hoy movida me hizo verte tan madre como lo fuiste siempre]. Hoy tengo un buen chichón en el lugar del golpe, y me encanta tocarlo porque me lleva a esos días del tresillo marrón desde el que veíamos la tele juntos rodeados de críos.
Hoy no tengo mucho más que decirte, chiquitilla, aparte de enviarte un beso fuerte de parte de todos por el Día de la Madre [el mío lo dejo para otra ocasión, pues ya sabes que nunca me gustaron estos festejos del comercio católico]. Te seguiré escribiendo con las cosas que pasen, con el parte del día de cómo vamos tramitando los ciclos en familia, con el estados de las cosas particulares, y te contaré cómo van tus macetas de geranios, cómo lo pasa el ficus sin verte, cómo crecen los hijos y cómo nos las arreglamos para que todo fluya.
Cuídate tanto como nos cuidaste a nosotros.
Te queremos. Un beso.


UN PASEO SOLITARIO Y TRANQUILO DE UNA TARDE SIN GANAS

Y como no me llegaba ni un amago de estro pequeñito, deserté de escribir, monté el macro en mi Nikon y me tiré al campo cercano para tomar el pulso de la falta en los colores vivos de la naturaleza. Me lo he pasado de puta madre.

1. MIRADA NATURAL































2. MIRADA ARTIFICIAL


















Comentarios

  1. así, así es como se subsiste, buscando vida, buena terapia.

    Ella ya descansó, tu recuerdo es vida para ella, tu mejor regalo.

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