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Arcadia

Esta jodida Arcadia en la que a veces creo vivir me sale rana, pero insisto e insisto en su valor de lugar habitable donde ser y donde hacerme y deshacerme para lograr esa ‘bucólica’ virgilia que constantemente ha sido de mis ganas... pero siempre están las responsabilidades acechando... lo hijos, el trabajo, las deudas contraídas... todo como un nublado en el país de los cielos limpísimos.
Con todo y con eso, creo que soy un verdadero privilegiado por el espacio que ocupo y por cómo tramito mi tiempo... y eso me hace relativamente feliz y hasta a veces me deja cierto regusto de serenidad.
En mi Arcadia la vida es simple, pues cada persona y cada cosa ocupan su lugar sin estridencias... la vieja es vieja, las calles aparecen generalmente vacías [no vaciadas], el camarero es camarero y los sentimientos son verdaderamente localizables aunque no sean intensos... y así se vive bien, siempre mirando al monte de enfrente, que es un juego perfecto de estaciones con una transición suave de verdes a ocres y amarillos que es el vivo reflejo de la gente que lo habita.
Mi suerte, mi gran suerte, es que encuentro soledad cuando la preciso y compañía cuando me apetece, que me puedo sentir aislado del mundo si mi tono anda en esa clave o absolutamente global y comunicado si deseo compartir expresión [libertad, nunca, claro, porque están los vínculos para matarla a puñaladas o soplidos... pero, a estas alturas, ¿quién puede decir que es libre?].
Y también en mi Arcadia habitan los secundarios precisos, que son imprescindibles y absolutamente predecibles... el que me odia, el que me ama, al que le resulto absolutamente intranscendente y el que me teme [todos por reacción, por supuesto, a lo que yo odio, amo, temo o me resulta intrascendente]... y esos otros personajes ajenos, los que están y que nunca podrán ‘ser’ desde mi punto de vista.
A veces me dejo llevar por el trajín y cometo el error de principiante que me pone de golpe en el mundo de los otros, y es cuando pienso que me falla esta Arcadia mía, pero soy yo el que falla... y hasta que soy capaz de volver a comprenderlo, lo paso mal.
Vivir así, como yo vivo, es verdaderamente un lujo [me dan ganas de seguir la frase con ese “cultural de los neutrales”, pero no voy a hacerlo] por el que estoy profundamente agradecido a mis padres y a todos y cada uno de los que intervienen en esta sátira hacia la nada que es mi vida... y hasta me dan ganitas de darle gracias a Dios, aunque no exista.
Hoy nado en un singanas fruto del catarrón que llevo puesto y he decidido pillarme el día libre [suelo llamarlo “vacaciones Santillana”] para quedarme observando todo lo que sucede a mi alrededor, para escribir con tranquilidad sin saber de qué escribir, para leer retales [párrafos de un libro y frases de otro], para mirar el cielo azulísimo que lo cubre todo esta mañana.
Estornudo a ratitos y apenas me separo del rollo de papel higiénico que tengo sobre mi mesa... mi nariz es un grifo abierto.

•••

Un texto de ayer que había dejado olvidado en mi diario manuscrito.

No sé quien me dijo ayer que no parecía el mismo en un acto público que por la calle y a mi bola... la verdad es que cada día me gusta menos acicalarme y disfrazarme para las cosas de los demás, pero cuando lo hago, parece que rejuvenezco, pues al disfraz le sumo un estiramiento especial del cuerpo que yo no controlo, pero que sucede.
Ayer, mientras asistía en Helmántica al recuerdo de las últimas tragedias y buscaba algo de satisfacción en mi cabeza, me di de bruces con el trazo de la gente que estaba a mi alrededor, gente del mundo de la colaboración con los demás, pero también gente del dinero como sea. Me dio algo de grima sentir en la nuca la respiración del encargado de un gran almacén que se sentaba justo detrás de mí... alguna vez miré atrás y pude notar su sonrisa de satisfacción, esa sonrisa sobrada que tienen algunos machos dominantes... no podía entender qué hacía yo allí o qué hacía él... uno de los dos sobrábamos. Sí, claro, el tipo representa el dinero posible para quienes gestionan a lo grande la ayuda internacional, pero también la explotación, los despidos improcedentes y todas las trampas del mercado... recordé entonces a Fernando Beltrán, que un día escribió “La semana fantástica” [Hiperión] en clara referencia a los ‘valores’ que representaba el perico de atrás...

La palabra paz es la palabra
más triste que conozco.

Se pronuncia con ojos de metralla
y demasiado miedo.

Se dibuja con alas de paloma
ateridas de tinta.

Nos abriga con sábanas
muy blancas
y muy cortas también,

queda la boca en paz
pero los pies helados
mientras sangra la herida.

Y como que me enfadé, conmigo mismo y con el tipo trajeado... entonces fue cuando le llamaron al escenario... salió con decisión y acompañado por un joven nervioso y trajeado también al mismo estilo felino... saludó con energía a cada uno de los que poblaban el escenario y miró de frente al auditorio, sin pestañear, como retando... es todo lo contrario de lo que aquí se pretende, me dije... le otorgaron el galardón, claro, que estaba cantado... y el pequeño enfado se me trocó en tristeza. Estaba todo claro, clarísimo, y no había discusión. A esa altura ya no dudaba que quien sobraba allí era yo [también sobraban los míos], pero aguanté y me dejé en un singanitas. Me lo tenía merecido por no haber declinado la invitación telefónica del día anterior... siempre me sale el jodido narciso en estas cosas... no aprendo.
Salvaron el día la tarde con Juanito y el ratito junto a mi hija.

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