
La carretera al norte era una recta interminable y yo le daba gracias a Dios por llevar el depósito bien lleno y un automóvil con aire acondicionado. A lo lejos, como un espejismo nadando en la evaporación del asfalto, una figura me hacía gestos sentada sobre un macuto militar.
Me detuve.
Era un joven con la cara triste y los ojos inteligentes.
Le invité a subir a mi automóvil y continuamos viaje.
El muchacho no paró de hablarme en todo el trayecto. Yo no manejaba todavía bien mi inglés y el acento norteamericano me lo ponía más difícil, por lo que sólo pude entender algunas frases sueltas, que el tipo había estado trabajando en Eaton y que ahora se dirigía hasta San Francisco para ver si encontraba algún trabajo en el sector transportes.
Yo asentía a sus miradas y la cosa fue fluida hasta llegar a destino.
Cuando nos despedimos, me dijo que yo también era un hermoso vencido, como él y sus mejores colegas.
«¿Cuál es tu nombre?», pregunté.
«Kerouac, Jack Kerouac, pero mis amigos me llaman JK», y me regaló unos textos manuscritos que conservo entre mis cosas personales.
Nunca pasé tanto calor como entonces.
“yo también era un hermoso vencido, como él y sus mejores colegas”
ResponderEliminarY somos hermosos vencidos deambulando por la tierra sin rumbo fijo o permitido, deseando lo que nunca podremos hacer y haciendo lo que siempre odiamos hacer.
Lo siento, perdimos antes de tiempo.
Muy buen texto, como siempre.
Un saludo.
HologramaBlanco