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Que se me muestre o que se me dé la muerte.


5 de febrero de 2009
No es este galopar, que son las huellas de la herrumbre anterior las que detienen... no es el alimentarte entre los sobresaltos, que es el vómito sepia y las arcadas... no es siquiera escapar, que es esa cruz de víctima que llevas en los ojos...
Y encuentras en la vida esa preñez de gatos interiores que maúllan y atinan a arañar mientras te encojes... y hay que tomar partido y ser determinado en ocasiones... y hay que demostrar todo a cada instante.
Paseé el cementerio y sentí una intención irrefrenable de echarme a reír a carcajadas... tantos cadáveres de hombres que reprimieron su voz y sus acciones, que guardaron sus ganas para días postreros que nunca les llegaron... hombres desvanecidos por esa brusquedad que corta todo cualquier mañana limpia.
Habría que salir a cada día para resolverlo todo, a hacer que se sublime el hombre que quieres ser, a decir con la lengua desatada, a desmayarse por la falta de aire, a masticar ese salir como un resucitado de cada letargo.
•••
Subí con un cliente a tomar un café a media mañana y el bar hervía con gente municipal y algunos profes instituteros. Yo estaba haciendo negocio –el bar es un buen sitio para trabar asuntos y dejarlos cerrados– y ellos estaban en la cosa descansera [tan mal no debe ir España cuando el funcionariado mantiene sus horas de cañita con tapa, cuando mantiene la sonrisa y tira de monedero]. Y me parece bien, pues así el bar funciona y puede pagar a sus camareros y puede cumplir con sus proveedores [ahí seguro que me toca algo]. Todo necesita movimiento, que haya alegría y conversación, que haya soltura y se vea intención.
•••
La baba del mandril, ciego de sangre, metida la cabeza en la presa y tirando hacia afuera de las mejores tajadas... la baba del mandril entre blanca y rojiza, cayendo desde su morro azul de alimaña... la baba en sus falanges recién lamidas, en sus uñas de yeso, en su pelaje.
La mano del mandril y sus ladridos de perro vuelto en simio, atado a la torcedura del árbol donde festejan los omnívoros, haciendo sombra en el reseco esqueleto de abajo.
Los ojos rojos del mandril, ojos como de fiebre que dan miedo, ojos de confinado y de lechuza que desgarran y desazonan tanto...
La oscuridad del mandril en tregua, mientras monta a las hembras y humilla al derrotado simulándole un coito, sujetando su espalda sumisa y muy curvada.
Allí estaba, detrás de los cristales, contando las monedas y estampando los sellos delirantes en todo lo arbitrario... allí estaba, con una americana y una corbata nueva, tensando las arterias que socavan y buscan atropello... allí estaba sentado, como una meretriz con su sexo de asfalto ignorando que afuera laten los demás hombres.
Yo volvía de comer... los bancos cierran tarde.

Comentarios

  1. Para su primer comentario, para mi último aliento en frío, de un ser acompañante hacia el acompañamiento, querido mosquetero:
    http://www.youtube.com/watch?v=x2yJR2oyYFA&eurl=

    buenas noches

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  2. A veces voy a un lugar que se encuentra muy cerca de un pequeño cementerio e intento arrancar algo de tiempo para hacer una visita que siempre resulta provechosa o aleccionadora. Es una manera mucho más simbólica, que funciona realmente, de acercarse a la muerte, que simplemente pensarla.
    Gracias por tu reflexión. Es, además, un texto hermosísimo.

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  3. Me atrajo y detuvo en esta página la foto de Weston (la modelo es Tna Modoti) cuando empezaba a recorrer tu espacio. Luego he leído tu prosa concentrada y la reflexión dúctil que te agradezco.


    Saludos...

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