
Rimbaud celebró su decimoctavo cumpleaños escribiendo un poema en prosa a la sombra de los tilos de un pequeño jardín público parisino. Un haz de luz cuajó el papel y el reflejo cegó al joven poeta, haciéndole percibir con nitidez que su obra contenía la exquisitez de los clásicos. Rimbaud supo entonces ver el exacto concepto de la poesía y acertó a medir el contenido de aquella revelación hecha de valor y esencialidad.
Desde aquella señalada fecha, Arthur Rimbaud se dedicó a escribir el fuego y no su reflejo, avivando la llama a fuerza de inmediatez, de alcohol suave y hasch.
Rimbaud celebró su decimonoveno cumpleaños regalándose un silencio eterno que resultó ser su mejor poema.
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