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No me apetecía...


No me apetecía, pero Guille se me lo pidió y salimos juntos a dar una vueltina por la fiesta nocturna [ya van tres días de jarana y me había hecho un ‘noestoy’, escondiéndome en mi estudio]. Todo andaba como patas arriba, desbocado, descolocado, inquieto... mucha gente por la Plaza de Santa Teresa [demasiada para mi gusto], miradas perdidas y encontradas, sonrisas flaccidas, ojos cansados y un dejarse general a lo que sea y al como sea.
Desde que comenzó el jaleo, mis hijos mayores andan medio desaparecidos, llegan a casa más tarde que tarde y, cuando los veo, andan como perdidinos de tanto no dormir y de tanto lo que sea [mejor no hurgar en esos ‘loqueseas’ fiesteros]... menos mal que mi Mariangelona me ha dado una alegría grandota que me hace dejarlo todo en un ‘son fiestas, pues ya está’.
Y eso, que salimos Guille y yo a dar un paseo entre los tiovivos, los tiroflechas, las tómbolas, las churrerías [que han pasado del los clásicos churros y porras de siempre a ofrecer gofres, patatas fritas con ketchup y mahonesa, perritos calientes y toda una sarta de fritos que se meten por los ojos y el olfato], los puestos de mercadillo llenos de objetos baratos [los llevan peruanos y bolivianos], los topmanta con africanitos entre asustados y agotadinos [cómo me recuerdan a los primeros días en Béjar de You y Malick], el tipo de los tatuajes en una mesina escuálida, las vendedoras de algodón dulce, el tipo de los globos, los almendreros [que han pasado de vender exclusivamente turrón serrano y almendras garrapiñadas a garrapiñarlo todo y a mezclarlo con juguetines de plástico, obleas, gominolas, espadas láser y cualquier cosa susceptible de ser vendida]... toda una fauna siempre unida a la fiesta, al amor del dinero de la fiesta, al relajo de los bolsillos cerrados durante el resto del año... del tráfago de los puestitos y los feriantes [que es puro tráfago en su justa definición] pasamos al tráfago de las casetas, un invento magnífico para acercar los bares a la zona de ambiente, juntarlos todos y hacer el máximo de caja posible... imposible caminar entre mesas y sillas ocupadas hasta la bola, casi imposible hacerse un pequeño espacio para pedir un par de refrescos y bastante difícil hacerse oír con el bullicio constante de los ‘arrecogíos’ mezclado con las músicas diversas y altísimas que salían de cada garito... pude hacerme hueco y pedir dos cokes con tapita de croqueta [4 euros de vellón... es decir, 676 pesetas ó 5,156 dólares al cambio de esta mañana... si mi abuela levantara la cabeza, con lo que ella hacía con todo ese dinero]... mi Guille, que es muy vivo, enseguida pilló una mesa y dos sillinas, y que nos sentamos con nuestras cokes para charlar un rato y ver pasar a la gente.
Gui me habló del Toast Titanium [un programa de grabación de discos que se ha bajado y que no puede instalar porque le pide una clave], de que le quedan unos poquitillos ejercicios para acabar el trabajo de verano, de salir a ver a ABBA remix y comprarle algo a los negrines [dice que hay uno que se parece un montón a Malick]... yo, entonces, le dije que si se quería venir conmigo a Senegal a visitar a la familia de You, y empezó a preguntarme cómo sería el viaje, cuánto tiempo de avión y cuánto de todoterreno nos haría falta para llegar a Ibel... yo le expliqué algunos pormenores del posible viaje y luego me enfangué en contarle cosas de mi periplo tanzano [le encanta que le cuente cosas de jirafas, masaais, avestruces, volcanes...]... cuando terminé mi perorata, me dijo: ‘¿puede venirse con nosotros un amigo mío?’. Sonreí y le dije que sí, siempre que le dejen sus padres...
Apuradas las cokes y vistos pasear los cuerpos mazapanes de las mozas [en estos días se empingorotan como nunca y es todo un espectáculo a los ojos], nos decidimos a hacer una trastada, que no se nos ocurrió otra cosa que pasarnos por el local que tienen alquilado Felipín y sus colegas [asunto que a mi Felipillo le molesta que no veas]... nada más que asomamos por la esquina de la calle que da al local, vimos que los colegas de Felipe nos habían visto y estaban dando la voz de alarma, que no es otra que ‘Felipe, que viene tu padre’, y salió mi chico hecho un pincel de su fiesta particular, camisa negra, hombros erguidos y pecho fuera, repeinaíto con esa cosa medio beatle que tanto se lleva ahora por aquí, se hizo espacio entre el grupo de chicas monísimas que estaban compartiendo la fiestuca y me dijo con cara de pocos amigos: ‘¿qué haces, papá?’, mientras Gui me decía riendo: ‘vaya cabreo se ha cogido, papi, jeje’... lo que yo hacía era recordar mis viejos tiempos de The Boris, el local de mi amigo Gerardo en el que pasamos media juventud en pandilla entre golfa y anonadada...
Luego volvimos a casa para pillar camita y dormir como leones, que es mi mejor resumen para cualquier fiesta que me toque... dormir algo más... o algo mejor.

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