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Verdes, hombres verdes.


4 de febrero de 2009
Leo a primera hora en ‘El Adelanto’ el artículo del colega Manolillo Ambrosio y sonrío.

“La Alquitara, el Café-Blues emplazado en la calle Gerona, número 10 de Béjar (en la que alternan casas de arquitectura típica y extraños edificios nuevos) y regentado por Miguel Ángel Sánchez Paso, no es el Guggenheim ni ninguno de esos modernos centros de cultura o arte de extraños nombres bisílabos y atrevido diseño, sino un modesto local que abre todo el día, en el que, con pretexto de servir tapas y copas, se montan exposiciones y conciertos, se discute y se filosofa o se queda uno en silencio. Como la limitación en recursos económicos de esta institución bejarana parece haberse suplido toda la vida con el esfuerzo y las ganas de quienes trajinan detrás de la barra y de los muchos amigos que pululan o se aposentan delante, aquí no se nota demasiado la crisis, circunstancia de la que habría que tomar nota.
En miércoles alternos se desarrolla en La Alquitara un magnífico ciclo de maestros del jazz y los viernes se suceden conciertos de temática variada. La tradición solidaria de Béjar tampoco se detiene: con la colaboración de El Sornabique, que recaba fondos para sus proyectos en África, el viernes pasado actuó, a la hora de las brujas, el grupo Obibasé, un prodigio de mestizaje de culturas, lenguas y ritmos. Nos había hablado del asunto Luis Felipe Comendador y allá fuimos Nuria y yo, cogidos de su mano, con la ilusión de los niños cuando los llevan de excursión. Durante la primera hora de actuación, percibí, en la música de Aboubacar Sylla y sus compañeros, todo lo que reza en el folleto (reggae, flamenco, jazz fusion); después, otros sones y matices que la prudencia, como las visiones desde la escoba, aconseja disfrutar en solitario.
Luis Felipe anda estos días empeñado en pasar desapercibido, en mimetizarse con la tierra como los sapos, según sus propias palabras, un empeño imposible y contradictorio, si me permite que se lo diga. ¿Cómo va a camuflarse un hombre grande, con esa melena y esas barbas, que va echando humo y soltando aforismos por todas partes cual lanzadora de cuchillos (Fidel Castra, Avar & Cía, De noche, todas las manos son gatos, Vasos, los pezones de esta noche), acompañado regularmente por un séquito de doncellas y que tiene puesto un faro-confesonario con megáfono en internet, a la vez punzante y benévolo con todo lo que se menea, por mucho que se refugie luego en la trastienda?
Entre el fondo del local y el público hay, en La Alquitara, una columna, cuadrada por más señas, que impide ver de manera despejada lo que ocurre en el escenario. Así se construye este país, siempre a remolque, siempre con pundonor, resignación o rabia, siempre con una columna de por medio, andaba cavilando yo, cuando Miguel Ángel, que se parece a su hermano José Antonio pero tiene mejor semblante de pueblo, escanció aguardiente en los vasos y brindamos por D. Alberto Segade, asiduo de La Alquitara, fallecido unas horas antes y a quien no tuve oportunidad de conocer. Quizá nuestro desconcierto entre el "no somos nadie" y el "vamos a arreglar el mundo", al que alude Luis Felipe, pueda explicarse por haber crecido con una columna sempiterna ante los ojos. En el fondo no veo tanta discrepancia entre nosotros: de una forma o de otra se trata de remover no la de La Alquitara, que es una columna impertinente pero entrañable, sino la otra, la que parece atravesarse, como un maleficio, desde que tengo noticia, en toda iniciativa o sueño.
Manuel Ambrosio
Sánchez Sánchez
Profesor de la Usal”

Manolillo es un campeón porque sabe mirar –debieron enseñarle en algún pueblo chico, que es donde se aprenden las cosas importantes–, porque sabe encontrar los asuntos que trazan el mundo por debajo, porque entiende de la parte de aquí, ésa que no le sirve de nada a las cuentas de resultados o a la feria mediática. Su columna en ‘El Adelanto’ es de las que dejan ver tanto como la columna impertinente de La Alquitara –que yo tras ella he visto muchas cosas–. Solo una nota al margen: yo no había vuelto a salir de mi escondite solitario desde el Festival Blues Béjar, allá por los finales de julio. La semana pasada lo hice dos veces seguidas, para asistir a los dos conciertos alquitareños, y tuve la suerte de encontrarme con mis amigos/as después de muchos meses y abrazarlos a todos a la vez que aceptaba sus invitaciones –así acabé la noche, beodillo y luciernaguete–, y eso no es un ‘séquito de doncellas’ [más atinado hubiera sido por parte de Manolín aplicarme un ‘sequito de doncellas’], que es mi gente hermosa, a la que quiero un montón y a la que no cuido como se merece por esta ampecinada soledad en la que existo mejor.
Me consta, porque me llamó a primera hora para contármelo, que hoy Miguel está feliz por las palabras de Manolo, que don Alberto habrá evocado nuestro sentido brindis por él mientras sus cenizas vuelan libres en estos vendavales que nos tocan y que el ‘séquito de doncellas’ sonreirá la mala percepción de ese alcalde con rizos y coleta.

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