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Margaret Atwood


Me apetecía ser feliz esta mañana, sin callarme, pero también sin heroísmo… pero me di cuenta de pronto que todo anda desbordado, que hay demasiadas fugas en esta olla a presión, que la mosca que revolotea a mi alrededor es un monstruo horrible y que la gente no se muere cayendo hacia atrás con aspavientos… pero me apetecía ser feliz, coño, aunque fuera un ratito… y abrí las puertas, las liberé de sus cerrojos y sus llaves… y perfumé el ambiente con ese olor a pino tan sintético, tan como plástico… y me comí las uñas en la puerta, mirando a los viandantes subir por la callecita de Las Armas, y no temí ni me temí, porque quería ser feliz, me apetecía… no había helechos, pero tampoco luto… subían las familias por la cuesta como agotadas, pero sonriendo… no había serpentinas, ni tampoco mecedoras en las puertas, a pesar de ser fiesta, pero la vieja cantaba en la ventana –cosa que nunca hace– y eso es ya de guardar… y me dije: “qué día tan bueno, coño, qué día”… y como toda alabanza es siempre un desafío, pues que subí a por tabaco, despacito, con calma… escudriñé monedas en mi bolsillo, y no alcanzaba para un Chester, pero sí para un jodido Pall Mall de esos que saben a colonia… en fin… mejor un Pall Mall que nada… y que volví a la boca de mi gruta, y le puse las llaves al portón y me encerré de nuevo para volver a ser cabeza y hombros, brazos y piernas, abdomen lleno de vísceras y pies encerrados como presos en sus botas de piel marrón… resoplé como buscando un Acab particular dispuesto a mi caza, pensé un momento en Eurídice y me senté a escribir… no salió nada.

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